Piqueras estalla ante el discurso de Ayuso y deja una frase demoledora sobre España: “Sé lo que es un país comunista”.
En una conversación con Jesús Cintora, el exdirector de Informativos de Telecinco ha respondido a las palabras de la presidenta de la Comunidad de Madrid y alertado del clima de crispación política.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
Pedro Piqueras nunca ha necesitado levantar la voz para que se le escuche. Su autoridad no ha estado en el volumen, sino en la constancia.
Décadas mirando a cámara cada noche, contando el país tal y como venía, sin adornos innecesarios ni gestos teatrales.
Por eso, cuando habla ahora, ya fuera del plató, sus palabras pesan de otra manera. No porque busquen polémica, sino porque nacen de alguien que ha visto pasar gobiernos, crisis, atentados, mayorías absolutas y hundimientos morales desde la primera fila. Y quizá por eso, su conversación con Jesús Cintora ha resonado tanto más allá del círculo periodístico.
La entrevista, publicada en el canal de YouTube de Cintora, no tenía forma de ajuste de cuentas ni de alegato político.
Era, en apariencia, una charla tranquila. Pero bastaron unos minutos para que Piqueras pusiera sobre la mesa una sensación que muchos comparten y pocos formulan con claridad: algo se ha roto en el clima político y social de España.
No de golpe. No con una fecha concreta. Sino lentamente, a base de repetir mensajes, de tensar el lenguaje, de convertir al adversario en enemigo.
Piqueras lo dijo sin rodeos: en España se ha conseguido generar un odio hacia Pedro Sánchez. No una crítica política normal, no una oposición dura, sino odio.
Y lo dijo subrayando que ese fenómeno no surge de la nada, sino que se alimenta de actitudes, discursos y estrategias muy concretas.
Estrategias que buscan emocionar, movilizar, polarizar. Porque el odio, recordó, mueve. Y en política, mueve votos.
El periodista reconoció que cuando dejó Informativos Telecinco ya hablaba de crispación. Pero lo que hay ahora, a su juicio, va un paso más allá.
Es un clima donde el insulto se normaliza, donde la exageración se convierte en titular y donde cualquier matiz parece una traición.
Un ambiente en el que ya no se discuten políticas públicas, sino identidades. Donde no se debate sobre qué hacer, sino sobre quién es el enemigo.
Uno de los momentos más comentados de la entrevista llegó cuando Piqueras abordó una idea que se ha repetido con insistencia en los últimos años: que España es un país comunista.
Lo hizo sin sarcasmo excesivo, pero con una ironía cargada de experiencia. Recordó que él sí sabe lo que es un sistema comunista, porque ha estado allí.
En la antigua Unión Soviética. En la República Democrática Alemana. Lugares donde el Estado lo controlaba todo, donde no había libertad política ni económica, donde la vida cotidiana estaba marcada por la escasez y la vigilancia.
España, dijo con claridad, no se parece en nada a eso. Más bien al contrario. Para Piqueras, el país es profundamente capitalista, incluso ultracapitalista en muchos aspectos.
Un sistema donde el mercado tiene un peso enorme, donde la desigualdad existe y donde los grandes intereses económicos influyen de manera decisiva. Llamar comunista a esa realidad no es solo una exageración: es una distorsión deliberada.
Y ahí está uno de los puntos clave de su análisis. No se trata de errores inocentes. Se trata de mensajes diseñados para provocar miedo.
Para activar resortes emocionales muy primarios. Porque decir “España es comunista” no busca describir la realidad, sino generar alarma.
Igual que hablar de que ETA volverá al poder, aunque no tenga ninguna base. Son consignas que funcionan porque conectan con temores profundos, con heridas históricas, con fantasmas colectivos que nunca se han cerrado del todo.
Piqueras lo explicó con una serenidad inquietante: esos mensajes generan odio, y el odio moviliza. No necesariamente a favor, sino en contra.
En contra de alguien, de algo, de una idea difusa que se convierte en amenaza. Y en ese proceso, el debate racional queda arrinconado.
Durante la conversación, el periodista también intentó ir más allá de la coyuntura inmediata. Recordó que España es un país complejo, con una historia marcada por conflictos muy duros.
La Guerra Civil no es solo un capítulo de los libros de texto; sigue presente en la memoria colectiva, en la forma de entender la política, en los silencios y en los gritos. Superar ese pasado no ha sido fácil, y aunque la democracia y la integración europea han aportado estabilidad, las cicatrices siguen ahí.
En ese contexto, el uso irresponsable del lenguaje tiene consecuencias. Cuando se banalizan conceptos extremos, cuando se compara al adversario con dictaduras o se acusa de traición de manera sistemática, se va erosionando el terreno común. Ese espacio mínimo donde, pese a las diferencias, era posible reconocerse como parte de una misma sociedad.
Piqueras también habló del periodismo, quizá desde un lugar aún más delicado. Porque lo hizo desde la autocrítica implícita.
Reconoció que el ecosistema informativo ha cambiado de forma radical. Las redes sociales han acelerado los tiempos, han premiado el impacto inmediato y han convertido la indignación en un producto rentable.
En ese entorno, los bulos circulan con facilidad y la información rigurosa tiene que competir en condiciones desiguales.
No culpó solo a los políticos. Tampoco solo a los medios. Señaló una responsabilidad compartida.
Cuando el periodismo renuncia a contextualizar, cuando se limita a amplificar el mensaje más estridente, contribuye a ese clima de confrontación.
Y cuando la ciudadanía consume información sin filtros, sin contrastar, el círculo se cierra.
Por eso insistió en la importancia de defender un periodismo serio, profesional, incómodo cuando hace falta.
Un periodismo que no se deje arrastrar por la lógica del clic fácil ni por la presión del ruido constante.
Y también en la necesidad de que la gente disponga de herramientas para distinguir lo verdadero de lo manipulado. Porque sin esa capacidad crítica, la democracia se debilita.
Lo más llamativo de la entrevista no fue una frase concreta, sino el tono general. Piqueras no hablaba desde la militancia ni desde la nostalgia.
Hablaba desde la preocupación. Desde alguien que ha visto cómo el lenguaje se degrada, cómo la política se convierte en espectáculo y cómo el odio se normaliza poco a poco.
No hubo llamadas explícitas al voto ni consignas partidistas. Hubo algo más incómodo: un espejo. Un recordatorio de que la polarización no es un fenómeno abstracto, sino algo que se construye día a día. Con palabras. Con titulares. Con silencios.
La viralidad de sus declaraciones no es casual. En un momento en el que el ruido domina, escuchar a alguien hablar despacio, con memoria y con contexto, resulta casi disruptivo. Piqueras no dijo nada que no pueda sostenerse. No exageró. No dramatizó. Precisamente por eso, sus palabras han calado.
Porque muchos reconocen en ellas algo que sienten pero no saben cómo expresar. La sensación de que el debate público se ha convertido en un campo de batalla permanente. De que todo es blanco o negro. De que disentir equivale a traicionar. Y de que ese camino no conduce a nada bueno.
La entrevista deja una pregunta flotando en el aire: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? ¿Cuánto odio estamos dispuestos a normalizar en nombre de la política? ¿Qué precio pagamos como sociedad cuando convertimos al adversario en un enemigo absoluto?
No hay respuestas fáciles. Piqueras no las ofreció. Pero sí dejó una advertencia implícita: los climas no cambian solos. Se construyen.
Y, del mismo modo, pueden reconstruirse. Pero para eso hace falta responsabilidad. En la política. En los medios. Y también en cada ciudadano que comparte, comenta o amplifica un mensaje.
Quizá por eso sus palabras incomodan a algunos y tranquilizan a otros. Porque no atacan a una sigla concreta, sino a una deriva.
Y porque recuerdan algo esencial que a menudo se olvida en medio del ruido: que la democracia no se mide solo por votar cada cuatro años, sino por la calidad del debate que somos capaces de sostener entre elección y elección.
Escuchar a Pedro Piqueras hoy no es un ejercicio de nostalgia televisiva. Es una invitación a bajar el volumen, recuperar el contexto y preguntarnos en qué país queremos vivir.
Uno donde el odio sea el motor principal o uno donde, incluso en el desacuerdo, aún quede espacio para reconocernos como parte del mismo relato colectivo.