María Galiana rompió el silencio tras la muerte de Maricarmen en TVE con un mensaje profundamente emotivo.
María Galiana encuentra en el teatro y en Rafael Alberti una forma distinta de hablar de Maricarmen: cuando la ficción termina pareciéndose demasiado a la realidad
María Galiana podría haberse limitado a expresar sus condolencias por la muerte de Maricarmen Abascal. Podría haber recordado las imágenes de su desahucio, lamentado el desenlace y continuado con el programa. Sin embargo, su intervención en ‘El perro andaluz’ tomó un camino bastante diferente. La actriz conectó la historia de una mujer de 87 años expulsada de la vivienda donde había pasado prácticamente toda su vida con algo que ella misma está preparando para representar sobre un escenario: una obra teatral sobre una persona mayor, vulnerable y amenazada con perder su casa.
De repente, ficción y actualidad quedaron demasiado cerca.
Ese paralelismo explica mejor que cualquier gran discurso por qué el caso de Maricarmen impresionó especialmente a María Galiana.

La actriz se encuentra preparando ‘Calle Esperanza’, una producción protagonizada junto a Javier Mora y Alberto Fraga que aborda precisamente el desalojo de una persona mayor, sola y con pocos recursos. La ficha oficial de Pentación Espectáculos presenta la obra como una historia atravesada por el humor y la emoción que pretende llamar la atención sobre una situación considerada un fracaso social: que alguien vulnerable pueda acabar en la calle después de haber pasado media vida en una vivienda. La dirección corresponde a Miguel Rellán y el estreno absoluto está previsto para el 18 de diciembre en el Teatro Palacio Valdés de Avilés.
Ese dato convierte la reflexión televisiva de Galiana en algo más que un comentario sobre una noticia.
Mientras estudiaba un personaje ficticio relacionado con un desahucio, estaba contemplando cómo una historia extraordinariamente parecida ocurría ante las cámaras.
Maricarmen fue desahuciada el 23 de septiembre del piso de Madrid en el que había vivido durante 71 años. Tenía 87 años y su estado de salud era delicado. Fue trasladada al Hospital Gregorio Marañón después del lanzamiento y permaneció allí hasta su fallecimiento, el 7 de octubre. EFE y RTVE han confirmado esos hechos y el impacto que su caso tuvo posteriormente sobre las movilizaciones por el acceso a una vivienda.
No es necesario establecer una comparación perfecta entre una obra y un caso real para entender la impresión de Galiana.
Lo que la sorprendió, según explicó, fue reconocer en la realidad procedimientos, tensiones y circunstancias que llevaba semanas estudiando para interpretarlas en el teatro.
Ese encuentro entre arte y actualidad plantea una cuestión interesante.
A menudo pensamos que el teatro social toma hechos que ya ocurrieron y los transforma posteriormente en ficción. Aquí parece producirse casi el camino contrario: una actriz prepara una historia escrita con anterioridad y, mientras lo hace, descubre cómo la actualidad reproduce muchos de los mismos problemas.
Eso demuestra también que la discusión sobre vivienda no nació con Maricarmen.
Su caso adquirió una extraordinaria dimensión pública, pero las situaciones de pérdida de vivienda llevan años apareciendo en las estadísticas judiciales españolas.
Galiana habló durante el programa de unos 14.000 desahucios anuales. Esa cifra debe manejarse con cautela porque las estadísticas oficiales utilizan diferentes categorías y no coincide directamente con el total nacional de “lanzamientos” que publica el Consejo General del Poder Judicial.
Según datos del CGPJ recogidos por EFE, durante 2025 se practicaron más de 24.000 lanzamientos en España. Esa categoría incluye distintos tipos de inmuebles y procedimientos y no equivale exclusivamente a personas vulnerables expulsadas de su vivienda habitual. Por eso no sería correcto utilizar ambas cifras como si midieran exactamente lo mismo.
Pero la dimensión general del problema sí queda clara.
Estamos hablando de miles de procedimientos cada año.
Y esa realidad explica por qué Galiana rechazó interpretar la historia de Maricarmen como un acontecimiento completamente aislado.
Para ella, la enorme repercusión de este caso responde a que puso rostro a una cuestión que normalmente aparece convertida en números, expedientes judiciales o discusiones políticas.
Esa transformación es importante.
Una estadística puede indicar cuántos lanzamientos se han producido.
Pero no puede mostrar las fotografías acumuladas durante décadas dentro de una casa.
No explica qué significa abandonar una cocina utilizada durante cincuenta años.
No cuenta qué ocurre cuando una persona mayor tiene que reconstruir su sensación de hogar.
Es precisamente ahí donde el teatro puede aportar algo que los datos no pueden ofrecer por sí solos.
‘Calle Esperanza’ utiliza, según su presentación oficial, el humor como herramienta para abordar una realidad social especialmente dura. No pretende limitarse a reproducir de forma documental un procedimiento de desahucio, sino convertirlo en una experiencia humana que permita al espectador observar sus contradicciones.
Galiana explicó además que el montaje todavía se encuentra en una fase donde sus responsables reflexionan sobre el desenlace.
Y ahí apareció una de las ideas más interesantes de su intervención.
La realidad de Maricarmen terminó de una manera que la actriz no quiere reproducir necesariamente sobre el escenario.
Ella habló de buscar esperanza.
No de negar el problema.
No de inventar un mundo donde los conflictos desaparecen.
Sino de preguntarse si una historia semejante puede terminar mostrando que existen alternativas.
En términos teatrales, el planteamiento es poderoso.
Un final feliz puede resultar ingenuo si simplemente elimina el conflicto.
Pero también puede convertirse en una forma de imaginar soluciones que todavía no existen suficientemente en la realidad.
Galiana planteó precisamente la posibilidad de que una persona obligada a abandonar una vivienda pueda disponer previamente de una alternativa adaptada a sus ingresos y circunstancias.
No necesariamente permanecer para siempre en el mismo inmueble.
No necesariamente anular los derechos del propietario.
Sino evitar que la consecuencia inmediata sea encontrarse sin una solución habitable.
Esa distinción aporta bastante valor al debate.
El problema de la vivienda suele presentarse mediante posiciones extremadamente simples.
Propietarios contra inquilinos.
Derecho de propiedad contra derecho a la vivienda.
Mercado contra intervención pública.
Pero los casos concretos suelen ser bastante más complejos.
Existen propietarios particulares.
Grandes empresas.
Contratos antiguos.
Impagos.
Familias vulnerables.
Personas mayores.
Viviendas alternativas insuficientes.
Administraciones con diferentes competencias.
Y procedimientos judiciales que tienen que ejecutar resoluciones mientras los servicios sociales intentan responder a situaciones humanas muy diferentes entre sí.
Reconocer esa complejidad no significa renunciar a buscar soluciones.
Significa precisamente diseñarlas mejor.
Galiana introdujo también su propia experiencia como inquilina.
Recordó que durante buena parte de su vida adulta vivir de alquiler le parecía una situación completamente normal. Sus padres tampoco habían tenido vivienda en propiedad y ella pasó más de dos décadas como arrendataria antes de comprar una casa.
También recordó haber tenido que abandonar viviendas alquiladas por circunstancias relacionadas con sus propietarios.
Su experiencia no era idéntica a la de Maricarmen.
Y ella misma diferenciaba aquellos casos.
Pero el recuerdo le permitió poner sobre la mesa algo que a veces se olvida en la discusión actual: la relación cultural de España con la vivienda ha cambiado enormemente.
Durante décadas, muchas familias podían entender el alquiler como una forma estable de residencia.
En otras etapas, la compra de vivienda se convirtió en la gran aspiración y también en uno de los principales mecanismos de ahorro familiar.
Ahora, con los precios de compra y alquiler sometidos a una enorme presión en determinadas ciudades, vuelven a surgir preguntas sobre qué significa realmente disponer de un hogar estable.
Galiana recordó asimismo una dimensión de los antiguos barrios que le parecía valiosa: las redes vecinales.
En su memoria, existían problemas que hoy tampoco deberían idealizarse. Habló, por ejemplo, de viviendas subarrendadas y hogares compartidos por necesidad económica.
Pero al mismo tiempo recordó comunidades donde los vecinos mantenían una relación más estrecha y podían apoyarse entre sí.
Esa observación no significa que el pasado fuera necesariamente mejor.
Las condiciones de muchas viviendas eran peores.
Existía hacinamiento.
Había menos comodidades.
Y numerosas personas tenían una protección económica mucho menor.
La nostalgia puede distorsionar fácilmente la realidad.
Pero hay una idea de aquella experiencia que continúa siendo relevante: una vivienda forma parte también de una red social.
Perder una casa puede significar perder el acceso cotidiano a vecinos, comercios, médicos y rutinas construidas durante años.
Cuando hablamos de personas mayores, ese elemento puede ser especialmente importante.
Maricarmen terminó representando precisamente esa conexión entre vivienda y biografía.
Su historia comenzó en aquel piso en 1956 y terminó convirtiéndose siete décadas después en una cuestión nacional. Tras su desahucio, las protestas por vivienda se intensificaron y su figura fue utilizada como referencia por quienes se movilizaron en Madrid y otras ciudades. EFE confirmó que su caso contribuyó de forma directa al crecimiento de la movilización que desembocó en la acampada de la Puerta del Sol.
Pero tampoco conviene transformar su figura en un símbolo tan grande que la persona desaparezca detrás.
Ese riesgo existe siempre cuando una historia individual alcanza dimensión política.
Cada grupo puede intentar colocar sobre ella su propia interpretación.
Unos pueden presentar a Maricarmen como demostración definitiva del fracaso del mercado de vivienda.
Otros pueden centrar el debate únicamente en la legalidad del procedimiento.
Otros pueden utilizarla para defender reformas concretas.
La política tiene derecho a debatir esas cuestiones.
Pero ninguna lectura debería sustituir los hechos.
Por eso merece también atención la manera en la que María Galiana cerró su reflexión.
No terminó con una consigna partidista.
Recurrió a la poesía.
Eligió ‘Desahucio’, un poema de Rafael Alberti publicado en 1929. La prensa cultural ha confirmado que fue esa composición la que recitó durante su intervención.
No hace falta reproducir sus versos para entender la elección.
El propio título ya establece una conexión evidente.
Un texto escrito hace casi un siglo podía volver a escucharse en televisión en 2026 y resultar reconocible dentro de una discusión absolutamente contemporánea.
Ese detalle tiene algo inquietante.
La tecnología cambia.
Las ciudades cambian.
Las leyes cambian.
Pero determinadas experiencias humanas mantienen una capacidad sorprendente para repetirse.
Pérdida.
Desarraigo.
Miedo a abandonar un espacio propio.
Sensación de quedar fuera de aquello que hasta entonces parecía seguro.
La poesía permite hablar de esas experiencias sin necesidad de convertirlas inmediatamente en un programa político.
Quizá por eso funcionó tan bien como cierre.
Galiana no estaba presentando una ley de vivienda.
No estaba resolviendo la relación entre arrendadores e inquilinos.
Estaba haciendo lo que lleva décadas haciendo como actriz: utilizar palabras para obligar al público a mirar una realidad durante unos minutos desde otra posición.
Y precisamente esa distancia respecto al debate partidista puede aportar algo útil.
La vivienda necesita legislación, presupuestos y administración.
Pero también necesita una conversación social sobre qué consideramos una situación aceptable.
Una ley puede establecer cuándo procede un lanzamiento.
Otra cuestión es qué debería ocurrir antes de ejecutar ese lanzamiento cuando existe una persona mayor, dependiente o especialmente vulnerable.
¿Debería existir siempre una alternativa previamente garantizada?
¿Quién debería financiarla?
¿Qué administración tendría la responsabilidad?
¿Qué ocurre cuando el propietario también se encuentra en una situación vulnerable?
¿Dónde debe colocarse el equilibrio entre seguridad jurídica y protección social?
No son preguntas sencillas.
Y precisamente por eso una respuesta basada únicamente en indignación sería insuficiente.
La intervención de Galiana resulta interesante porque combina tres niveles.
Experiencia personal.
Arte.
Y actualidad.
No habla como jurista.
Tampoco como economista.
Habla desde la memoria de alguien que vivió durante años de alquiler y desde el trabajo de una actriz que se está preparando para representar una historia muy similar a la que acaba de conmocionar al país.
Eso no convierte automáticamente sus propuestas en las mejores.
Pero explica por qué su intervención tuvo una resonancia diferente.
Personalmente, creo que el paralelismo con ‘Calle Esperanza’ deja la cuestión más valiosa de todo el episodio.
El teatro puede modificar un final.
La realidad no.
María Galiana y sus compañeros todavía pueden discutir qué sucede con su personaje antes de que baje el telón.
Pueden imaginar una solución.
Pueden introducir una red vecinal.
Una alternativa habitacional.
Una negociación.
Un final abierto.
Maricarmen no tuvo esa posibilidad.
Después de su desahucio se alcanzó un acuerdo para que pudiera regresar a la vivienda, pero murió antes de recibir el alta hospitalaria y poder hacerlo. RTVE ha recordado que la solución llegó cuando ella todavía permanecía ingresada.
Ese contraste hace especialmente poderosa la petición de Galiana de conservar alguna esperanza.
No porque la esperanza sustituya las políticas públicas.
Sino porque toda política comienza definiendo qué resultado queremos evitar y qué resultado consideramos deseable.
Quizá el teatro pueda plantear esa pregunta con mayor libertad que una tertulia.
¿Qué debería ocurrir con una persona mayor que ya no puede permanecer en una vivienda?
¿La historia termina cuando se ejecuta correctamente una resolución judicial?
¿O una sociedad debería considerar que el proceso no está realmente resuelto hasta que esa persona dispone de otro lugar digno donde vivir?
‘Calle Esperanza’ todavía tiene margen para decidir su respuesta.
España, bastante menos.
Y quizá esa sea la razón por la que un poema de 1929, una obra teatral que todavía no se ha estrenado y la historia real de una mujer de 87 años terminaron encontrándose durante unos minutos en el mismo plató.
No porque sean exactamente la misma historia.
Sino porque las tres obligan a hacerse prácticamente la misma pregunta: cuando alguien pierde la casa que ha llamado hogar durante años, ¿qué responsabilidad empieza entonces para todos los demás?