Rufián le pregunta a Álvarez de Toledo por qué “odian tanto” a Zapatero: la respuesta la da él mismo y es para verla en bucle.
“¿Y saben ustedes, sobre todo usted, señora Álvarez de Toledo, por qué le tienen manía a Zapatero?…”

En el Congreso de los Diputados hay días que pasan sin dejar huella y otros que se convierten en un espejo incómodo de la política española.
La intervención de Gabriel Rufián esta semana pertenece claramente al segundo grupo. No fue solo una réplica parlamentaria ni un cruce de reproches más entre bancadas enfrentadas.
Fue una respuesta directa, cargada de contexto, memoria y mensaje político, a unas palabras que habían cruzado una línea delicada: las acusaciones de Cayetana Álvarez de Toledo contra el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero.
El ambiente ya venía enrarecido. Las tensiones por la situación en Venezuela, la reciente detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos y el ruido mediático en torno al papel histórico de Zapatero como mediador habían elevado el tono del debate público.
En ese clima, Álvarez de Toledo había calificado al expresidente socialista como “traficador de presos” y “blanqueador de la dictadura venezolana”.
Palabras duras, gruesas, pronunciadas con la contundencia que caracteriza a la diputada del Partido Popular y que no tardaron en provocar reacciones dentro y fuera del hemiciclo.
Fue entonces cuando Gabriel Rufián pidió la palabra. Y lo hizo sin rodeos, con una pregunta que parecía sencilla, pero que escondía una carga política profunda: “¿Y saben ustedes, sobre todo usted, señora Álvarez de Toledo, por qué le tienen manía a Zapatero?”. El silencio previo ya anunciaba que lo que venía no iba a ser una intervención neutra ni conciliadora.
Rufián no esperó respuesta. Se contestó a sí mismo, marcando el ritmo del discurso y guiando al oyente por una lectura muy concreta de la historia reciente de España.
Dijo que le tienen manía porque Zapatero ganó las elecciones de 2004, porque bajo su mandato ETA anunció el fin de la violencia en 2011 y porque, según su interpretación, fue clave para reactivar a la izquierda en la campaña electoral de 2023.
Tres hitos que, más allá de la valoración política que merezcan, siguen siendo heridas abiertas para una parte de la derecha española.
La intervención, sin embargo, no se quedó en el terreno del ajuste de cuentas histórico. Rufián introdujo un elemento que conectó directamente con el debate sobre valores democráticos y patriotismo.
Recordó una frase pronunciada por Zapatero en 2007, cuando defendió al entonces expresidente José María Aznar frente a Hugo Chávez.
“Yo no opino como Aznar, pero ha sido mi presidente y merece un respeto”, dijo entonces Zapatero.
Rufián recuperó esas palabras para subrayar una idea que resonó con fuerza: respetar al adversario político también es una forma de patriotismo.
Ahí el discurso dio un giro que explica en buena medida por qué se volvió viral.
Rufián contrapuso ese respeto institucional con lo que, a su juicio, ocurre ahora: aplausos a líderes extranjeros polémicos, guiños a intervenciones militares y peticiones implícitas de castigo externo cuando no gusta quién gobierna en tu propio país.
Sin nombrar directamente, aludió a figuras internacionales y a actitudes que, según él, erosionan la dignidad política y el debate democrático.
Las redes sociales hicieron el resto. En cuestión de horas, los vídeos del momento circularon por X, Instagram y TikTok, acumulando miles de reproducciones, comentarios y reacciones.
Para unos, Rufián había puesto palabras a una incomodidad compartida: el uso de acusaciones graves sin respaldo judicial firme.
Para otros, se trataba de una defensa interesada de una figura controvertida. Pero incluso sus detractores coincidían en algo: el discurso no pasó desapercibido.
El contexto judicial añadió aún más gasolina al fuego. Apenas unas horas después de que las palabras de Rufián se viralizaran, la Fiscalía Antidroga solicitó a la Audiencia Nacional que no admitiera a trámite la querella presentada por la organización Hazte Oír contra Zapatero por presunto narcotráfico.
El motivo fue claro y contundente: no existen indicios delictivos ni hechos concretos que sustenten esas acusaciones.
Según el escrito de la Fiscalía, la querella se apoyaba en conjeturas, suposiciones y deducciones sin base probatoria.
La reacción del Gobierno no se hizo esperar. La vicepresidenta primera y ministra de Hacienda, María Jesús Montero, celebró públicamente la decisión de la Fiscalía y expresó su deseo de que quienes habían alimentado esas acusaciones pidieran perdón.
Sus palabras no fueron solo una defensa personal de Zapatero, sino también una crítica al clima de sospecha permanente que, según el Ejecutivo, se está normalizando en el debate político.
Todo esto convirtió la intervención de Rufián en algo más que una anécdota parlamentaria.
Se transformó en una pieza clave de un relato mayor: el de cómo se construyen enemigos políticos, cómo se reinterpretan trayectorias históricas y cómo se utilizan conflictos internacionales para desgastar al adversario interno.
Zapatero, guste o no, sigue siendo una figura central en ese relato. Para algunos, es el presidente que impulsó avances sociales y apostó por el diálogo en momentos críticos.
Para otros, un político ingenuo o directamente cómplice de regímenes autoritarios.
Lo que dejó claro el episodio es que su nombre sigue teniendo la capacidad de encender debates intensos y polarizados.
Rufián supo leer ese escenario y utilizó su intervención para lanzar un mensaje que iba más allá de la defensa personal de Zapatero.
Habló de memoria, de coherencia y de límites. De la diferencia entre la crítica política legítima y la descalificación que roza lo judicial sin pruebas.
De la necesidad de recordar que las instituciones, incluida la Fiscalía, existen precisamente para separar la opinión del delito.
En un momento en el que la política española parece atrapada en una escalada de acusaciones cada vez más graves, el episodio invita a una reflexión incómoda pero necesaria.
¿Todo vale en el debate político? ¿Hasta qué punto se puede acusar sin pruebas? ¿Qué efecto tiene eso en la confianza ciudadana y en la calidad democrática?
La viralidad del discurso de Rufián no se explica solo por su tono o por su enfrentamiento con Álvarez de Toledo.
Se explica porque tocó una fibra sensible: el cansancio de una parte de la sociedad ante el ruido constante, las acusaciones grandilocuentes y la sensación de que el debate político se ha alejado de los hechos para instalarse en el terreno de la sospecha permanente.
No es casualidad que muchos de los comentarios en redes no se centraran únicamente en Zapatero, sino en el concepto de respeto institucional.
En la idea de que discrepar no debería implicar deshumanizar ni criminalizar al otro sin respaldo judicial.
En recordar que la democracia se debilita cuando se normaliza el insulto grave como herramienta política.
Al final, lo ocurrido en el Congreso es un reflejo fiel del momento que vive España.
Un país polarizado, con heridas abiertas del pasado reciente y con una política cada vez más expuesta al juicio inmediato de las redes sociales.
En ese escenario, cada palabra cuenta. Y algunas, como las de Gabriel Rufián esta semana, consiguen trascender el hemiciclo para convertirse en un síntoma de algo más profundo.
No resolvió el debate, no cerró heridas ni convenció a todos. Pero puso sobre la mesa una pregunta que sigue resonando: qué tipo de política queremos y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para ganar una batalla dialéctica. A veces, esa pregunta vale más que cualquier titular.