Terremoto interno en Mediaset. La decisión de Telecinco sobre Joaquín Prat no es un simple ajuste de programación, sino un movimiento que ha sacudido equilibrios, despertado tensiones ocultas y abierto una grieta difícil de cerrar. Dentro de la cadena ya se habla de consecuencias inesperadas; fuera, el desconcierto crece. Porque cuando una figura clave cambia de lugar, nada vuelve a ser igual… y alguien siempre paga el precio.

TELECINCO FULMINA A JOAQUÍN PRAT. LA DECISIÓN INTERNA QUE LO CAMBIA TODO.

 

 

 

 

 

Hay mañanas de domingo en las que la televisión parece tranquila, previsible, casi adormecida.

 

Y luego están esas otras en las que, mientras medio país sigue bajo el edredón, alguien descuelga el teléfono, habla con la fuente adecuada y descubre que, detrás de las cámaras, se ha producido un terremoto silencioso.

 

Uno de esos que no se anuncian con trompetas, pero que dejan heridos, enfados y decisiones irreversibles.

 

Eso es exactamente lo que ha ocurrido en Telecinco con Joaquín Prat y su programa. Y no, no es un rumor más. Es el síntoma de algo mucho más profundo.

 

 

Porque cuando una cadena “fulmina” un programa no siempre lo hace por audiencia. A veces lo hace por desgaste interno. Por tensiones acumuladas.

 

Por guerras de poder que no se ven en pantalla pero que se respiran en los pasillos.

 

Y lo que está pasando ahora mismo en Mediaset es, según coinciden varias fuentes del sector televisivo y datos ya publicados en medios especializados, el resultado de meses —incluso años— de decisiones erráticas, favoritismos evidentes y una parrilla que no termina de encontrar su rumbo.

 

 

Joaquín Prat no llegó a las tardes de Telecinco como un improvisado. Venía de años siendo una de las caras más reconocibles de la cadena, con experiencia, con oficio y con una credibilidad que no se construye de la noche a la mañana.

 

Sin embargo, el movimiento que lo llevó a presentar El tiempo justo (o El precio justo, como muchos lo llaman ya con cierta ironía) nació marcado por una sensación incómoda: parecía más una solución de emergencia que un proyecto sólido.

 

Todo empieza cuando Telecinco decide mover a Ana Rosa Quintana a las tardes con TardeAR, convencida de que su figura bastaría para frenar el avance de la competencia.

 

La apuesta era arriesgada y, a la vista de los datos oficiales de audiencia, no salió como se esperaba.

 

El programa nunca logró asentarse ni conectar de forma clara con un público que, por la tarde, consume televisión de una manera muy distinta a la de la mañana. No es una opinión: es una realidad que los analistas llevan años señalando.

 

 

El desgaste fue rápido. Demasiado rápido para una presentadora acostumbrada a ganar. Y cuando Ana Rosa decide volver a las mañanas, Telecinco se encuentra con un hueco complicado y una parrilla desordenada.

 

Ahí aparece Joaquín Prat. No como una apuesta estratégica a largo plazo, sino como una pieza que se mueve para ganar tiempo. Literalmente.

 

 

Fuentes cercanas a la cadena ya habían deslizado en publicaciones del sector que Prat no estaba cómodo. Que el formato no le convencía.

 

Que el horario era un campo minado. Y que el ambiente en el equipo era cada vez más tenso. Nada de esto es extraño en televisión, pero cuando se cronifica, suele acabar mal.

 

Los datos de audiencia no ayudaron. El tiempo justo se movía en torno a un 8% largo, cifras que, aunque no son un desastre absoluto, resultan insuficientes para una cadena generalista que pelea cada décima como si fuera oro.

 

Mientras tanto, la competencia lograba dos puntos más. Dos puntos que, en la guerra de las tardes, lo son todo.

 

Pero reducir la situación a un simple problema de share sería quedarse en la superficie. El verdadero conflicto estaba dentro.

 

El mal ambiente entre Joaquín Prat y parte del equipo, incluidas discusiones internas que han sido comentadas en más de una crónica mediática, terminó de dinamitar cualquier posibilidad de remontada.

 

Cuando un presentador no cree en el proyecto y la cadena tampoco termina de defenderlo, el final suele estar escrito.

 

La decisión de Mediaset de prescindir del programa y, con él, romper definitivamente con Unicorn Content en esa franja, no es casual.

 

Desde hace tiempo, la propia cadena ha empezado a asumir que la productora de Ana Rosa Quintana domina un único tipo de formato, muy reconocible, muy ligado a su presentadora estrella, pero difícilmente exportable a otros rostros y a otros horarios.

 

Los programas de Unicorn, como han señalado críticos televisivos en medios generalistas, siguen todos un patrón muy similar. Y cuando ese patrón deja de funcionar, no hay margen para reinventarse.

 

En este contexto, Joaquín Prat aparece casi como una víctima colateral. Un profesional al que se le encarga levantar un proyecto prácticamente condenado desde el inicio.

 

Un “regalo envenenado”, como lo han definido algunas voces del sector. Y lo más grave: la sensación de que, pase lo que pase, siempre hay una figura protegida y otras sacrificables.

 

La percepción de favoritismo hacia Ana Rosa Quintana no es nueva. Lleva años sobre la mesa.

 

Y aunque nadie cuestiona su peso histórico en la cadena, cada vez son más los que se preguntan si Telecinco puede permitirse seguir girando en torno a una sola figura mientras pierde conexión con una audiencia que ha cambiado radicalmente.

 

 

Mientras tanto, el futuro de Joaquín Prat queda en el aire. No es ningún secreto que su nombre ha sonado en otras cadenas en distintas etapas.

 

Tampoco es descabellado pensar que, tras este episodio, escuche ofertas con otros oídos. El malestar es real. El cabreo, evidente.

 

Y cuando un presentador con su trayectoria siente que no se le ha tratado con justicia, la fidelidad a una cadena se resiente.

 

Lo que ocurre en Telecinco no es un caso aislado. Forma parte de una crisis más amplia que afecta a la televisión tradicional.

 

Cambios constantes de programación, apuestas desesperadas, formatos que nacen y mueren en cuestión de meses y una sensación generalizada de improvisación.

 

El público lo percibe. Y cuando el espectador pierde la confianza, recuperarla es extremadamente difícil.

 

 

Este “adiós” al programa de Joaquín Prat no solo habla de él. Habla de una cadena que busca desesperadamente una identidad para sus tardes.

 

Habla de un modelo agotado. Y habla de la necesidad urgente de entender que la audiencia de hoy no se conquista con los mismos ingredientes de hace diez años.

 

Ahora la pregunta no es solo qué pasará con Joaquín Prat. La pregunta es qué hará Telecinco después.

 

Qué formato sustituirá a otro fracaso. Qué productor ocupará ese espacio. Y, sobre todo, si alguien en la cúpula está dispuesto a asumir que el problema no es una persona ni un programa concreto, sino una forma de hacer televisión que ya no conecta.

 

 

El terremoto ya ha ocurrido. Lo demás serán réplicas. Y como suele pasar en estos casos, las consecuencias no se notan de inmediato, pero acaban llegando.

 

Para unos será el final de una etapa. Para otros, quizá, el principio de algo nuevo. Lo que está claro es que nada de esto es casual.

 

Y que, en la televisión actual, cuando el silencio se rompe, es porque el ruido por dentro ya era ensordecedor.

 

 

 

 

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