Nacho Duato no pasó por alto las palabras de Ayuso sobre Julio Iglesias… y fue directo al punto. Sin alzar la voz, le recordó decisiones pasadas que muchos prefieren olvidar y cerró su respuesta con una frase contundente que ha resonado con fuerza. No fue un ataque gratuito, sino una advertencia cargada de memoria y coherencia. Porque, a veces, basta con recordar los hechos para que el discurso se desmorone solo.

Nacho Duato sale al paso de lo que dijo Ayuso sobre Julio Iglesias, le recuerda lo que ya ha hecho y remata con una frase demoledora.

 

 

 

“Ya lo sabemos…”, advierte el reconocido coreógrafo.

 

 

 

El coreógrafo Nacho Duato y la presidencia de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.

 

 

La semana arranca con una sensación de déjà vu incómodo: una denuncia, un nombre enorme, una reacción política que prende la mecha y una respuesta airada desde el mundo de la cultura.

 

El caso de Julio Iglesias ha dejado de ser solo una investigación periodística para convertirse en un espejo donde se reflejan muchas de las tensiones que atraviesan hoy a la sociedad española: poder, fama, feminismo, presunción de inocencia, uso político del escándalo y el papel de los medios cuando la noticia quema.

 

Todo empezó cuando elDiario.es publicó un reportaje en el que dos antiguas trabajadoras del entorno del cantante denunciaban presuntas agresiones sexuales ocurridas en propiedades vinculadas a Julio Iglesias en Punta Cana y Bahamas.

 

El impacto fue inmediato. La Fiscalía de la Audiencia Nacional abrió diligencias para analizar los hechos, una decisión que, por sí sola, no implica culpabilidad, pero que activó un debate feroz en platós, redes sociales y columnas de opinión.

 

 

En ese contexto, la reacción de Isabel Díaz Ayuso no pasó desapercibida. La presidenta de la Comunidad de Madrid decidió intervenir en el debate con un mensaje en su perfil oficial de X que no solo defendía al artista, sino que desplazaba el foco de manera radical.

 

“Las mujeres violadas y atacadas están en Irán, con el silencio cómplice de la ultraizquierda”, escribió.

 

Y remató con una frase que sonó a cierre de filas identitario: “La Comunidad de Madrid jamás contribuirá al desprestigio de los artistas y menos, al cantante más universal de todos: Julio Iglesias”.

 

La publicación se viralizó en minutos. Para algunos, era una defensa legítima de la presunción de inocencia y del legado cultural de un icono mundial.

 

Para otros, una minimización inaceptable de denuncias por agresión sexual y una utilización política del sufrimiento ajeno. El mensaje, lejos de apagar el incendio, lo avivó.

 

 

 

 

Quien no tardó en responder fue Nacho Duato. El coreógrafo y exdirector de la Compañía Nacional de Danza llevaba tiempo manteniendo un pulso público con Ayuso, y esta vez no iba a ser diferente.

 

Tras recuperar su cuenta de Instagram, cerrada durante un tiempo, Duato reapareció con un mensaje directo, áspero y sin filtros.

 

No se limitó a discrepar: atacó de frente el marco moral desde el que la presidenta madrileña había hablado.

 

 

“La señora Ayuso dice que no va a contribuir a desprestigiar a uno de los artistas más universales de nuestro país…

 

Ya lo sabemos”, comenzó, con una ironía que dejaba claro el tono. A partir de ahí, su réplica se convirtió en una enumeración demoledora de lo que, a su juicio, son silencios selectivos y complicidades políticas.

 

Mencionó al presidente valenciano Carlos Mazón, al marido de Ayuso, a la gestión sanitaria en Andalucía y hasta el conflicto en Gaza. “Cada vez suelta más basura y ya le sale por las orejas… Es vergonzoso”, remató.

 

 

Más allá de las formas, el mensaje de Duato conectó con una parte de la opinión pública cansada de que las denuncias por violencia sexual se conviertan en trincheras ideológicas.

 

Su intervención no defendía ni atacaba directamente a Julio Iglesias; cuestionaba algo más amplio: quién decide qué víctimas merecen credibilidad y cuáles se relativizan según convenga.

 

 

Mientras tanto, el silencio del cantante se rompía. Julio Iglesias publicó un comunicado en sus redes sociales en el que, “con profundo pesar”, respondía a las acusaciones.

 

Negó de manera tajante haber “abusado, coaccionado o faltado el respeto” a ninguna mujer.

 

Calificó las denuncias como “absolutamente falsas” y confesó que nunca había sentido “tanta maldad”.

 

Aun así, aseguró que le quedan fuerzas para que “la gente conozca toda la verdad” y que defenderá su dignidad frente a lo que considera un agravio gravísimo. Cerró agradeciendo los mensajes de apoyo recibidos de personas cercanas y admiradores.

 

 

El comunicado fue analizado palabra por palabra. Para algunos, sonó a defensa sincera y dolida. Para otros, a un texto clásico de manual de crisis.

 

Pero, de nuevo, el debate no giró tanto en torno al contenido como a lo que cada bando necesitaba escuchar.

 

La figura de Julio Iglesias, con más de cinco décadas de carrera, millones de discos vendidos y una vida privada siempre expuesta, es demasiado grande para generar indiferencia.

 

Este es el punto clave del caso: la magnitud del personaje lo convierte en un símbolo.

 

No se habla solo de un cantante, sino de una forma de entender la masculinidad, el éxito y las relaciones de poder en otra época.

 

Para algunos, defenderlo es defender una memoria cultural compartida. Para otros, cuestionarlo es un paso necesario para revisar privilegios históricos.

 

La intervención de Ayuso añadió una capa más de complejidad. Al trasladar el foco a Irán y a la “ultraizquierda”, introdujo un argumento que muchas asociaciones feministas y analistas consideran una falacia peligrosa: la idea de que denunciar abusos en Occidente resta importancia a violencias más extremas en otros países. Como si la gravedad fuera un juego de suma cero. Como si solo se pudiera hablar del horror cuando alcanza niveles máximos.

 

 

Nacho Duato, con su respuesta, puso el dedo en esa llaga. No habló de tribunales ni de pruebas, sino de coherencia moral.

 

De la facilidad con la que se protege a determinadas figuras mientras se exige ejemplaridad absoluta a otras. De cómo el poder cultural y político se entrelazan para definir el relato dominante.

 

 

En paralelo, los medios han jugado un papel decisivo. El reportaje original de elDiario.es se apoyaba en testimonios, documentación y un trabajo de investigación prolongado.

 

A partir de ahí, la cobertura se multiplicó, a veces con rigor, otras con titulares diseñados para provocar indignación inmediata. El riesgo del juicio paralelo volvió a estar sobre la mesa.

 

 

La Fiscalía investiga, y ese es un dato esencial que conviene repetir. Investigar no es condenar.

 

Pero en el ecosistema actual, la diferencia se diluye con facilidad. Las redes sociales no esperan a sentencias.

 

Los algoritmos premian la emoción, no la prudencia. Y así, la reputación de una persona puede quedar dañada de forma irreversible incluso si el proceso judicial no llega a nada.

 

Aquí es donde el caso trasciende a Julio Iglesias. Lo que está en juego es cómo gestionamos colectivamente acusaciones tan graves cuando afectan a figuras públicas.

 

Cómo equilibramos el derecho de las denunciantes a ser escuchadas con el derecho del denunciado a un juicio justo. Cómo evitamos que el debate se convierta en una guerra de consignas donde la verdad es la primera víctima.

 

 

 

La reacción de Duato fue celebrada por muchos precisamente porque rompía con esa lógica binaria.

 

No defendía ciegamente a nadie, pero tampoco aceptaba que se despacharan las denuncias con un tuit incendiario. Su mensaje, incómodo para algunos, obligaba a mirar más allá del nombre propio y a preguntarse qué tipo de sociedad queremos ser.

 

 

Julio Iglesias, por su parte, sigue siendo un icono global. Su música ha acompañado a generaciones enteras.

 

Pero la admiración artística no puede ser un salvoconducto moral, ni tampoco una condena automática.

 

Separar obra y autor, en casos así, es un ejercicio complejo que exige madurez colectiva.

 

Este episodio deja una sensación amarga. No solo por la gravedad de las acusaciones, sino por la forma en que el debate se ha contaminado de ruido, de insultos y de intereses cruzados.

 

Cuando una presidenta autonómica, un coreógrafo de prestigio y uno de los cantantes más famosos del mundo se cruzan en un mismo relato, lo que emerge no es solo una polémica: es una radiografía de nuestro tiempo.

 

 

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea si Julio Iglesias es culpable o inocente —eso le corresponde a la justicia—, sino qué hacemos nosotros mientras tanto.

 

Si nos limitamos a aplaudir a quien confirma nuestras ideas previas o si somos capaces de sostener la incomodidad, de escuchar sin condenar ni absolver de antemano.

 

Porque en ese espacio incómodo, lejos de los eslóganes y los linchamientos, es donde se construye algo parecido a la verdad.

 

Y también donde se pone a prueba nuestra capacidad de ser una sociedad adulta, capaz de debatir sin destruir, de exigir responsabilidades sin perder humanidad y de entender que la justicia no cabe en un tuit, por muy viral que sea.

 

 

 

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