Carles Francino retrata como nadie a Ayuso ante su defensa a Julio Iglesias: “Adicta a la bronca”.
La presidenta de la Comunidad de Madrid ha defendido que “jamás” contribuirá al “desprestigio” de artistas como el ahora acusado por agresiones sexuales.

Fotomontaje del periodista Carles Francino y la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso.
Hay noticias que no solo informan, sino que alteran el pulso del país. Que obligan a detener la conversación cotidiana y a mirar de frente algo incómodo, incluso doloroso.
Las presuntas agresiones sexuales denunciadas contra Julio Iglesias por dos trabajadoras domésticas en 2021 pertenecen a esa categoría.
No es solo el nombre del artista, uno de los símbolos culturales más reconocibles de España en el mundo, lo que sacude.
Es todo lo que se mueve alrededor: poder, silencio, política, idolatría, víctimas y una sociedad que vuelve a preguntarse hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a sus mitos.
Desde primera hora del martes, la investigación publicada por elDiario.es en colaboración con Univisión se convirtió en el eje absoluto del debate mediático.
Televisiones alterando parrillas, tertulias monográficas, redes sociales en ebullición y una cascada de reacciones que, en muchos casos, parecían competir por ver quién decía la frase más rotunda.
En el centro, dos mujeres jóvenes que relatan un ambiente de control, acoso y miedo constante en las mansiones del cantante en el Caribe.
Y alrededor, un país entero discutiendo no solo sobre los hechos denunciados, sino sobre qué significa creer, dudar, defender o atacar.
El relato es demoledor. Tocamientos, insultos, humillaciones y una sensación permanente de terror en espacios cerrados donde la jerarquía era absoluta y la dependencia laboral, total.
Los hechos, según las denunciantes, ocurrieron en 2021, cuando una de ellas tenía apenas 22 años y Julio Iglesias 77.
No se trata de rumores ni de comentarios de pasillo: hay una denuncia formal presentada y una investigación periodística de tres años que respalda la publicación
. Eso no equivale a una condena, pero sí a una obligación colectiva de escuchar con atención.
Sin embargo, el debate se desvió rápidamente hacia el terreno político. Y ahí apareció una de las declaraciones más polémicas de la jornada.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, salió en defensa del cantante con un mensaje en redes sociales que incendió aún más la discusión.
“Las mujeres violadas están en Irán con el silencio cómplice de la ultraizquierda”, escribió, añadiendo que Madrid “jamás” contribuirá al “desprestigio” de un artista como Julio Iglesias.
En pocas líneas, la denuncia por presuntas agresiones sexuales se mezcló con geopolítica, ideología y una narrativa de confrontación que muchos consideraron profundamente desafortunada.
Las reacciones no tardaron en llegar. Una de las más contundentes fue la de Carles Francino.
El periodista de la Cadena SER abordó el tema en su espacio de opinión en ‘La Ventana’ con un tono grave, visiblemente incómodo con la deriva del debate.
Para Francino, lo que estaba ocurriendo no era casual. “Hay gente adicta a la bronca, que la fomenta y la cultiva, y que hace de la bronca su manera de hacer política”, afirmó.
Sin mencionar nombres al principio, dejó claro que se refería a una estrategia perfectamente calculada: decir la barbaridad más grande posible para ocupar el centro del foco mediático.
Cuando ya entró de lleno en las palabras de Ayuso, Francino fue aún más claro. Recordó que se trata de “un asunto muy serio”, fruto de “una investigación periodística de tres años”, y no de algo “cogido con pinzas”.
Subrayó que, si se demostrara que el denunciado es un agresor sexual, habría que replantear muchas cosas, incluidos homenajes y reconocimientos públicos.
Y lanzó una pregunta que resonó con fuerza: “¿Qué pintan aquí las mujeres de Irán y la ultraizquierda?”.
Para el periodista, esa mezcla no es accidental, sino parte de una lógica política basada en el ruido, el insulto y la confrontación permanente.
Francino fue más allá y señaló que este tipo de declaraciones buscan “mantener prietas las filas” contra un enemigo ideológico difuso, aunque el precio sea banalizar una denuncia por agresión sexual.
Una crítica que conectó con el malestar de una parte de la audiencia, cansada de ver cómo cuestiones profundamente humanas se convierten en munición partidista.
El periodista incluso apuntó que Santiago Abascal, líder de Vox, “ha ido más lejos”, al culpar directamente al Gobierno de Pedro Sánchez del estallido de este caso.
“Sería para descojonarse de la risa si no fuera tan serio”, sentenció, advirtiendo del peligro de crear un “clima irrespirable” de bronca constante.
Mientras tanto, la defensa política de Julio Iglesias no se quedó solo en Ayuso. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, siguió una línea similar al asegurar que no tiene “ninguna intención” de retirar condecoraciones públicas al artista.
Sus palabras llegaron después de que Más Madrid solicitara formalmente la retirada de la Medalla de Oro de la Comunidad concedida al cantante en 2012, durante el mandato de Esperanza Aguirre.
Para Almeida, esa petición es “hipócrita” y recordó que tampoco se retiraron honores a Plácido Domingo cuando surgieron acusaciones similares.
“¿Por qué vamos a hacerlo?”, preguntó, reforzando la idea de que los reconocimientos no deben revisarse ante denuncias aún no resueltas judicialmente.
Este argumento, sin embargo, abre un debate incómodo. ¿Son los homenajes públicos eternos e inamovibles, independientemente de lo que se descubra después sobre la persona homenajeada? ¿O forman parte de una valoración social que puede y debe revisarse a la luz de nuevos hechos? No se trata solo de Julio Iglesias, sino del mensaje que se envía a la sociedad cuando se prioriza la trayectoria artística sobre la gravedad de unas acusaciones.
El caso ha puesto de relieve una fractura profunda en la forma en que se afrontan las denuncias de violencia sexual cuando el acusado es una figura poderosa.
Para algunos, cualquier cuestionamiento público es un linchamiento.
Para otros, el verdadero problema es el reflejo automático de defensa que se activa en torno al ídolo, incluso antes de escuchar a las presuntas víctimas.
Entre ambos extremos, queda un espacio cada vez más reducido para un debate sereno y honesto.
La dimensión internacional del escándalo añade otra capa de complejidad. Julio Iglesias no es solo un icono español; es una figura global.
Las informaciones han sido replicadas en medios de todo el mundo, amplificando el impacto y obligando a España a mirarse en un espejo incómodo
. ¿Cómo gestiona un país las acusaciones contra uno de sus símbolos más exportables? ¿Protegiendo la marca o defendiendo principios?
En medio del ruido, hay algo que no debería perderse de vista: el foco deben ser las víctimas. Dos mujeres que han decidido hablar, exponerse y denunciar una experiencia que describen como traumática.
Darles voz no implica condenar sin juicio, pero sí reconocer que su testimonio merece ser escuchado con respeto.
Cada vez que el debate se desplaza hacia la bronca política, ellas quedan un poco más relegadas a un segundo plano.
El periodismo ha jugado aquí un papel central. La investigación de elDiario.es y Univisión no se limita a reproducir relatos; contextualiza, contrasta y presenta una estructura de poder que, de confirmarse, explicaría por qué estas situaciones pudieron producirse durante tanto tiempo sin salir a la luz.
Ese trabajo es, precisamente, el que incomoda. Porque rompe la narrativa cómoda del genio intocable y obliga a replantear certezas.
Lo que está ocurriendo con este caso no es un fenómeno aislado. Forma parte de una conversación global sobre abuso de poder, consentimiento y responsabilidad.
Una conversación que incomoda porque cuestiona privilegios profundamente arraigados. Y por eso genera reacciones tan viscerales.
Defender a un ídolo es, para algunos, defender una parte de su propia identidad cultural.
Pero quizás la pregunta clave sea otra: ¿qué tipo de sociedad queremos ser cuando aparecen denuncias así? Una que se refugia en el ruido y la polarización, o una capaz de escuchar, investigar y actuar con rigor.
La justicia dirá lo que tenga que decir. Mientras tanto, el debate público debería estar a la altura de la gravedad de lo que se denuncia.
Las palabras de Carles Francino resuenan precisamente porque apuntan al fondo del problema: cuando la bronca se convierte en método, todo se trivializa.
Incluso el dolor. Y eso, más allá de ideologías y colores políticos, debería preocuparnos a todos. Porque hoy es Julio Iglesias.
Mañana puede ser otro nombre. Y lo que esté en juego no será solo la reputación de un artista, sino la credibilidad de una sociedad entera.