Joaquín Prat señala la verdadera razón del abandono de Carmen Borrego en ‘GH DÚO’ y la deja retratada.
Joaquín Prat ha verbalizado alto y claro en ‘El tiempo justo’ el motivo por el que Carmen Borrego ha dejado ‘GH DÚO’.

Hay abandonos que se entienden con un comunicado breve y otros que, sin previo aviso, desatan una tormenta de interpretaciones, reproches y verdades incómodas que nadie esperaba escuchar en voz alta.
El de Carmen Borrego en ‘GH DÚO’ pertenece claramente al segundo grupo. No fue solo una salida precipitada; fue el detonante de una conversación televisiva que dejó al descubierto algo más profundo que una simple decisión personal: la forma en la que algunos viven los realities… y la forma en la que otros los necesitan.
Desde el primer momento en que se confirmó su abandono, el ambiente ya estaba cargado. No era una sorpresa absoluta, pero sí una decepción para una parte del público que esperaba más de una concursante con experiencia, apellido mediático y años de televisión a sus espaldas.
Lo que nadie imaginaba es que Joaquín Prat, sin filtros y sin rodeos, iba a poner palabras a lo que muchos pensaban pero pocos se atrevían a decir tan claro.
El plató de ‘El tiempo justo’ se convirtió en un espejo incómodo. Prat no se limitó a analizar el abandono; fue directo al núcleo del problema.
Y lo hizo mirando a los ojos a José María Almoguera, hijo de Carmen Borrego, que se encontraba allí defendiendo a su madre con la mezcla habitual de lealtad, cansancio y resignación.
La primera pregunta fue tan sencilla como demoledora: si Carmen sabía realmente a dónde iba cuando aceptó entrar en ‘GH DÚO’.
No era una cuestión ingenua. Era una forma elegante de cuestionar si alguien con su trayectoria podía sorprenderse por la dureza psicológica de un formato que lleva décadas mostrando exactamente lo mismo: convivencia extrema, conflictos constantes y exposición emocional sin anestesia.
La respuesta de Almoguera fue honesta. Admitió que su madre sabía que entraba en un reality, pero no con quién.
Que no esperaba un ambiente tan hostil, tan tenso, tan parecido —en sus palabras— a un campo de batalla emocional.
Una casa convertida en un espacio de conflicto permanente, donde cada gesto se interpreta, cada silencio se juzga y cada alianza se paga cara.
Hasta ahí, la explicación podía generar comprensión. Pero Joaquín Prat no se detuvo. Introdujo un concepto que cambió por completo el tono de la conversación: la autocrítica.
Para él, cuando casi toda una casa se posiciona en contra de dos concursantes, algo más está fallando. No se trata solo de incompatibilidad de caracteres; se trata de actitud, de implicación, de ganas reales de jugar el juego.
La discusión se tensó cuando se recordó una escena especialmente dura: Jorge Javier Vázquez recriminando a Carmen Borrego su paso por el concurso, acusándola de no habérselo tomado en serio y llevándola a pedir perdón de rodillas ante la audiencia.
Una imagen potente, casi humillante, que muchos consideraron excesiva… pero que Joaquín Prat respaldó sin titubeos.
Su diagnóstico fue tan frío como contundente. Según él, el concurso de Carmen Borrego había sido decepcionante desde un punto de vista televisivo.
Cumplió con las pruebas, sí. Estuvo presente físicamente, también. Pero faltó lo esencial: implicarse, conocer a los compañeros, generar conflictos, crear tramas, mojarse. En resumen, hacer televisión dentro de un formato que exige precisamente eso.
La frase que más eco tuvo fue demoledora por su sencillez: “Ha ido, ha estado en la cama, ha hecho las pruebas y se ha ido”. No hubo insultos. No hubo gritos.
Solo una descripción que, por su crudeza, dolió más que cualquier ataque directo.

José María Almoguera intentó justificarla argumentando que entrar con una amiga, como Belén Rodríguez, condiciona.
Que te cierras, que te proteges, que no exploras otras relaciones. Una defensa lógica desde lo emocional.
Pero Joaquín Prat cortó de raíz cualquier romanticismo: esto no es un retiro espiritual, es un trabajo. Y como todo trabajo en televisión, implica exposición, riesgo y entrega.
Ahí se produjo uno de los choques más reveladores del debate. Almoguera insistía en que el trabajo no consiste en hacer amigos.
Prat le respondió con una verdad incómoda: no, pero sí en interactuar, provocar, reaccionar, moverte. No esconderte. No refugiarte. No desaparecer cuando el formato exige presencia constante.
La conversación avanzaba y cada frase añadía una capa más al retrato de lo ocurrido. Almoguera defendía que su madre sí había creado tramas, que había ayudado, que no podía considerarse “un mueble”.
Que estar en la cama no era un privilegio, sino consecuencia de una convivencia dura y de unas condiciones limitadas. Pero la sensación en el plató ya estaba clara: algo no había funcionado.
El momento más revelador llegó con una pregunta aparentemente inocente: si hubiera repesca, ¿volvería Carmen Borrego a entrar? La respuesta fue inmediata, sin dudar, casi con una sonrisa amarga: “Ni de coña”. Esa frase, dicha por su propio hijo, fue más esclarecedora que cualquier análisis posterior.
Y cuando Joaquín Prat preguntó si eso significaba el final de los realities para ella, la respuesta volvió a ser tajante: los de convivencia, sí.
No por falta de capacidad, sino por falta de deseo. Porque no todos necesitan lo mismo de un reality, ni lo viven desde el mismo lugar.
Fue entonces cuando Marta López introdujo un matiz importante: para que alguien renuncie a ganar dinero en un programa de este calibre, tiene que haberlo pasado realmente mal. Y ahí Joaquín Prat dio la clave que cerró el círculo de la polémica.
Lo llamó “aburguesamiento”. No como insulto, sino como diagnóstico. Explicó que hay concursantes que entran a estos formatos porque no saben cuándo tendrán otra oportunidad, porque necesitan ese dinero, esa visibilidad, ese empujón.
Y luego están los que saben que, al salir, les esperan programas, colaboraciones y una silla asegurada en televisión.
Carmen Borrego, según Prat, pertenece al segundo grupo. No necesita partirse el alma en un reality porque su vida profesional no depende de ello.
Tiene platós, tiene espacio, tiene continuidad. Y cuando alguien entra sin esa urgencia, sin esa necesidad real, el espectador lo nota. La casa lo nota. Y el formato lo castiga.
Ahí reside el verdadero debate que dejó su abandono: ¿para quién son los realities hoy? ¿Para quienes necesitan sobrevivir televisivamente o para quienes los viven como una experiencia pasajera? ¿Se puede competir en igualdad cuando no todos arriesgan lo mismo?
La salida de Carmen Borrego no fue solo una retirada personal. Fue un síntoma. Un reflejo de cómo ha cambiado la televisión, de cómo el público exige autenticidad, entrega y conflicto real. Y de cómo los apellidos, la trayectoria y la comodidad ya no garantizan indulgencia.
Quizá por eso esta historia sigue generando conversación. Porque no habla solo de una concursante que se fue antes de tiempo, sino de una industria que ya no perdona la tibieza. Y de una audiencia que, cada vez más, distingue entre estar… y jugar de verdad.