“No vais a ser nunca lo suficientemente vasallos.” Rufián arranca 2026 con el discurso más brutal del Congreso y deja a PP y Vox sin respuesta.

GABRIEL RUFIÁN SOMETE A CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO AL MAYOR RIDÍCULO DE SU VIDA”.

 

 

 

 

 

No fue una intervención más en el Congreso. No fue un discurso rutinario ni una réplica medida para el acta parlamentaria.

 

Lo que se escuchó en el hemiciclo fue un alegato incómodo, áspero, cargado de memoria histórica y de una indignación que no buscaba consenso, sino sacudir conciencias.

 

Una de esas intervenciones que no se quedan en la sala, sino que saltan a las redes, dividen opiniones y obligan a posicionarse.

 

Desde la primera frase quedó claro el tono: “una mala y una muy mala noticia”. No había eufemismos ni rodeos.

 

La mala noticia, según el orador, es que nada de lo que está ocurriendo en Venezuela es nuevo.

 

La muy mala, que el mundo ya ni siquiera necesita mentirse para justificarlo.

 

Y a partir de ahí, el discurso avanzó como una apisonadora, conectando pasado y presente, geopolítica y cinismo, historia y propaganda.

 

La idea central era tan sencilla como demoledora: Estados Unidos lleva más de 80 años interviniendo en otros países con los mismos métodos y por los mismos motivos.

 

Bombardeos, golpes de Estado, secuestros, asesinatos selectivos. Guatemala, Chile, Cuba, Bolivia, Angola, Nigeria, Irak, Yemen, Siria. La lista parecía interminable, y esa era precisamente la intención. Mostrar que no se trata de una excepción, sino de un patrón.

 

 

El argumento no apelaba a teorías conspirativas, sino a hechos ampliamente documentados por la historiografía y los propios archivos desclasificados de Estados Unidos.

 

Intervenciones justificadas una y otra vez por la “defensa de la democracia”, la “seguridad internacional” o la “lucha contra el narcotráfico”, pero que, en el fondo, siempre acaban orbitando alrededor de dos palabras: dinero y petróleo. O ambas.

 

 

La crítica al capitalismo no se quedó en lo abstracto. Se formuló con ironía y crudeza: un sistema que “funciona tan bien” que de vez en cuando necesita ir a robarle el petróleo a un país socialista.

 

La frase, pensada para incomodar, arrancó murmullos y gestos de desaprobación en los escaños de la derecha, pero también aplausos en otros sectores del hemiciclo.

 

Sin embargo, el núcleo más inquietante del discurso no estaba en la denuncia histórica, sino en la comparación con el presente.

 

Hace 20 años, para invadir Irak, hicieron falta meses de mentiras, informes falsos y una narrativa construida alrededor de las inexistentes armas de destrucción masiva.

 

Hubo protestas masivas en todo el mundo. Millones de personas salieron a la calle no para defender a Sadam Husein, sino para oponerse a una guerra ilegal. Aquellas movilizaciones desgastaron a la derecha global.

 

Hoy, según el orador, ese freno social prácticamente ha desaparecido.

 

 

Ya no hacen falta grandes mentiras. O, al menos, duran mucho menos. La brutalidad se ha normalizado.

 

La crueldad se ha puesto de moda. Ser “un chungo”, ser una mala persona, ya no penaliza electoralmente; al contrario, da votos.

 

Y ese es el verdadero cambio de época que se estaba denunciando.

 

En ese contexto apareció una figura que vertebra todo el discurso: Donald Trump.

 

Definido sin ambages como defraudador, pedófilo y violador, se le describió como un bully de instituto que se pasea por el mundo dando collejas al más débil, rodeado de una cuadrilla de aduladores que le ríen las gracias. Y, lo más inquietante, ganando elecciones.

 

 

El retrato no se quedó en Estados Unidos. Cada país tiene su propia versión de esa “cuadrilla de lamebotas”.

 

En España, se señaló directamente al Partido Popular y a Vox. En Cataluña, a otras formaciones de extrema derecha.

 

Y también se apuntó a quienes callan, a quienes miran hacia otro lado, a quienes prefieren no molestar.

 

El discurso entró entonces en uno de sus momentos más tensos al abordar el secuestro de Nicolás Maduro. Se insistió en el término, casi pedagógicamente: no es una “captura”, no es una “detención”, es un secuestro.

 

A presidentes no se les captura; se les secuestra. Y el derecho internacional no puede subordinarse a la ideología ni al sectarismo político.

 

 

Mientras algunos hacían memes en redes sociales comparando a Zapatero con Maduro, se recordó que el expresidente socialista estaba negociando la liberación de compatriotas españoles.

 

No era una defensa acrítica de Maduro, sino una llamada a distinguir entre la crítica política y el respeto a las normas básicas del derecho internacional.

 

 

Ahí apareció con fuerza la figura de José Luis Rodríguez Zapatero, convertido en blanco recurrente de la derecha mediática y parlamentaria.

 

Se lanzó una pregunta directa: ¿por qué tanto odio? Y la respuesta fue igual de directa: porque ganó en 2004, porque derrotó a ETA en 2011 y porque fue clave en la campaña de 2023. Porque ganó. Porque fue eficaz. Porque no encaja en el relato que necesitan.

 

 

Se recordó además un episodio que muchos prefieren olvidar: en 2007, Zapatero defendió a José María Aznar frente a Hugo Chávez, diciendo literalmente que no compartía sus ideas, pero que había sido su presidente y merecía respeto

 

. Eso, se subrayó, es patriotismo. No aplaudir a un genocida ni pedirle que bombardee tu país porque no te gusta quién gobierna.

 

 

El discurso no dejó fuera al PSOE. También hubo una llamada de atención a los socialistas por haber impulsado durante años una legislación hecha a medida para la oposición venezolana, facilitando su salida del país.

 

Una oposición que, paradójicamente, ha acabado en las calles de Madrid gritando que España es una dictadura. La contradicción era tan evidente que se dejó hablar por sí sola.

 

La intervención avanzó entonces hacia otro de sus ejes: la hipocresía selectiva. Si de verdad se quisiera combatir el narcotráfico, se habló de Ecuador, de Noboa, de un país del que sale el 70% de la cocaína que se consume en el mundo.

 

 

Pero de Ecuador no se habla. Si de verdad importaran los derechos humanos, se mencionó a Netanyahu y los más de 700 días de bombardeos y hambre en Gaza. Pero de eso tampoco se habla.

 

Si de verdad importara la democracia, se señalarían las dictaduras de Oriente Medio que cuelgan homosexuales en plazas públicas. Pero ahí se juega la Supercopa de España y no pasa nada.

 

La conclusión era clara y demoledora: protestar con vehemencia por Ucrania y callar ante Venezuela no es coherencia, es hipocresía.

 

Y pedir bombardeos, secuestros o asesinatos en nombre de la democracia no te convierte en demócrata, sino en algo muy distinto.

 

Uno de los momentos más duros llegó cuando se afirmó, sin matices, que a Netanyahu se le desea “lo peor que se le puede desear a otro ser humano” por haber asesinado a niños con bombas y con hambre.

 

Pero, al mismo tiempo, se rechazó tajantemente la idea de bombardearlo o secuestrarlo. Ahí se trazó una línea moral muy clara: la diferencia entre la condena ética y la barbarie.

 

El cierre fue casi una advertencia. Trump intentó un golpe de Estado en su propio país. Lo reconocen los tribunales, lo reconocen los hechos, lo reconoce incluso parte de su entorno.

 

No sean más trumpistas que Trump, se dijo. No sean tan vasallos. Porque con Trump no va de democracia, va de vasallaje. Y nunca serán lo suficientemente sumisos para él.

 

La pregunta final quedó flotando en el aire, incómoda, sin respuesta fácil: si Trump intentó un golpe de Estado en Estados Unidos, ¿dónde no lo intentará? ¿De verdad creen algunos que les ayudará a llegar al poder cuando no consigan los votos?

 

 

El aplauso que siguió no fue unánime, pero sí contundente. Porque más allá de estar de acuerdo o no con cada palabra, el discurso tocó un nervio sensible: el de un mundo que parece haber normalizado la violencia, el abuso de poder y la ley del más fuerte.

 

Y recordó algo que, en tiempos de cinismo, resulta casi subversivo: que el derecho internacional, la dignidad humana y la coherencia moral no deberían ser opcionales.

 

 

No fue un discurso cómodo. No buscaba gustar. Buscaba dejar huella. Y lo consiguió.

 

 

 

 

 

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