La reflexión de Rosa Villacastín tras la misa funeral en Huelva por las víctimas de Adamuz: “Qué diferente…”.
Este jueves Huelva y Madrid han sido escenario de dos misas funerales en recuerdo de las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz.

Misa funeral en Huelva por las víctimas de Adamuz.
Hay silencios que pesan más que cualquier discurso. Silencios que se instalan en un recinto abarrotado y que, durante unos segundos, parecen detener el tiempo.
Así fue la mañana de este jueves en el Palacio Municipal de Deportes Carolina Marín de Huelva.
Un espacio acostumbrado a la euforia deportiva se transformó en un lugar de recogimiento absoluto, donde el murmullo de miles de personas solo se rompía por el eco contenido del dolor.
Allí, Huelva lloró a las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz. Y lo hizo de una forma que muchos no han tardado en comparar, analizar y, sobre todo, sentir.
Desde primeras horas del día, los alrededores del Palacio de Deportes comenzaron a llenarse de familiares, autoridades y ciudadanos anónimos que querían acompañar a quienes han perdido a alguien para siempre.
No había pancartas ni consignas. Solo miradas cansadas, abrazos largos y gestos de apoyo que decían mucho más que cualquier palabra.
El ambiente era denso, cargado de una tristeza compartida que unía a personas de procedencias muy distintas bajo una misma certeza: nada volverá a ser igual.
La misa funeral, organizada por la Diócesis de Huelva, se concibió desde el primer momento como un acto de consuelo, fortaleza y esperanza.
Así lo definieron sus promotores, y así se percibió desde el interior. Bajo la representación de los reyes Felipe VI y Letizia, el acto se desarrolló con una solemnidad contenida, sin excesos ni protagonismos innecesarios.
Los monarcas presidieron la ceremonia acompañados por los 336 familiares de las víctimas mortales, verdaderos protagonistas de una jornada marcada por el respeto.
A su llegada, los reyes fueron recibidos junto a los representantes institucionales al son del himno de España.
El gesto, sobrio y medido, dio paso a una ceremonia en la que el foco estuvo claramente puesto en quienes más han sufrido las consecuencias del accidente. Familias rotas, historias truncadas y un duelo colectivo que todavía busca respuestas.
Entre los asistentes se encontraban el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno Bonilla; varios consejeros del Gobierno andaluz; la vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Hacienda, María Jesús Montero; los ministros Ángel Víctor Torres y Luis Planas; así como el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo.
También estuvieron presentes representantes del Ayuntamiento de Huelva, encabezados por su alcaldesa Pilar Miranda, de la Diputación Provincial y de numerosos municipios que han perdido vecinos o cuentan heridos entre los afectados.
Más de 4.300 personas llenaron el recinto. Un número que da cuenta no solo de la magnitud de la tragedia, sino también del impacto emocional que ha tenido en la sociedad andaluza y española. Cada asiento ocupado era un gesto de acompañamiento, una forma de decir “no estáis solos” a quienes hoy viven el duelo más duro imaginable.
La misa fue presidida por el obispo de Huelva, Santiago Gómez Sierra, y concelebrada por otras figuras relevantes de la Iglesia, como el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Javier Argüello; el obispo emérito de Huelva, José Vilaplana; y el obispo de Córdoba, Jesús Fernández.
Las palabras pronunciadas durante la ceremonia buscaron aliviar, aunque fuera mínimamente, el peso del dolor. Se habló de fe, de esperanza, pero también de la necesidad de acompañar a las familias más allá de este día.
Mientras tanto, de forma paralela, en Madrid se celebraba otra misa funeral en la catedral de La Almudena.
Un acto impulsado a petición de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Dos ceremonias, dos escenarios, un mismo motivo.
Pero no tardaron en surgir las comparaciones. Y una de ellas, lanzada desde las redes sociales, se hizo especialmente viral.
La periodista Rosa Villacastín, con una larga trayectoria y una voz reconocible en el debate público, no pasó por alto lo ocurrido en Huelva.
En su cuenta de X publicó una reflexión que rápidamente empezó a circular con fuerza. “Qué diferente esta Misa funeral por las víctimas de Adamuz, al que tuvo lugar por las víctimas de la DANA
. Aquí los protagonistas han sido los familiares, allí Mazón y sus palmeros”, escribió. Una frase directa, sin rodeos, que tocó una fibra sensible.
El mensaje de Villacastín no solo comparaba dos actos institucionales, sino dos formas de entender el homenaje a las víctimas.
Para muchos usuarios, sus palabras ponían sobre la mesa una cuestión incómoda: quién ocupa el centro en este tipo de ceremonias. ¿Las familias o los responsables políticos? ¿El duelo o la escenificación?
En Huelva, al menos para quienes estuvieron presentes o siguieron la ceremonia, la sensación general fue que el protagonismo no se desvió. Las cámaras enfocaron rostros anónimos, lágrimas discretas, manos entrelazadas.
No hubo discursos grandilocuentes ni gestos pensados para el titular fácil. Hubo, sobre todo, un silencio respetuoso que envolvió cada momento.
Ese contraste es el que ha alimentado el debate posterior. No tanto por la existencia de dos misas, sino por la percepción de que una estuvo centrada en las víctimas y otra en la representación política.
La comparación con el funeral de la DANA, aún muy presente en la memoria colectiva, ha reabierto una conversación más amplia sobre cómo se gestionan el dolor y el duelo desde las instituciones.
En las horas posteriores al acto, las redes sociales se llenaron de imágenes del Palacio de Deportes, de mensajes de apoyo a las familias y de reflexiones sobre la necesidad de aprender de este tipo de ceremonias. Muchos coincidían en que el homenaje de Huelva había logrado algo esencial: no eclipsar el sufrimiento real con ruido innecesario.
Las palabras de Rosa Villacastín actuaron como catalizador de ese sentimiento. No fue la única en señalar la diferencia, pero sí una de las voces más escuchadas. Su mensaje fue compartido, comentado y debatido en múltiples plataformas, convirtiéndose en uno de los focos del día informativo.
Más allá de la polémica, lo cierto es que la jornada dejó imágenes difíciles de olvidar. Familias abrazándose antes de entrar al recinto. Personas que caminaban en silencio, con la mirada perdida.
Autoridades que, al menos en esta ocasión, permanecieron en un segundo plano. Y un espacio deportivo convertido en un santuario improvisado del duelo colectivo.
El accidente de Adamuz ha marcado a muchas comunidades. No solo por el número de víctimas, sino por la sensación de fragilidad que deja a su paso. Un recordatorio de que la tragedia puede irrumpir en cualquier momento y de que, cuando lo hace, la forma en que se acompaña a las víctimas importa tanto como las palabras que se pronuncian.
La misa funeral de Huelva no resolvió preguntas ni cerró heridas. Tampoco era su objetivo. Su función fue otra: ofrecer un espacio común para el dolor, un lugar donde llorar juntos y sentirse arropados. Y en eso, para muchos, cumplió su cometido.
El debate político seguirá. Las comparaciones continuarán. Los mensajes en redes se sucederán durante días. Pero para las familias que estuvieron allí, lo vivido en el Palacio Carolina Marín quedará grabado como un momento de recogimiento sincero, lejos del ruido y de la confrontación.
Quizá esa sea una de las grandes lecciones que deja este acto. Que en medio del dolor más profundo, el respeto y la discreción no son detalles menores. Son, en realidad, la base de cualquier homenaje que aspire a ser humano. Y que cuando las víctimas ocupan el centro, el silencio puede convertirse en la forma más honesta de acompañar.