JULIA OTERO DEJA EN RIDÍCULO A ELISA BENI POR GOLPE JUDICIAL: ¡SABEMOS CUÁL HA SIDO TU EVOLUCIÓN!.

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Julia Otero aplaude a Elisa Beni por un artículo en defensa cerrada de Sánchez

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España vive uno de los momentos políticos más tensos de los últimos años. La acumulación de casos judiciales, las acusaciones cruzadas entre Gobierno y oposición, la presión mediática y la sensación de deterioro institucional han creado un clima de enorme preocupación entre muchos ciudadanos. Ya no se trata solo de un escándalo concreto, ni de una investigación aislada, ni de una batalla más entre partidos. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: la confianza de la sociedad en sus instituciones democráticas. Base utilizada:

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En los últimos días, el debate político ha girado alrededor de una pregunta incómoda: ¿está el Partido Popular aprovechando la crisis del Gobierno para acelerar una caída política de Pedro Sánchez, o la gravedad de los casos conocidos justifica plenamente esa presión? La respuesta no es sencilla, porque España parece atrapada entre dos realidades que conviven al mismo tiempo. Por un lado, existen investigaciones judiciales que merecen explicaciones públicas y responsabilidades políticas. Por otro, también existe una oposición que lleva años pidiendo elecciones anticipadas y utilizando un tono cada vez más duro contra el Ejecutivo.

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Esa tensión ha provocado que muchos ciudadanos escuchen las mismas palabras una y otra vez: corrupción, lawfare, cloacas, impunidad, moción de censura, elecciones anticipadas, degradación institucional. El problema es que, cuando todo se presenta como urgente, gravísimo y definitivo, la sociedad termina agotada. La alarma permanente puede acabar reduciendo la credibilidad incluso de los casos que realmente necesitan una investigación profunda.

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Algunos analistas han señalado precisamente ese riesgo. Si un partido pide elecciones desde el primer día de legislatura, si denuncia constantemente que el Gobierno es ilegítimo y si utiliza los calificativos más gruesos ante cada polémica, puede llegar un momento en que incluso una crisis verdaderamente seria se perciba como una más dentro del ruido político habitual. Ese es uno de los grandes dilemas actuales del Partido Popular: cómo mantener la presión sobre Sánchez sin que su propia sobreactuación termine jugando en su contra.

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Sin embargo, otros observadores rechazan analizar este momento únicamente como una cuestión de estrategia electoral. Para ellos, el problema principal no es si el PP exagera o no, sino la gravedad del deterioro institucional que se viene acumulando desde hace años. Desde esta perspectiva, los casos que afectan al entorno del PSOE, las investigaciones sobre posibles tramas de corrupción y las sospechas sobre intentos de buscar impunidad no pueden despacharse como una simple guerra de relatos.

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El caso Plus Ultra y la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero han sido uno de los elementos que más han sacudido el tablero político. Para una parte de la izquierda, la investigación contra el expresidente socialista se interpreta como una señal de que ciertos sectores judiciales, mediáticos y políticos han decidido intensificar la presión contra cualquier figura que haya apoyado a Pedro Sánchez. Para otros, en cambio, las sospechas alrededor del rescate de Plus Ultra, los vínculos empresariales y las supuestas redes de influencia merecen ser investigadas hasta el final, sin refugiarse en teorías de persecución.

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La figura de Zapatero resulta especialmente sensible porque no es un político cualquiera. Fue presidente del Gobierno, impulsó algunas de las reformas sociales más importantes de la democracia reciente y sigue teniendo un peso simbólico muy fuerte dentro del socialismo español. Por eso, cualquier sospecha sobre él golpea no solo a una persona, sino también a una memoria política compartida por millones de votantes progresistas.

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Al mismo tiempo, algunos analistas recuerdan que Zapatero volvió a acercarse a Pedro Sánchez después de años de distancia interna dentro del PSOE. Ese regreso al entorno del poder ha sido interpretado por algunos sectores como una de las claves de su exposición actual. Según esta lectura, si Zapatero no hubiera vuelto a implicarse activamente en apoyo del sanchismo, quizá no estaría hoy bajo el foco político y judicial con tanta intensidad. Pero incluso quienes aceptan esa posibilidad advierten de algo importante: que una investigación pueda tener una lectura política no significa automáticamente que los hechos investigados sean falsos.

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Ahí aparece uno de los grandes problemas de la política española actual: la dificultad para separar tres planos distintos. El primero es el plano judicial, donde deben analizarse pruebas, indicios, documentos y responsabilidades penales. El segundo es el plano político, donde los partidos tienen la obligación de dar explicaciones a la ciudadanía aunque todavía no exista una sentencia. Y el tercero es el plano mediático, donde muchas veces una filtración o un titular pueden construir una condena pública antes de que el proceso avance realmente.

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Esa confusión está dañando gravemente la confianza ciudadana. Cada partido interpreta los casos según le conviene. Cuando la investigación afecta al adversario, exige dimisiones inmediatas. Cuando afecta al propio entorno, denuncia persecución, manipulación o lawfare. El resultado es una sociedad que empieza a mirar con sospecha a todos: políticos, jueces, fiscales, periodistas y policías.

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El debate sobre el lawfare es especialmente delicado. Sectores del independentismo catalán y de Podemos llevan años denunciando que han sufrido campañas judiciales, policiales y mediáticas destinadas a destruir adversarios políticos. Ahora, parte del PSOE empieza a utilizar un lenguaje parecido para explicar algunas investigaciones que afectan al Gobierno y a su entorno. Pero varios analistas advierten de que el socialismo no puede descubrir ahora un problema que otros denunciaron durante años y al mismo tiempo ignorar que también pueden existir casos reales de corrupción que deben investigarse.

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La comparación con la operación Kitchen también ha vuelto al centro del debate. Para muchos, aquel caso representa uno de los ejemplos más graves de utilización partidista de estructuras del Estado durante la etapa del Partido Popular. La investigación sobre el presunto espionaje a Luis Bárcenas y el uso de recursos públicos para proteger al PP sigue siendo una de las grandes heridas institucionales de la democracia española reciente. Sin embargo, algunos participantes en el debate señalan que el juicio de la Kitchen llega tarde, cuando sus responsables políticos ya no están en el poder, mientras otros casos actuales avanzan con mucha más rapidez y ocupan todo el espacio mediático.

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Esa diferencia de tiempos alimenta la sospecha de una justicia a dos velocidades. Pero también conviene matizar. No todos los procedimientos judiciales son iguales. Algunas causas van al Tribunal Supremo porque afectan a aforados y avanzan por canales distintos. Otras se instruyen en juzgados saturados, donde los tiempos son mucho más lentos. También existen diferencias entre sumarios secretos, sumarios reservados y filtraciones de documentos que ya han dejado de estar bajo secreto. El problema es que esos matices rara vez sobreviven al ruido político.

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Mientras tanto, Alberto Núñez Feijóo ha endurecido su discurso. Su frase “haré todo lo posible para cambiar el Gobierno; cuando digo todo, es todo” ha sido interpretada por el PSOE como una muestra de ansiedad política y por el PP como una declaración legítima de oposición democrática. La realidad es que el Partido Popular no tiene actualmente los apoyos suficientes para una moción de censura viable, porque ni el PNV ni Junts parecen dispuestos a facilitar un gobierno que dependa de Vox. Pero la presión sobre los socios de Sánchez ha aumentado.

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El PP intenta trasladarles una idea clara: si mantienen al Gobierno, serán corresponsables de todo lo que ocurra. Esa estrategia busca romper el bloque de investidura y forzar un adelanto electoral. Sin embargo, también tiene riesgos. En Cataluña y País Vasco, abrir la puerta a un Ejecutivo PP-Vox podría tener un coste político enorme para partidos nacionalistas que han construido buena parte de su identidad reciente como dique frente a la derecha y la extrema derecha.

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La entrada de Vox en la ecuación ha cambiado por completo la política española. La derecha ya no puede presentarse únicamente como una alternativa de gestión. Debe explicar también qué papel tendría la extrema derecha en un eventual cambio de Gobierno. Y para muchos votantes progresistas, nacionalistas o moderados, ese factor sigue siendo decisivo. La posibilidad de un Ejecutivo PP-Vox continúa funcionando como un elemento de movilización del bloque de izquierdas.

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Pero sería un error reducir toda la crisis a una lucha entre Sánchez, Feijóo y Vox. El problema es más profundo. España arrastra una fragilidad institucional que viene de lejos. La corrupción no ha sido patrimonio exclusivo de un partido. Ha afectado al PP, al PSOE y a distintos niveles de poder autonómico y local. En muchos casos, detrás de los escándalos aparecen redes de complicidad entre élites políticas, intereses económicos, administraciones públicas y estructuras mediáticas.

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Esa es quizá la reflexión más necesaria y menos cómoda. Cada partido tiende a presentar la corrupción como un problema moral del adversario. Pero rara vez se atreve a reconocer que existe un fallo estructural en los mecanismos de control, transparencia y rendición de cuentas. Cuando cae un caso, se buscan culpables individuales. Pero pocas veces se reforman de verdad las condiciones que permitieron que ese caso existiera.

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Por eso, la crisis actual no debería resolverse únicamente con gritos, titulares o cálculos electorales. España necesita explicaciones claras, investigaciones rigurosas y responsabilidades políticas cuando correspondan. Pero también necesita serenidad institucional. Sin presunción de inocencia no hay Estado de derecho. Sin rendición de cuentas tampoco hay democracia sana.

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La ciudadanía merece algo mejor que una guerra permanente de acusaciones. Merece saber qué ocurrió, quién tomó decisiones, quién se benefició, quién mintió y quién debe responder. Pero también merece que los partidos no utilicen la justicia como arma arrojadiza ni conviertan cada procedimiento en un espectáculo de trincheras.

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La política española está en un punto delicado. La confianza se erosiona rápido y se reconstruye muy despacio. Si los partidos siguen actuando como si todo fuera propaganda, el daño no lo sufrirá solo un Gobierno o una oposición. Lo sufrirá el sistema entero.

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Porque cuando los ciudadanos dejan de creer en las instituciones, la democracia no se rompe de golpe. Se desgasta día a día, conversación a conversación, titular a titular, sospecha a sospecha. Y España, ahora mismo, necesita exactamente lo contrario: verdad, responsabilidad y una voluntad real de limpiar lo que lleva demasiado tiempo pudriéndose bajo la alfombra.

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