Hubo un antes y un después de esas palabras. Cuando Adamuz tomó la palabra, la tensión se volvió física. Óscar Puente perdió el hilo, el cuerpo falló y el discurso desapareció ante las cámaras. El silencio no fue respeto, fue desconcierto. Miradas perdidas, gestos rotos y un Congreso obligado a presenciar algo que rara vez se muestra: el instante exacto en que el control se desvanece. La política quedó desnuda, sin guion ni escudos. ¿Estamos preparados para asumir lo que se vio ese día?

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