El discurso de Rufián, sobre Trump: “Se pasea por el mundo como un bully”.

Lo que se escuchó en el hemiciclo no fue un discurso más. Fue un alegato crudo, incómodo y deliberadamente provocador que ha empezado a circular con fuerza en redes sociales porque pone palabras a una sensación cada vez más extendida: la idea de que algo esencial se está rompiendo en la política internacional y también en la española.
No hubo eufemismos, no hubo diplomacia edulcorada. Hubo acusaciones directas, memoria histórica y una denuncia sin filtros del doble rasero con el que, según el orador, se mide la democracia, la soberanía y los derechos humanos según convenga.
Desde la primera frase, el mensaje fue claro: no estamos ante nada nuevo. Estados Unidos, recordó, lleva ocho décadas interviniendo militarmente en decenas de países. Guatemala, Chile, Cuba, Bolivia, Angola, Nigeria, Irak, Yemen, Siria… la lista es tan larga que podría ocupar todo el tiempo de una intervención parlamentaria.
Bombardeos, golpes de Estado, asesinatos selectivos, secuestros, operaciones encubiertas.
Todo forma parte de un patrón histórico documentado por organismos internacionales, archivos desclasificados y medios de comunicación de referencia. No es conspiración: es historia.
El argumento central no es solo que estas intervenciones existan, sino que siempre responden a los mismos intereses. Dinero, recursos naturales, petróleo.
A veces una cosa, a veces las dos. Bajo ese prisma, la retórica de la “defensa de la democracia” queda desnuda.
El capitalismo, se dijo con ironía amarga, funciona tan bien que periódicamente necesita ir a robar el petróleo de un país socialista para seguir funcionando.
Una frase que ha generado indignación en algunos sectores y aplausos en otros, pero que resume una crítica estructural al sistema económico global.
La verdadera alarma, sin embargo, no estaba en el pasado, sino en el presente. La peor noticia no es que esto haya ocurrido antes, sino que ahora ya no hacen falta mentiras elaboradas.
Antes, para invadir Irak, hicieron falta meses de propaganda sobre armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.
Hubo grandes manifestaciones, millones de personas en las calles, un desgaste político real para quienes impulsaron aquella guerra.
Hoy, ese freno social prácticamente ha desaparecido.
Las mentiras duran menos o directamente no son necesarias. La indignación se diluye rápido.
Las manifestaciones masivas contra la guerra ya no existen como fuerza capaz de condicionar la agenda política.
Y eso, según el discurso, no es casualidad: es el síntoma de una época en la que la crueldad y la maldad no solo se toleran, sino que cotizan al alza electoralmente.
En ese contexto, el orador lanzó una pregunta que ha sido especialmente comentada: ¿cuál es el cártel que opera en Groenlandia? La respuesta fue inmediata: no existe.
Como tampoco existe —afirmó— la dignidad política de Corina Machado. La mención no fue gratuita.
Se utilizó para evidenciar la contradicción de un relato que presenta a determinados líderes opositores como paladines democráticos mientras ignora datos incómodos.
Se recordó un hecho clave: cuando Donald Trump afirmó que Corina Machado no podía presidir Venezuela porque generaba rechazo en su propio pueblo, Estados Unidos estaba reconociendo implícitamente que era falso que hubiera ganado las elecciones con un 70% de los votos.
Una confesión que pasó casi desapercibida en muchos medios, pero que desmonta buena parte del discurso que se ha vendido durante años sobre la oposición venezolana.
La pregunta que siguió fue directa y casi insultante en su sinceridad: ¿por qué se siguen arrastrando de esa manera? No era solo una crítica a partidos concretos, sino a una actitud de subordinación política que, según se denunció, no responde a principios democráticos sino a puro vasallaje.
El discurso dio entonces un giro aún más duro. La maldad está de moda. Ser “el chungo”, el matón, el que pisa fuerte, da votos.
Así se ganan elecciones. Y no hace falta irse muy lejos para encontrar ejemplos.
En Madrid, en Cataluña, en otros territorios, empiezan a emerger liderazgos y discursos que normalizan el odio, la deshumanización del adversario y la admiración abierta por figuras autoritarias.
En ese punto llegó una de las frases más explosivas: Donald Trump fue definido como defraudador, pedófilo y violador.
Una descripción que conecta con causas judiciales reales, investigaciones periodísticas contrastadas y sentencias ya dictadas en algunos casos.
Aun así, se pasea por el mundo como un bully de instituto, intimidando, amenazando y humillando, y aun así gana elecciones. Lo más preocupante, se subrayó, es que nunca camina solo.
Todo bully está rodeado de una cuadrilla de lamebotas que lo aplauden como focas. En cada país tienen un nombre distinto.
En España, se dijo sin rodeos, se llaman PP y Vox. En Cataluña, Alianza Catalana.
Y también hay silencios cómplices, gente que calla “por lo que sea”, sin dar nombres pero dejando claro que la pasividad también es una forma de colaboración.
Uno de los momentos más tensos llegó al hablar del secuestro de José Luis Rodríguez Zapatero.
Mientras algunos hacían memes comparándolo con Maduro, el discurso recordó algo esencial: independientemente de la opinión que se tenga sobre Nicolás Maduro, un secuestro es un secuestro.
No es una captura. A salmones se les captura. A expresidentes se les secuestra. El lenguaje importa porque define la gravedad de los hechos.
Mientras unos se burlaban en redes, Zapatero estaba negociando la liberación de compatriotas españoles.
Esa contradicción fue utilizada para evidenciar la frivolidad con la que ciertos sectores tratan el derecho internacional cuando no encaja con su ideología.
El odio hacia Zapatero, se afirmó, tiene raíces claras: ganó en 2004, derrotó a ETA en 2011 y fue clave en la campaña de 2023.
Además, se recordó un episodio revelador de 2007, cuando defendió públicamente a José María Aznar frente a Hugo Chávez, afirmando que aunque no compartiera sus ideas, había sido su presidente y merecía respeto.
Eso, se dijo, es patriotismo. No aplaudir a un genocida ni pedirle que bombardee tu propio país porque no te gusta quién gobierna.
El discurso no dejó fuera al PSOE. También hubo una llamada de atención clara: durante años se ha implementado una legislación a medida para la llamada oposición venezolana, facilitando su huida de la supuesta dictadura.
Muchos han acabado en Madrid gritando que esto también es una dictadura y lanzando insultos contra el presidente del Gobierno. Una paradoja que invita a la reflexión sobre las consecuencias de ciertas políticas.
La acusación de hipocresía alcanzó su punto máximo al hablar de narcotráfico, derechos humanos y democracia.
Si realmente interesara combatir la droga, se dijo, mirarían a Ecuador, de donde sale el 70% de la cocaína que se consume en el mundo.
Pero de Ecuador no se habla. Si importaran los derechos humanos, se denunciaría a Netanyahu por más de 700 días de asesinatos en Gaza.
Pero tampoco se habla. Si preocupara la democracia, se señalarían las dictaduras de Oriente Medio que cuelgan homosexuales en plazas públicas, mientras se celebra la Supercopa en Arabia Saudí sin pestañear.
La conclusión fue demoledora: patalear contra la invasión de Ucrania y callar ante la vulneración de la soberanía venezolana no es coherencia, es hipocresía.
Y todavía más claro: desear lo peor a un genocida no implica querer bombardearlo o secuestrarlo. Esa es la diferencia entre un demócrata y un salvaje.
El aviso final fue quizá el más inquietante. Con Trump no va de democracia, va de vasallaje. Y nunca se es lo suficientemente vasallo para alguien así.
Trump intentó un golpe de Estado en su propio país, y lo reconoció. La pregunta no es si lo volverá a intentar, sino dónde no lo intentará.
Pensar que ayudará a otros a llegar al poder es una ilusión peligrosa.
El discurso terminó con una pregunta que sigue resonando: si dicen que no permitirán que Delcy Rodríguez presida Venezuela, ¿qué van a hacer exactamente? Porque las palabras, cuando se trata de soberanía y democracia, ya no bastan.
Este alegato ha conectado con miles de personas porque no busca gustar, sino sacudir. Porque no pide consenso, sino reflexión.
Y porque pone sobre la mesa una verdad incómoda: el mundo se está acostumbrando a la barbarie, y ese acostumbramiento tiene consecuencias.
La pregunta ahora no es quién tiene razón, sino cuántos están dispuestos a mirar de frente lo que está pasando y dejar de aplaudir como focas.