José Manuel Soto estalla contra el rey tras su discurso sobre Venezuela y la liberación de presos españoles.
El cantante critica a Felipe VI por repetir el argumento oficial y pide dar gracias a Trump por la liberación de los compatriotas.

El cantante José Manuel Soto.
Las palabras de Felipe VI sobre Venezuela no fueron improvisadas ni accesorias. Llegaron en un momento especialmente delicado del tablero internacional y, como suele ocurrir cuando habla el jefe del Estado, cada frase fue analizada al milímetro.
Sin levantar la voz ni salirse del marco institucional, el monarca volvió a situar a la Corona en el centro del debate político español, esta vez a raíz de la crisis venezolana tras la intervención de Estados Unidos, la detención de Nicolás Maduro y la liberación posterior de varios presos, entre ellos cinco ciudadanos españoles.
El escenario elegido tampoco fue casual. La clausura de la Conferencia de Embajadores es uno de los foros más relevantes de la diplomacia española, un espacio donde el Rey suele marcar líneas generales de política exterior, siempre dentro del respeto a la Constitución y al papel moderador que le corresponde.
Sin embargo, en esta ocasión, Felipe VI fue un paso más allá de lo habitual. A diferencia de su discurso en la Pascua Militar, donde evitó referencias explícitas a conflictos concretos, aquí sí quiso dejar constancia de su valoración sobre lo ocurrido en Venezuela.
El mensaje fue sobrio, medido, pero cargado de significado. Felipe VI celebró la liberación de los ciudadanos españoles y de otros presos, calificándola como un “paso necesario” hacia la recuperación de libertades que, según sus palabras, el pueblo venezolano “merece plenamente”.
No hubo triunfalismo ni señalamientos directos, pero sí una idea clara: la situación previa era incompatible con los principios básicos de libertad y derechos humanos.
Ese matiz, aparentemente neutro, fue suficiente para generar reacciones encontradas. En sectores progresistas se interpretó como una defensa coherente del Derecho Internacional y de los derechos humanos.
En cambio, parte de la derecha y de la ultraderecha lo leyó como una alineación implícita con la posición del Gobierno de Pedro Sánchez.
Y en el clima de polarización política que atraviesa España, esa lectura bastó para encender la polémica.
El Rey insistió en un concepto que ha ido ganando peso en sus últimos discursos: el respeto “firme e inequívoco” al Derecho Internacional.
Advirtió de que no se puede normalizar su vulneración “ni con la palabra ni con el silencio”, una frase que resonó con fuerza entre los asistentes y que muchos analistas interpretaron como una llamada de atención global, no solo referida a Venezuela.
Felipe VI alertó del deterioro del orden internacional, del uso creciente de la fuerza como herramienta política y del riesgo que ese camino supone para la seguridad colectiva en un mundo marcado por la carrera armamentística y las tensiones geopolíticas.
Ese enfoque, claramente diplomático, evita personalizar los conflictos y se centra en principios. Sin embargo, en la España actual, donde cada gesto institucional se somete a escrutinio ideológico, no tardaron en aparecer voces críticas.
Una de las más sonoras fue la del cantante José Manuel Soto, que utilizó sus redes sociales para cuestionar duramente el discurso del monarca.
En un mensaje que se viralizó rápidamente, Soto lanzó una crítica directa a la Corona: “Majestad, para decir lo mismo que Sánchez no necesitamos un Rey… Mucha gente espera otra cosa de la Corona que no sea repetir las consignas de Moncloa…”.
Con estas palabras, el artista ponía en duda el valor diferencial de la figura del Rey si su mensaje coincide con el del Ejecutivo, un reproche que conecta con una parte del electorado conservador que espera de la Corona un posicionamiento más duro y explícito.
Pero Soto no se quedó ahí. En su intervención pública fue más allá y expuso cómo, a su juicio, debería haberse expresado Felipe VI.
Para él, el foco debía ponerse sin ambigüedades en la liberación de los presos políticos y en el reconocimiento explícito a quien considera responsable de ese desenlace: “Hay que felicitarse por la liberación de los presos políticos, nada de ‘ciudadanos retenidos’, y hay que darle las gracias a quien lo ha hecho posible: gracias, Donald Trump”.
Con esta afirmación, el cantante introducía un elemento clave del debate: el papel de Estados Unidos y, en particular, del presidente Donald Trump en los acontecimientos venezolanos.
Mientras el Rey optó por un lenguaje prudente y multilateral, evitando nombres propios y juicios directos, Soto reivindicaba una lectura más contundente, alineada con una visión favorable a la intervención estadounidense.
Ese contraste resume buena parte del conflicto. La Corona, por su naturaleza institucional, se mueve en el terreno de la diplomacia clásica, del equilibrio y del respeto a los marcos internacionales.
Las figuras mediáticas y políticas, en cambio, suelen expresarse desde posiciones más emocionales o ideológicas, buscando claridad, identificación y, en muchos casos, confrontación.
La reacción de Soto no es un caso aislado. En las últimas semanas, las redes sociales han amplificado críticas similares, cuestionando si el Rey debería limitarse a un discurso institucional o adoptar una voz más nítida frente a determinados regímenes y conflictos.
Para algunos, la neutralidad es una virtud. Para otros, es una forma de tibieza.
Sin embargo, conviene recordar cuál es el papel constitucional de Felipe VI. El Rey no gobierna ni define la política exterior del país, pero sí representa al Estado y encarna su continuidad.
Sus palabras no pueden interpretarse como un mitin ni como una opinión personal sin consecuencias. Cada frase tiene un peso simbólico y diplomático que trasciende el debate interno.
Desde ese prisma, su referencia al Derecho Internacional cobra especial relevancia.
En un contexto global donde se cuestionan tratados, se normalizan intervenciones unilaterales y se debilitan organismos multilaterales, el mensaje del Rey puede leerse como una defensa del orden basado en normas, más allá de simpatías o afinidades ideológicas.
El choque entre esa visión y la de figuras como José Manuel Soto refleja una fractura más profunda en la sociedad española.
Venezuela se ha convertido, desde hace años, en un símbolo político que cada bloque utiliza para reforzar su propio relato.
Para unos, es el ejemplo del fracaso del socialismo y la justificación de intervenciones duras.
Para otros, es una crisis compleja que exige soluciones diplomáticas y respeto a la soberanía, sin dejar de exigir derechos y libertades.
En ese campo minado, cualquier palabra institucional se convierte en munición. Felipe VI optó por un discurso que intenta situarse por encima de la batalla partidista, pero eso no le ha librado de las críticas.
Al contrario, ha vuelto a demostrar que la Corona ya no es un espacio ajeno a la polarización.
También es significativo que las críticas provengan no solo de políticos, sino de figuras del mundo cultural y mediático.
Eso indica que el debate ha traspasado los límites del Parlamento y se ha instalado en la conversación pública cotidiana, donde las emociones y las percepciones pesan tanto como los argumentos.
La pregunta de fondo es qué espera hoy la sociedad española de su Rey. ¿Un árbitro institucional que recuerde principios generales y evite el choque directo? ¿O una figura con un discurso más contundente, capaz de satisfacer a quienes reclaman posicionamientos claros frente a determinados actores internacionales?
No hay una respuesta sencilla. Lo que sí parece evidente es que cada intervención de Felipe VI será, a partir de ahora, examinada con lupa.
Venezuela ha sido el detonante, pero no será el último escenario donde sus palabras generen controversia.
Mientras tanto, el debate continúa. Para unos, el Rey ha cumplido con su función, defendiendo el Derecho Internacional y celebrando avances en libertades sin caer en la propaganda.
Para otros, ha perdido una oportunidad de diferenciarse y de responder a las expectativas de quienes ven en la Corona un contrapeso político.
Lo ocurrido demuestra, en cualquier caso, que la figura del monarca sigue siendo relevante y que sus discursos importan.
En un mundo y un país cada vez más polarizados, quizá esa sea la prueba más clara de que la Corona, lejos de ser un elemento decorativo, sigue ocupando un lugar central en la conversación pública.
Y ese lugar, inevitablemente, seguirá generando debate, incomodidad y preguntas incómodas.