Xabier Fortes da una respuesta inapelable a los que le acusan de cobrar una “millonada” por trabajar en RTVE.
“Antes de difamar, por lo menos infórmese”.

Hay acusaciones que no nacen para aclarar nada, sino para sembrar sospecha.
Frases lanzadas en redes sociales que, en apenas unas líneas, condensan desinformación, enfado fiscal y una narrativa muy concreta contra los medios públicos.
Eso fue exactamente lo que ocurrió cuando Xabier Fortes, uno de los rostros más reconocibles de RTVE, decidió poner pie en pared tras ser acusado de cobrar “millonadas” a costa de los impuestos de todos.
El detonante fue una noticia publicada por El Mundo sobre el rescate económico de RTVE a través de la SEPI.
A partir de ahí, el mensaje empezó a circular con rapidez: una RTVE “rescatada” que, supuestamente, paga sueldos astronómicos a algunos de sus periodistas más visibles. Una idea sencilla, directa y emocionalmente efectiva. El problema es que no era cierta.
“Rescatamos con 700M a una RTVE que paga millonadas a Intxaurrondo, Fortes, Cintora, Ruiz, Miró, etc.
Son tus impuestos. Para sanidad y educación. Ya”. El mensaje, firmado por el usuario Juanma López Zafra, se difundió rápidamente, alimentando una indignación que mezcla recortes, servicios públicos y una supuesta élite mediática privilegiada.
En este contexto, Xabier Fortes decidió no callar. Y lo hizo con una respuesta clara, directa y sin rodeos, de las que desmontan un bulo punto por punto.
“A ver si lo entiendes. No cobro ninguna millonada. Soy un informador de plantilla en RTVE desde hace 35 años”, escribió el presentador de La noche en 24 horas.
No era solo una defensa personal. Era también una reivindicación del funcionamiento real de la televisión pública, de sus tablas salariales y de una profesión que, en demasiadas ocasiones, se caricaturiza para encajar en un relato político previo.
Fortes fue más allá. Explicó algo que suele omitirse cuando se habla de sueldos “millonarios” en RTVE: él no es un fichaje externo con un contrato privado negociado al margen, sino un trabajador de plantilla.
“Cobro exactamente lo que marca la tabla salarial para cualquier periodista de esta casa con mis trienios”, subrayó. Ni bonus ocultos, ni sobresueldos, ni privilegios especiales.
Esta aclaración toca un punto clave del debate público: la diferencia entre profesionales contratados externamente y trabajadores de plantilla.
En RTVE conviven ambas figuras, como en muchos otros entes públicos y privados. Pero mezclarlo todo interesadamente permite construir una imagen falsa de derroche que no se sostiene con datos.
El periodista gallego también quiso aclarar su situación laboral, porque incluso ahí circulan medias verdades.
“Mi plaza está en Galicia, a donde volveré cuando me cesen o me apetezca”, explicó.
Un recordatorio de que su puesto en Madrid no es una conquista permanente, sino una etapa dentro de una carrera profesional larga, sujeta a cambios y decisiones internas.
Uno de los fragmentos más humanos de su respuesta fue cuando explicó en qué se va realmente ese complemento por dirigir y presentar un programa en directo de dos horas y media.
Nada de lujos ni grandes fortunas. “Con el complemento por dirigir y presentar un programa en directo me pago mi alquiler en Madrid, mi estancia aquí y los viajes a Pontevedra para ver a mi familia. Ni un euro más”.
Ese “ni un euro más” resonó especialmente porque desmonta de golpe la idea del periodista enriquecido a costa del erario público.
Habla de alquiler, de desplazamientos, de una familia que no vive contigo. De una realidad mucho más común de lo que algunos discursos quieren admitir.
Fortes no se escudó en tecnicismos. No recurrió a un comunicado frío ni a una nota de prensa. Habló en primera persona, con un tono firme pero pedagógico.
Incluso fue más allá: “Si cobrase más no tendría ningún problema en reconocerlo, pero se da la casualidad que no es así. Antes de difamar, por lo menos infórmese”.
Esa frase encierra una crítica más amplia al clima de sospecha permanente que rodea a los medios públicos.
Un clima en el que cualquier cifra se exagera, cualquier rostro visible se convierte en objetivo y cualquier matiz desaparece en favor de titulares simples y enfadados.
El ataque a RTVE no es nuevo. Cada cierto tiempo reaparece con distintas formas, pero con el mismo fondo: cuestionar su utilidad, su independencia y su coste.
En ese contexto, señalar a periodistas concretos funciona como un atajo emocional.
Personaliza el enfado, pone cara al gasto y evita hablar de estructuras, misiones de servicio público o comparaciones internacionales.
Pero Fortes no solo se defendió. También recordó algo que suele olvidarse en estos debates: los resultados.
“Por cierto, las dos últimas temporadas hemos batido en La noche en 24 Horas el récord histórico de audiencia.
Dos años seguidos, y esta temporada vamos por el mismo camino”.
No es un dato menor. En un ecosistema mediático cada vez más fragmentado, con competencia feroz y cambios constantes en los hábitos de consumo, lograr récords históricos en un canal público de información no es casualidad.
Habla de interés, de credibilidad y de un trabajo que conecta con una parte significativa de la audiencia.
Ese recordatorio final funciona casi como un cierre irónico: “Ahora sí que ya tienes todos los datos”.
No solo sobre su sueldo, sino sobre su impacto profesional. Porque reducir todo a una cifra inflada no explica por qué millones de personas siguen conectando cada noche para informarse.
El caso de Xabier Fortes es ilustrativo de algo más grande. De cómo las redes sociales se han convertido en un campo de batalla donde la reputación se pone en juego en segundos.
Donde una afirmación falsa puede alcanzar más difusión que una rectificación detallada. Y donde el ruido muchas veces gana a los hechos.
También pone sobre la mesa la fragilidad del debate público cuando se mezclan conceptos como rescate, impuestos, salarios y servicios esenciales sin rigor.
La financiación de RTVE, como la de cualquier medio público europeo, responde a una lógica de servicio que no puede medirse solo en términos de rentabilidad económica directa.
Informar, garantizar pluralidad, cubrir territorios y temas que no siempre interesan al mercado tiene un coste.
Eso no significa que no deba haber control, transparencia y exigencia. Al contrario. Pero la crítica pierde fuerza cuando se basa en datos falsos o exagerados. Y gana credibilidad cuando se apoya en información contrastada, no en consignas virales.
La respuesta de Fortes también conecta con una fatiga creciente entre los profesionales de la comunicación.
Fatiga de tener que justificarse constantemente. De explicar una y otra vez que no todos los periodistas son estrellas millonarias.
Que detrás de muchos programas hay trabajadores con sueldos regulados, hipotecas, alquileres y rutinas muy alejadas del lujo.
En un momento en el que la confianza en los medios está en crisis, este tipo de episodios no ayudan.
Alimentan la idea de que todo es sospechoso, de que nadie dice la verdad, de que el sistema está amañado.
Y cuando esa desconfianza se generaliza, el daño es colectivo.
Quizá por eso la intervención de Fortes tuvo tanta repercusión. Porque no fue solo una réplica airada, sino una explicación detallada.
Porque no esquivó el tema del dinero, sino que lo abordó de frente. Porque puso cifras, contexto y experiencia sobre la mesa.
Y también porque recordó algo esencial: criticar es legítimo, pero difamar no. Exigir transparencia es necesario, pero inventar privilegios no acerca a ninguna mejora real. Defender servicios públicos pasa también por defender la verdad sobre cómo funcionan.
Este episodio deja una enseñanza clara. En la era del titular rápido y la indignación instantánea, detenerse a contrastar datos es casi un acto de resistencia.
Y escuchar a quienes dan explicaciones, aunque no encajen en nuestro prejuicio inicial, es un ejercicio de responsabilidad democrática.
Xabier Fortes seguirá presentando La noche en 24 Horas. RTVE seguirá siendo objeto de debate.
Las redes seguirán amplificando mensajes simplificados. Pero cada vez que alguien decide responder con hechos, se abre una pequeña grieta en el ruido.
Porque al final, más allá de ideologías y trincheras, hay algo que debería unirnos: el derecho a una información veraz y el deber de no construir indignación sobre mentiras.
Y eso, hoy más que nunca, también es una forma de servicio público.