Ana Rosa impugna a Esther Palomera tras tachar de bulo lo difundido en su programa: “No es verdad”.
Esther Palomera ha sido reprendida por Ana Rosa Quintana y el resto de la mesa política de ‘El programa de AR’ tras cuestionar la información de uno de sus compañeros.

La televisión en directo tiene algo imprevisible, casi eléctrico. Basta una frase fuera de guion, una corrección inesperada o una mirada incómoda para que todo cambie. Eso fue exactamente lo que ocurrió este jueves en el plató de El programa de AR.
Lo que comenzó como un análisis político más, siguiendo la línea habitual del editorial de Ana Rosa Quintana, terminó convirtiéndose en uno de los momentos más tensos y comentados de la mañana.
Un choque frontal entre periodistas, con reproches en directo, silencios incómodos y una sensación clara: algo se había roto en pleno debate.
El programa arrancaba con el foco puesto en la renuncia de José Luis Ábalos a su escaño en el Congreso. Un movimiento que Ana Rosa enmarcó desde el primer minuto como parte de lo que definió, una vez más, como “la jugada maestra” de Pedro Sánchez.
El tono era el habitual del editorial: contundente, crítico y cargado de lectura política. Todo parecía transcurrir según lo previsto, sin sobresaltos, hasta que la mesa política giró hacia otro nombre propio que lleva días en el centro del huracán: Óscar Puente.
El ministro de Transportes había sido protagonista de varias informaciones relacionadas con infraestructuras ferroviarias, documentos técnicos y explicaciones públicas ofrecidas a través de redes sociales.
En ese contexto, Álvaro López, redactor del programa, aseguraba que existían documentos internos de Adif a los que había tenido acceso el matinal y que, según su explicación, acorralaban al ministro por contradicciones evidentes.
Fue entonces cuando Esther Palomera decidió intervenir. No lo hizo elevando la voz ni buscando protagonismo, sino con una frase directa que cayó como una bomba en el plató.
“No es verdad”, dijo, mirando hacia Ana Rosa y cuestionando abiertamente la información que acababa de ofrecer su compañero.
En televisión, pocas cosas generan más tensión que una desautorización en directo, y menos aún cuando afecta al rigor informativo del propio programa.
Ana Rosa Quintana, visiblemente sorprendida, intentó mantener el control de la situación. Pero Palomera no se quedó ahí.
Insistió en que el Ministerio de Transportes no había negado la información sobre el certificado de inspección de la vía y recordó que el propio Óscar Puente había publicado en su cuenta de Twitter los certificados correspondientes a las inspecciones realizadas.
Ese fue el punto exacto en el que el ambiente se tensó de verdad. Ana Rosa interrumpió a la tertuliana con un “discúlpame un momento” que sonó más a advertencia que a cortesía.
No era solo una cuestión de matices técnicos, sino de credibilidad. En juego estaba la fiabilidad del trabajo del equipo del programa, algo que la presentadora no estaba dispuesta a dejar en entredicho sin respuesta.
Con gesto serio, Ana Rosa pidió a Álvaro López que tomara el micrófono y aclarara la situación. Mientras tanto, el resto de colaboradores observaban la escena con una mezcla de expectación y nerviosismo.
Esther Palomera permanecía tranquila, sentada, sin gestos exagerados, consciente de que había cruzado una línea delicada: la de cuestionar al programa desde dentro.
Álvaro López tomó la palabra y defendió su información con precisión. Explicó que el documento al que hacía referencia Palomera no correspondía al certificado concreto de la soldadura entre dos carriles de diferentes épocas, sino a certificados de inspección del suministro de los carriles por parte del proveedor.
Una diferencia técnica, sí, pero clave en el fondo del asunto. No se trataba de lo mismo, y eso, según el redactor, cambiaba por completo la interpretación.
Mientras hablaba, algunos tertulianos no dudaron en respaldarlo de forma explícita. “No desmientas al compañero cuando lleva razón”, se escuchó desde el otro lado de la mesa. El mensaje era claro: la corrección de Palomera no solo se consideraba errónea, sino inapropiada en ese contexto.
Ana Rosa Quintana cerró el episodio con una frase tajante. Recordó que Álvaro había revisado toda la documentación facilitada tanto por el Ministerio como por Adif y pidió que no se afirmara que la información era falsa.
El tono no dejaba lugar a réplica. Esther Palomera guardó silencio. El debate siguió adelante, pero nada volvió a ser igual en el plató.
Lo ocurrido fue mucho más que una discusión puntual sobre un certificado técnico. Fue un choque de modelos de periodismo, de roles dentro de un programa y de límites no escritos sobre hasta dónde puede llegar la discrepancia en directo.
Para muchos espectadores, el momento resultó incómodo. Para otros, fue una muestra de transparencia y de que el debate real, cuando es auténtico, no siempre es cómodo.
En redes sociales, el fragmento comenzó a circular pocos minutos después. Los comentarios se multiplicaron. Algunos defendían a Esther Palomera por atreverse a corregir una información que consideraba incorrecta, incluso sabiendo el coste que podía tener hacerlo en ese espacio.
Otros respaldaban a Ana Rosa Quintana, subrayando que un programa no puede permitir que se ponga en duda el trabajo de su equipo sin una base sólida.
El episodio reavivó un debate más amplio sobre el papel de los tertulianos en los programas de actualidad. ¿Son opinadores? ¿Son periodistas con voz propia? ¿Deben limitarse a comentar o también pueden cuestionar la información que se ofrece desde el propio programa? La respuesta no es sencilla, pero el momento vivido en El programa de AR dejó claro que esas fronteras siguen siendo frágiles.
También volvió a poner sobre la mesa la figura de Ana Rosa Quintana como conductora de debates. Su estilo, firme y autoritario para algunos, garante del orden para otros, quedó una vez más en primer plano
No permitió que el programa perdiera el control, pero lo hizo a costa de un momento de tensión que no pasó desapercibido.
Esther Palomera, por su parte, salió del episodio sin alzar la voz, sin enfrentamiento personal y sin rectificar públicamente.
Su silencio posterior fue interpretado de muchas maneras: prudencia, desacuerdo, incomodidad o simplemente la conciencia de que el debate ya estaba cerrado en ese plató.
Lo cierto es que este cara a cara dejó huella. Porque más allá del contenido concreto, mostró cómo la política, los medios y el ego profesional chocan en tiempo real.
Y recordó algo que a menudo se olvida: que detrás de cada mesa de tertulia hay periodistas con trayectorias, convicciones y límites distintos.
En un contexto político tan polarizado, donde cada información se analiza con lupa y cada palabra se utiliza como munición, estos momentos adquieren una relevancia especial.
No son simples anécdotas televisivas. Son reflejos de una tensión más profunda: la que existe entre informar, interpretar y opinar sin cruzar líneas invisibles.
El debate siguió, el programa continuó y la emisión terminó como cada mañana. Pero el eco de ese enfrentamiento quedó flotando.
Porque cuando una periodista dice “no es verdad” en directo, y otra responde “no digamos que no”, lo que se pone en juego no es solo un certificado, sino la confianza del espectador.
Y esa confianza, una vez tocada, ya no depende de quién tuvo razón técnica, sino de cómo se gestionó el desacuerdo.
En ese terreno, el episodio de El programa de AR ya forma parte de esos momentos televisivos que se recuerdan no por lo que se dijo, sino por lo que revelaron.