La emotiva sorpresa de ‘Malas Lenguas’ a Cintora por su cumpleaños: recibe el mensaje de alguien “muy especial”.
El presentador celebraba su 49 cumpleaños en uno de los momentos más dulces de su trayectoria.

Jesús Cintora en ‘Malas Lenguas’.
Hay cumpleaños que pasan casi de puntillas, con una tarta discreta, un par de mensajes en el móvil y poco más.
Y luego están esos otros que, sin previo aviso, se convierten en un espejo de toda una vida, de una trayectoria y de un momento vital que lo cambia todo.
El de Jesús Cintora fue de estos últimos. Nadie lo había anunciado. No hubo grandes fuegos artificiales ni autopromoción.
Pero bastaron unos minutos en directo, una cesta de fruta aparentemente sencilla y una voz conocida al otro lado de la pantalla para que la escena se transformara en algo mucho más profundo, casi íntimo, que terminó tocando a miles de espectadores sin que muchos supieran explicar exactamente por qué.
Era un martes cualquiera en la parrilla de Televisión Española. La tarde avanzaba con normalidad en Malas Lenguas, el espacio que Cintora conduce con pulso firme, ironía medida y una forma de mirar la actualidad que incomoda a unos y engancha a otros.
De repente, el ritmo se rompió. María Molero tomó la palabra con una sonrisa que ya dejaba entrever que algo se estaba gestando. “Jesús, un dato más, y este no te lo esperas”, soltó, abandonando el pantallón y acercándose al presentador con una cesta entre las manos.
No era un gráfico, ni una exclusiva, ni un titular político. Era fruta fresca. Un detalle casi doméstico, cotidiano, que descolocó al propio Cintora y provocó la primera risa sincera del momento.
“¡Es fruta fresca!”, exclamó él, abrazando la cesta como quien recibe algo más simbólico que material.
Molero lo explicó con naturalidad, sin grandilocuencia: un pequeño gesto, porque a él le gusta, porque era su día, porque había que celebrarlo.
Y ahí ya se intuía que aquello no iba solo de cumplir 49 años en directo, sino de poner en pausa, aunque fuera un instante, la dureza del debate político para recordar que detrás del comunicador hay una persona, con afectos, con historia y con raíces.
La verdadera sorpresa, sin embargo, todavía estaba por llegar. Molero volvió a tomar la palabra y habló de “una persona muy especial” que había querido dejarle un mensaje.
En ese momento, la realización empezó a mostrar imágenes de un Jesús niño, fotografías de otra época, de otra vida, cuando la televisión todavía no formaba parte de su día a día y el futuro era apenas una intuición.
Y entonces sonó la voz de su madre. Clara, serena, sin artificios. Una felicitación sencilla, cargada de orgullo y de cariño. “Estoy muy orgullosa de ti, eres muy grande como hijo y como persona”.
No hubo necesidad de añadir nada más. Cintora, visiblemente emocionado, solo acertó a decir “es mi madre”.
La frase, tan breve, lo decía todo. No estaba en el guion. No lo esperaba. No sabía nada. Y quizá por eso funcionó. Porque fue real
. Porque rompió la coraza habitual del presentador acostumbrado a la confrontación dialéctica y lo dejó, durante unos segundos, simplemente como hijo. El aplauso del plató fue espontáneo. El de los espectadores, invisible pero igual de presente, también.
Ese momento, que podría haberse quedado en una anécdota televisiva, llegó en realidad en un punto clave de la carrera de Jesús Cintora.
No fue casualidad. Ni en lo personal ni en lo profesional. El periodista atraviesa uno de sus mejores momentos en Televisión Española, consolidado al frente de Malas Lenguas, un programa que nació con expectativas moderadas y que, poco a poco, ha ido ganando peso, relevancia y seguimiento hasta convertirse en una de las apuestas más sólidas de la cadena pública en la franja de tarde.
El formato, centrado en el análisis de la actualidad política y social, ha logrado algo que parecía complicado: atraer a una audiencia amplia sin renunciar al debate crítico.
Primero en La 2, en la franja de sobremesa, y después dando el salto a La 1, Malas Lenguas ha ido construyendo una comunidad de espectadores fieles, interesados no solo en lo que se dice, sino en cómo se dice.
En un ecosistema mediático marcado por el ruido y la polarización, el espacio ha encontrado su hueco apostando por el contraste de ideas, la contextualización y una realización ágil que no subestima al espectador.
Los datos han acompañado. Enero de 2026 marcó uno de los mejores registros históricos del programa en La 2, con una cuota que rozó cifras inéditas para la cadena en ese horario y un volumen de espectadores únicos que confirmó que el interés iba más allá del dato puntual.
En La 1, el impacto fue todavía mayor, superando barreras que durante años parecían reservadas a formatos de entretenimiento más ligeros.
Para un programa de debate político, esos resultados no solo hablan de éxito, sino de una demanda social concreta: la de espacios donde se pueda pensar en voz alta sin caer en el espectáculo vacío.
Este crecimiento no se entiende sin el contexto general de TVE en los últimos años. La cadena pública ha vivido una etapa de recuperación sostenida, con una evolución positiva que la ha llevado a cerrar uno de sus mejores ejercicios en más de una década.
La estrategia de reforzar contenidos propios, apostar por rostros reconocibles y diversificar géneros ha dado frutos.
Especialmente a partir de septiembre, cuando la parrilla se renovó con nuevas propuestas que conectaron con distintos perfiles de audiencia.
El resultado fue un último tramo de año especialmente sólido, con cuotas mensuales que devolvieron a La 1 al centro de la conversación televisiva.
En ese escenario, Jesús Cintora no es solo un presentador más. Representa una forma de hacer periodismo que genera adhesiones y rechazos, pero que difícilmente deja indiferente.
Su trayectoria, marcada por etapas de gran exposición mediática y momentos de silencio forzado, ha construido un perfil reconocible.
Alguien que pregunta, que insiste, que incomoda cuando considera que debe hacerlo
. Y también alguien que, como se vio en su cumpleaños, no pierde el vínculo con lo esencial: la familia, los afectos, el reconocimiento que no viene de las audiencias, sino de quienes te conocen desde antes de que todo empezara.
Quizá por eso la escena caló tan hondo. Porque en un medio acostumbrado a la impostura, lo auténtico destaca.
Porque ver a un comunicador emocionarse por un mensaje materno conecta con algo universal.
Y porque ese gesto llegó en un momento de plenitud profesional, como si cerrara un círculo. No era solo celebrar un año más.
Era constatar que, pese a las idas y venidas, a las polémicas y a los cambios de rumbo, hay una línea coherente que se mantiene.
El impacto de ese cumpleaños televisado fue más allá del programa. En redes sociales, muchos espectadores compartieron el fragmento, comentaron la emoción del momento y subrayaron la humanidad que se coló, por unos minutos, en una franja dominada habitualmente por la confrontación política. No era un contenido viral fabricado, sino una reacción en cadena provocada por algo reconocible, cercano, casi familiar.
Y ahí reside, en buena medida, la clave del momento que vive Jesús Cintora y del éxito de Malas Lenguas.
En entender que la audiencia no solo busca información, sino conexión. Que quiere sentirse interpelada, no tratada como un número.
Que agradece cuando la televisión pública se atreve a mostrar capas, matices, contradicciones. Cuando no todo es blanco o negro, ni siquiera en los días de cumpleaños.
Al final de la emisión, Cintora cerró con una frase sencilla: “Muchas gracias y que tengamos salud”.
Sin discursos largos ni grandes proclamas. Una despedida que sonó más a deseo que a fórmula.
Quizá porque, después de todo lo vivido en esos minutos, lo demás sobraba. El mensaje ya estaba dado. Y muchos, desde casa, lo entendieron perfectamente.
Ese es el tipo de televisión que deja huella. La que no necesita gritar para ser escuchada. La que, de vez en cuando, se permite parar y mirar hacia dentro.
Y la que recuerda que detrás de cada rostro conocido hay historias que merecen ser contadas, no por su espectacularidad, sino por su verdad.