Javier Guardiola retrata al PP tras el uso partidista de las víctimas de ETA: “No son patrimonio de ningún partido”.

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Javier Guardiola retrata a la derecha. EP

Javier Guardiola responde al PP tras los gritos de “traidores”: “Las víctimas no son patrimonio de ningún partido”

La Asamblea de Madrid volvió a vivir este jueves una sesión de alta tensión política, esta vez alrededor de un asunto especialmente delicado: la memoria de las víctimas del terrorismo y el uso parlamentario del dolor. El debate, impulsado por el Partido Popular en torno a los presos de ETA, derivó en un duro enfrentamiento entre la bancada popular y el grupo socialista después de que desde las filas de la derecha se escucharan gritos de “traidores” dirigidos al PSOE. La respuesta más contundente llegó de la mano del diputado socialista Javier Guardiola, que acusó al PP de intentar reescribir la historia y apropiarse del sufrimiento de las víctimas para convertirlo en arma de confrontación política.

La escena dejó una imagen muy representativa del clima que atraviesa la política madrileña y española. Un debate que debería exigir serenidad, respeto institucional y memoria compartida terminó convertido en un cruce de acusaciones. El terrorismo de ETA, uno de los capítulos más dolorosos de la historia reciente de España, volvió a aparecer en una Cámara autonómica no solo como objeto de recuerdo, sino también como elemento de disputa partidista. Y fue ahí donde Guardiola quiso marcar una línea clara: las víctimas no pertenecen a ningún partido, sino al compromiso moral de toda la democracia.

El diputado socialista comenzó su intervención señalando directamente lo ocurrido durante el pleno. Recordó que un consejero se había dirigido a la bancada socialista llamándoles “traidores” a las víctimas y que varios diputados populares habían repetido esa acusación desde sus escaños. Lo hizo con un tono contenido, sin elevar la voz, pero con una evidente carga política. Su objetivo era contrastar la gravedad de los insultos recibidos con la calma de su respuesta. “Yo no estoy gritándoles, no sé por qué se alteran”, vino a reprochar a la bancada popular mientras defendía que un debate sobre víctimas no puede sostenerse sobre la descalificación del adversario.

A partir de ahí, Guardiola entró en el fondo del asunto. Defendió la trayectoria histórica del PSOE y recordó que, durante sus 145 años de existencia, el partido ha estado del lado de la democracia y contra toda forma de terrorismo. Su intervención buscaba desmontar la acusación de que los socialistas habrían traicionado la memoria de las víctimas. Para el diputado, esa idea no solo es injusta, sino que forma parte de una estrategia política destinada a presentar al PSOE como ajeno al sufrimiento causado por ETA, cuando también hubo socialistas amenazados, perseguidos y asesinados por defender sus ideas.

Esa parte del discurso tuvo una fuerte carga emocional. Guardiola recordó que el PSOE también tiene víctimas del terrorismo de ETA y que muchos de sus militantes fueron señalados por defender la libertad y la democracia en territorios donde la amenaza era cotidiana. No se trataba de una afirmación abstracta. Durante décadas, concejales, cargos públicos, militantes y simpatizantes socialistas vivieron bajo presión, escoltas, miedo y riesgo real. En el País Vasco y en otros lugares de España, defender determinadas ideas políticas podía tener consecuencias dramáticas. Esa memoria, sostuvo Guardiola, no puede ser borrada ni manipulada por interés partidista.

El diputado amplió además el marco histórico. Habló de la Transición, de la dictadura franquista, del golpe de Estado de 1936, del exilio, de la represión y de la muerte sufrida por quienes defendieron ideales democráticos y socialistas en distintos momentos de la historia española. Esa enumeración no pretendía igualar todos los contextos ni diluir el dolor específico de las víctimas de ETA, sino recordar que el PSOE se siente heredero de una memoria de lucha democrática que no acepta ser reducida a un eslogan parlamentario.

La frase más importante de su intervención fue quizá la más sencilla: “Las víctimas no son patrimonio de ningún partido”. En ella se concentra una idea esencial para cualquier democracia madura. Las víctimas del terrorismo merecen verdad, justicia, reparación y memoria, pero no deberían ser utilizadas como instrumento de desgaste político. Su dolor no puede convertirse en una propiedad partidista ni en una llave para expulsar al adversario del campo democrático. Cuando eso ocurre, el debate público se degrada y la memoria se convierte en trincheras.

Guardiola acusó al Partido Popular de apropiarse del dolor para confrontar. Es una acusación dura, pero conecta con un debate recurrente en España: la utilización política de ETA años después del cese definitivo de su actividad y de su disolución. Aunque la memoria del terrorismo sigue siendo una obligación democrática, distintos sectores han denunciado que algunos discursos políticos hablan de ETA en presente, como si la organización siguiera operando, para golpear al Gobierno central por sus pactos parlamentarios o por su relación institucional con fuerzas políticas vascas. Esa tensión vuelve una y otra vez al Congreso, a los parlamentos autonómicos y a las campañas electorales.

El Partido Popular defiende que mantener viva la memoria de las víctimas es una obligación moral y acusa al Gobierno de Pedro Sánchez de depender de partidos que, a su juicio, no han hecho una condena suficiente del pasado de ETA. Desde esa perspectiva, el PP considera legítimo llevar el asunto a los parlamentos y exigir responsabilidades políticas. El PSOE, en cambio, denuncia que la derecha utiliza el dolor de las víctimas para deslegitimar al Gobierno y para presentar a los socialistas como cómplices de una historia contra la que también combatieron y que también sufrieron.

Ese choque explica la intensidad del pleno madrileño. No se discutía únicamente sobre política penitenciaria o sobre presos de ETA. Se discutía quién tiene autoridad moral para hablar de las víctimas, quién puede invocar esa memoria y hasta dónde puede llegar la confrontación parlamentaria cuando se tratan heridas tan profundas. El riesgo, como recordó Guardiola, es que la memoria deje de unir y empiece a separar. Que el recuerdo de las víctimas, que debería ser un suelo común de la democracia, se convierta en un arma arrojadiza.

La intervención del diputado socialista tuvo también un componente de defensa de la memoria democrática del PSOE. Guardiola afirmó que el PP había faltado al respeto y al decoro hacia su partido, pero sobre todo hacia su historia. Con esa frase quiso situar el debate en un plano que va más allá de la discusión del día. Para los socialistas, ser llamados “traidores” en un debate sobre ETA no es solo una descalificación política. Es una herida a una tradición de militantes, cargos públicos y ciudadanos que se enfrentaron al terrorismo, a la dictadura y a distintas formas de violencia política.

El cierre de su discurso reforzó esa idea. Guardiola sostuvo que para la derecha este asunto puede ser un juego electoral, mientras que para los socialistas forma parte de una manera de entender la vida a través de unos ideales por los que muchos compañeros pelearon y también fueron asesinados. La frase buscaba devolver humanidad a un debate que se había llenado de gritos. Detrás de las siglas, vino a decir, hay biografías, familias, amenazas, miedo y memoria.

Después del pleno, el propio Guardiola difundió el vídeo de su intervención en redes sociales. En su mensaje insistió en que las víctimas del terrorismo no son patrimonio de ningún partido, sino un compromiso moral de toda la democracia que debería unir a los representantes públicos. También acusó a la derecha de intentar reescribir la historia para apropiarse del dolor de las víctimas a costa de insultar, despreciar y calumniar al PSOE. La publicación amplificó el debate más allá de la Asamblea y lo trasladó al terreno digital, donde este tipo de intervenciones suelen adquirir una segunda vida.

La polémica llega en un momento en el que la política española vive instalada en una fuerte polarización. Las acusaciones de traición, ilegitimidad o connivencia con enemigos de la democracia se han vuelto cada vez más habituales en el debate público. Ese lenguaje no es inocuo. Cuando se acusa a un adversario democrático de traicionar a las víctimas, se le expulsa simbólicamente del espacio común. Ya no se discute una política concreta, sino la legitimidad moral de quien la defiende. Y esa dinámica empobrece la democracia.

La memoria de ETA exige rigor. Exige recordar a quienes fueron asesinados, a quienes vivieron amenazados y a quienes defendieron la libertad bajo presión. Exige enseñar a las nuevas generaciones lo que ocurrió y evitar cualquier blanqueamiento del terror. Pero también exige responsabilidad en el uso del lenguaje. La memoria no puede convertirse en un campo de batalla donde cada partido busca demostrar que su dolor vale más que el del otro. Las víctimas no necesitan ser usadas como argumento de autoridad en cada pelea política. Necesitan respeto, reparación y una democracia que no banalice su sufrimiento.

El episodio de la Asamblea de Madrid muestra hasta qué punto ese equilibrio sigue siendo frágil. El PP considera que el PSOE debe dar explicaciones por sus alianzas y por su relación con determinadas fuerzas políticas. El PSOE responde que la derecha intenta utilizar ETA para erosionar al Gobierno y para reescribir una historia en la que los socialistas también fueron víctimas y protagonistas de la lucha democrática. Entre ambas posiciones, la sociedad asiste a un debate que demasiadas veces pierde de vista lo esencial: el dolor de las víctimas no debería ser propiedad de nadie.

Javier Guardiola logró que su intervención destacara porque se negó a aceptar el marco de la acusación. No respondió con el mismo grito, sino con una reivindicación histórica. No negó la importancia de la memoria de ETA, sino que reclamó que esa memoria no sea secuestrada por ningún partido. Su discurso tuvo impacto porque tocó un punto sensible: la democracia española no puede construirse sobre la idea de que solo una parte tiene derecho a recordar.

La política puede y debe debatir sobre memoria, justicia, presos, homenajes, condenas y reparación. Pero debería hacerlo con una mínima conciencia del terreno que pisa. Cuando se habla de víctimas, no se habla de un recurso parlamentario más. Se habla de vidas truncadas, de familias marcadas para siempre, de años de miedo y de una sociedad que tuvo que aprender a defender la libertad frente al fanatismo. Convertir todo eso en un insulto de bancada es una forma de empequeñecer la propia memoria que se dice defender.

Por eso la frase de Guardiola resume el fondo de la cuestión: las víctimas no son patrimonio de ningún partido. Son una responsabilidad de todos. Y quizá ahí debería empezar cualquier debate serio sobre ETA, memoria democrática y convivencia.