No fue una entrevista más. Frente a Javier Ruiz, Pedro Piqueras abandona la neutralidad y pronuncia palabras que resuenan con fuerza cuando el tema son las pensiones y la negativa del PP a incrementarlas. El plató se tensa, las miradas cambian y el silencio pesa tanto como la acusación. ¿Indignación moral o advertencia política? Entre periodismo, poder y responsabilidad social, la escena deja al descubierto una fractura incómoda que muchos prefieren no mirar. Lo dicho ya no se puede retirar… y sus consecuencias apenas comienzan.

Pedro Piqueras verbaliza con Javier Ruiz lo que le parece deleznable del PP tras la no subida de las pensiones.

 

 

Pedro Piqueras entraba en ‘Mañaneros 360’ y analizaba con Javier Ruiz la negativa del PP al decreto ómnibus con la subida de las pensiones como punta de lanza.

 

 

 

 

Hubo un instante en directo que pasó casi desapercibido para quien solo escucha titulares rápidos, pero que encierra una de las claves políticas y sociales más delicadas de este inicio de año. Un silencio breve en el plató de Mañaneros 360. Una pregunta directa de Javier Ruiz.

 

Y la respuesta, medida pero contundente, de Pedro Piqueras. En ese cruce de palabras se condensó algo más que un análisis parlamentario: la sensación de que las pensiones, la vivienda y el miedo colectivo están siendo utilizadas como moneda de cambio en un pulso político que deja a millones de personas en vilo.

 

 

El debate no surge de la nada. Un día antes, Rosa Villacastín ya había lanzado su pronóstico sobre el futuro de Alberto Núñez Feijóo tras el rechazo del PP al decreto ómnibus que incluía la revalorización de las pensiones.

 

Sus palabras resonaron con fuerza porque tocaron un nervio sensible: el temor real de muchos pensionistas a ver congelados sus ingresos en un contexto de inflación persistente.

 

Pero fue la intervención de Pedro Piqueras, con su tono sereno y su larga experiencia leyendo entre líneas del poder, la que terminó de poner el foco donde duele.

 

“Ahora mismo tenemos las pensiones en jaque”, planteaba Javier Ruiz sin rodeos. La pregunta era tan sencilla como inquietante: ¿puede pasar que las pensiones no suban? La escena reflejaba una inquietud que no se limita a los platós de televisión.

 

Está en los bares, en las colas del supermercado, en las conversaciones familiares. Personas que han trabajado toda su vida observan cómo una decisión parlamentaria puede alterar de golpe su estabilidad.

 

Piqueras, lejos de dramatizar, apeló a la memoria reciente. Recordó que el año pasado se vivió una situación similar y que, finalmente, la subida salió adelante.

 

Ese recordatorio no era casual: servía para rebajar la alarma, pero también para dejar claro que el conflicto no es nuevo y que se repite porque hay intereses estructurales que chocan una y otra vez.

 

Según explicó, el PP justifica su voto en contra alegando que el decreto ómnibus incluye medidas que no quiere aprobar, entre ellas las relacionadas con la protección de personas vulnerables frente a desahucios.

 

Ahí es donde el análisis se vuelve incómodo. Porque, como señaló Piqueras, esas medidas afectan principalmente a grandes tenedores y a entidades financieras, no al conjunto de la ciudadanía.

 

Y ese matiz, que raramente aparece en los eslóganes políticos, cambia por completo la lectura del conflicto. No se trata solo de un desacuerdo técnico, sino de a quién se decide proteger cuando hay que elegir.

 

 

El periodista fue más allá al abordar uno de los conceptos que más ruido genera en el debate público actual: la ocupación de viviendas.

 

“Los okupas son muchos menos de los que flotan por el ambiente”, afirmó con claridad. No negaba el problema individual de quien sufre una ocupación en su propiedad, pero desmontaba la idea de que se trate de una amenaza masiva y omnipresente.

 

Los datos, insistió, indican que es un fenómeno mucho más limitado de lo que se transmite.

 

 

Ese contraste entre percepción y realidad es clave. Piqueras apuntó directamente a cómo determinados discursos han inflado el miedo.

 

Señaló que el término “inquiokupa”, popularizado desde la extrema derecha, ha sido asumido por algunos dirigentes del PP y ha calado en la opinión pública.

 

El resultado es una sensación de inseguridad que no se corresponde con la magnitud real del problema, pero que condiciona decisiones políticas de enorme impacto.

 

En ese contexto, la negativa del PP a apoyar el decreto ómnibus adquiere otra dimensión. “Está sirviendo a los intereses de los grandes tenedores”, sostuvo Piqueras sin rodeos.

 

No como un ataque personal, sino como una lectura política de fondo. La revalorización de las pensiones, defendió, debería ser un consenso básico, algo que cualquier fuerza política apoyara sin reservas.

 

El hecho de que se utilice como rehén en una negociación más amplia revela hasta qué punto el conflicto va más allá de las pensiones.

 

El análisis también incluyó una reflexión sobre la estrategia del Gobierno. Según Piqueras, el PSOE sabía que el PP iba a utilizar el decreto como excusa para votar en contra. Aun así, decidió mantenerlo íntegro.

 

Una jugada arriesgada que coloca la responsabilidad en el tejado de la oposición, pero que también deja a millones de pensionistas pendientes de un desenlace que no controlan.

 

Cuando Javier Ruiz interrumpió momentáneamente para dar paso a las conexiones territoriales, la sensación de asunto inacabado flotó en el ambiente.

 

Y así fue. Al regresar, Piqueras remató su argumentación con una idea que conecta pensiones, vivienda y modelo de país. El problema de fondo, dijo, no son los “inquiokupas”, un término que calificó de deleznable, sino la falta de vivienda.

 

 

Esa frase resume una realidad incómoda: España arrastra desde hace años un déficit estructural de vivienda asequible.

 

Un problema que no se resuelve con palabras gruesas ni con la criminalización de colectivos vulnerables. “No hay un pacto de vivienda”, lamentó Piqueras, y su llamada fue casi un ruego.

 

Habló de la necesidad de sentar a todas las partes, de liberar suelo, de asumir responsabilidades. De hacer política a largo plazo, no solo para el titular del día siguiente.

 

La intervención del veterano periodista resonó precisamente porque no sonó partidista, sino profundamente cívica. No defendía a un partido, sino a una idea: que las grandes cuestiones sociales no deberían convertirse en armas arrojadizas.

 

Que las pensiones, que afectan a millones de personas mayores, no pueden quedar atrapadas en una guerra de relato. Que el miedo, amplificado sin matices, termina beneficiando a quienes menos lo necesitan.

 

Este episodio televisivo, aparentemente anecdótico, refleja una tensión que atraviesa la política española actual. La dificultad para alcanzar acuerdos básicos.

 

La tentación de utilizar conceptos emocionales para movilizar votantes. Y el riesgo de que, en ese juego, se pierda de vista a quienes no tienen margen para esperar.

 

Porque mientras los partidos discuten, hay jubilados haciendo cuentas para llegar a fin de mes. Familias pendientes de si podrán mantener su vivienda.

 

Jóvenes que ven cómo el acceso a un hogar digno se aleja cada vez más. Y todos ellos observan con creciente desconfianza cómo decisiones que afectan a su vida cotidiana se convierten en fichas de un tablero político.

 

Las palabras de Piqueras no ofrecieron soluciones mágicas, pero sí algo cada vez más escaso: contexto.

 

Recordaron que los problemas complejos no se resuelven con eslóganes. Que detrás de cada decreto hay intereses concretos. Y que la política, cuando se aleja de la realidad social, acaba generando más ruido que respuestas.

 

Quizá por eso su intervención ha circulado con fuerza. Porque puso voz a una sensación compartida: la de que es momento de bajar el volumen del enfrentamiento y subir el de la responsabilidad.

 

De mirar más allá del corto plazo. De entender que las pensiones y la vivienda no son banderas ideológicas, sino pilares de la cohesión social.

 

La pregunta inicial sigue en el aire: ¿subirán las pensiones? Todo apunta a que sí. Pero la verdadera cuestión es otra, más profunda y más incómoda.

 

¿Hasta cuándo se seguirá jugando con asuntos esenciales para ganar una batalla política puntual? Y, sobre todo, ¿quién paga el precio mientras tanto?

 

La respuesta no está solo en el Congreso. Está también en la ciudadanía, en su capacidad para exigir acuerdos y no dejarse arrastrar por discursos simplistas.

 

Porque, como recordó Piqueras entre líneas, cuando el miedo sustituye al análisis, siempre ganan los mismos. Y casi nunca son quienes más lo necesitan.

 

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