Ismael Serrano habla dos años después de esta comentada metedura de pata de Feijóo en el Congreso.
El cantautor ha hablado con sinceridad.

Fotomontaje de Ismael Serrano y Alberto Núñez Feijóo en el Congreso de los Diputados.
Hay frases que sobreviven al tiempo mejor que los discursos. Versos que se cuelan en la memoria colectiva y acaban siendo utilizados —a veces mal, a veces interesadamente— por quienes jamás los escribieron.
Dos años después de una de las escenas más comentadas del Congreso de los Diputados, Ismael Serrano ha vuelto a poner el foco en ese instante incómodo que mezcló política, literatura y un error que todavía hoy sigue circulando como ejemplo de ligereza institucional.
Y lo ha hecho desde un lugar muy distinto al del ruido: la reflexión serena, la memoria larga y una preocupación profunda por el mundo que estamos construyendo.
La escena ocurrió el 15 de noviembre de 2023, en plena sesión parlamentaria. Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular y jefe de la oposición, decidió adornar su intervención con una cita que atribuyó al poeta Antonio Machado.
Pronunció con solemnidad una frase que muchos reconocieron de inmediato, pero no por Machado, sino por una canción.
“Hoy es siempre todavía, todavía la vida es ahora”, dijo, para después añadir una coletilla que terminó de delatar el error: “Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos”.
Ese añadido no era de Machado. Era de Ismael Serrano.
En aquel momento, el cantautor reaccionó con ironía y elegancia en redes sociales, aclarando el origen real de la frase y explicando que pertenecía a la presentación de su canción Ahora, incluida en un concierto en directo grabado en Principio de Incertidumbre.
El mensaje fue compartido miles de veces, convertido en meme, en chascarrillo parlamentario y en ejemplo de una metedura de pata que iba mucho más allá de un simple lapsus cultural.
Dos años después, Serrano ha vuelto sobre aquel episodio en una entrevista concedida a El País. Y lo ha hecho sin rencor, pero tampoco sin ingenuidad.
“Estoy seguro de que cuando Feijóo atribuyó a Machado una cita mía, fue porque se lo propuso alguien de su equipo a quien le gustan mis canciones”, comentó.
Una frase que, bajo su aparente ligereza, encierra una crítica sutil pero clara: el problema no es amar la cultura, sino usarla sin rigor.
Porque aquel error no fue solo una confusión de autoría. Fue un símbolo. Un ejemplo de cómo la política, en su búsqueda constante de frases efectistas, puede caer en la superficialidad.
Serrano lo dejó claro con otra frase demoledora: “No le ha hecho ningún favor a don Antonio”. Ni a Machado. Ni, probablemente, a sí mismo.
La anécdota, sin embargo, es solo la puerta de entrada a una reflexión mucho más amplia. En la entrevista, Ismael Serrano habla sin rodeos del momento histórico que atravesamos.
Lo define con dos palabras que pesan como una losa: “panorama desolador”. Y no se refiere únicamente a España. Su mirada es global.
Estados Unidos, asegura, parece sumido en una distopía. Le preocupa la normalización de la crueldad, la forma en que las redes sociales ridiculizan a las personas buenas, a quienes aún creen en la empatía y el cuidado colectivo.
Le inquieta que términos como “buenista” se utilicen como insulto, especialmente en boca de líderes políticos como Javier Milei, que han hecho de la provocación y el desprecio una bandera.
En ese contexto, Serrano no adopta una posición de superioridad moral. No sermonea. Intenta comprender. Sobre todo a los más jóvenes.
Reconoce que la realidad política es volátil, confusa, frustrante. Que muchos sienten que nadie les escucha, que no cuentan, que el sistema no les ofrece futuro. Y que, ante eso, es comprensible que quieran “dar una patada al tablero”.
El problema, advierte, es cuando esa rabia se traduce en simplificaciones peligrosas.
Cuando se pasa de la crítica legítima a soluciones fáciles que ignoran las consecuencias.
“Están hartos de no ser tenidos en cuenta y eso, a veces, les lleva a decir que hay que quitar las pensiones o los impuestos”, señala. No como acusación, sino como síntoma de un malestar profundo.
Serrano insiste en una idea clave: el pesimismo desmoviliza. Cuando se instala la sensación de que nada sirve, de que todo está perdido, el terreno queda abonado para discursos autoritarios, para líderes que prometen soluciones rápidas a problemas complejos. Y ahí, la cultura, la memoria y las palabras cobran un papel esencial.
No es casual que vuelva a Machado. Ni que reivindique el valor completo de las citas, no solo las partes que convienen.
En aquel discurso parlamentario de 2023, Feijóo omitió una frase crucial del verso original: “Y ahora, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos”. Precisamente la parte que interpela, que obliga a pasar de las palabras a los hechos.
Ese olvido, voluntario o no, funciona hoy como metáfora perfecta de una política que se queda en la superficie. Que cita, pero no asume. Que recita, pero no cumple.
Ismael Serrano pertenece a una generación de artistas que siempre entendió la canción como herramienta de conciencia.
No desde el dogma, sino desde la emoción. Desde la capacidad de contar historias que conectan lo personal con lo colectivo.
Por eso su voz sigue teniendo peso cuando habla de política, aunque él mismo sea consciente de que posicionarse tiene un coste.
En la entrevista reconoce lo que supone mojarse, opinar, no esconderse. En un tiempo donde la neutralidad se confunde con sensatez, él defiende que callar también es una forma de tomar partido.
Y que el arte no puede renunciar a su función crítica sin perder una parte esencial de sí mismo.
El episodio de la cita mal atribuida podría haberse quedado en una anécdota simpática. Pero Serrano lo convierte en un espejo incómodo.
Uno que refleja la relación superficial que muchos líderes mantienen con la cultura, la facilidad con la que se utilizan símbolos sin comprender su profundidad, y el riesgo de vaciar de sentido palabras que nacieron para interpelar, no para decorar discursos.
Dos años después, aquella frase sigue circulando. Pero ahora lo hace acompañada de contexto. De memoria.
De una reflexión que va más allá del error puntual y apunta a algo mucho más preocupante: la banalización del pensamiento.
Frente a eso, Serrano propone algo sencillo y revolucionario a la vez: detenerse. Escuchar. Completar las frases.
Leer más allá del titular. Entender que las promesas no se cumplen citando versos, sino tomando decisiones valientes, aunque no sean populares.
Su mensaje final no es optimista en el sentido ingenuo de la palabra. Es un optimismo crítico, consciente de los peligros, pero también de las posibilidades.
Un recordatorio de que, aunque el panorama sea desolador, la historia no está escrita del todo. Que todavía hay margen para la decencia, la empatía y la coherencia.
Quizá por eso, cuando habla de los jóvenes, no los juzga. Los invita a pensar. A no conformarse con romper el tablero sin imaginar qué vendrá después.
A exigir, sí, pero también a construir. Porque, como decía aquella cita completa, ahora es el momento de cumplir las promesas que nos hicimos. No solo en canciones. También en la vida pública.