Nadie esperaba escuchar a Ester Muñoz hablar de Gabriel Rufián en estos términos. Y precisamente por eso una sola frase ha terminado llamando más la atención que cualquier enfrentamiento político.
Ester Muñoz descoloca con su retrato de Gabriel Rufián: del choque frontal a un respeto que la política rara vez enseña
En una época en la que los adversarios políticos parecen obligados a presentarse como enemigos irreconciliables, Ester Muñoz ha introducido una idea mucho menos rentable para un titular de confrontación: se puede estar en las antípodas ideológicas de alguien y reconocer, al mismo tiempo, que sabe pensar, debatir y responder con inteligencia.
La actual portavoz del Grupo Popular en el Congreso sorprendió al hablar de Gabriel Rufián durante una entrevista con El Mundo. Muñoz explicó que disfruta especialmente de las conversaciones políticas capaces de obligarla a reconsiderar sus propios argumentos y situó al portavoz parlamentario de ERC entre las pocas personas que, según ella, consiguen hacerlo.
No significa que hayan acercado posiciones. Tampoco existe ninguna reconciliación porque, en realidad, nunca han dejado de ser adversarios. Muñoz insiste en que sus proyectos políticos se encuentran prácticamente en extremos opuestos.
Lo significativo es otra cosa.
No considera que discrepar convierta automáticamente al otro en alguien intelectualmente despreciable.
Y en el Parlamento español de 2026, donde la crispación ha convertido muchas intervenciones en competiciones por producir el fragmento más viral, esa distinción merece atención.

Muñoz no elogia las ideas de Rufián: elogia su capacidad para defenderlas
La portavoz popular explicó que valora especialmente a quienes no acuden a un debate limitándose a recitar una argumentación previamente preparada.
En ese contexto contrapuso distintos estilos.
Sobre el vicepresidente primero y ministro de Economía, Carlos Cuerpo, utilizó una descripción muy negativa, definiéndolo como un interlocutor “robótico” y repetitivo que, según su percepción, apenas se mueve de su discurso inicial. Cuerpo ocupa efectivamente la Vicepresidencia Primera desde marzo de 2026, aunque esa caracterización pertenece exclusivamente a la valoración política de Muñoz, no a un hecho objetivo.
Su valoración de Félix Bolaños y Gabriel Rufián fue completamente diferente.
A ambos les reconoce “cintura” para contestar y capacidad para construir una respuesta en función de aquello que escucha. Sobre Rufián fue incluso más explícita: destacó su capacidad de análisis y de debate.
Eso explica por qué la frase resulta más interesante de lo que inicialmente parece.
Muñoz no está afirmando que Rufián tenga razón.
Está diciendo que merece ser escuchado como adversario porque sabe argumentar aquello con lo que ella no está de acuerdo.
La diferencia es enorme.
“No me considero enemiga de nadie”
Cuando le preguntaron si Rufián era una especie de archienemigo político, Muñoz rechazó directamente esa definición.
Recordó que el dirigente de ERC ha expresado abiertamente su intención de impedir políticamente que el PP gobierne y, por extensión, que ella pudiera llegar a convertirse en ministra. Pero también destacó que Rufián ha reconocido públicamente cualidades suyas, entre ellas su preparación y capacidad parlamentaria. Para Muñoz, esos dos elementos no son contradictorios: puede existir oposición política extrema y respeto personal simultáneamente.
Quizá esta sea la parte que mejor resume su razonamiento.
Un adversario intenta derrotarte políticamente.
Un enemigo desea destruirte personalmente.
No son conceptos equivalentes.
La democracia debería funcionar precisamente mediante la primera relación.
Y no estamos hablando de dos políticos que se traten con suavidad
Sería un error interpretar estas declaraciones como prueba de que Muñoz y Rufián mantienen debates especialmente amables.
Ocurre prácticamente lo contrario.
El Diario de Sesiones del Congreso recoge un ejemplo muy reciente. Durante el pleno del 17 de junio, Ester Muñoz se dirigió directamente al portavoz republicano durante una intervención extremadamente dura y le preguntó: “Señor Rufián, ¿cuánta mierda más va a tragar?”, en referencia a la continuidad del apoyo parlamentario al Gobierno.
Es difícil imaginar una formulación más agresiva.
Y precisamente por eso sus declaraciones actuales tienen mayor interés.
No estamos ante una política elogiando a alguien con quien apenas mantiene conflictos.
Estamos ante dos dirigentes capaces de protagonizar enfrentamientos muy duros y reconocer después que el otro posee habilidades políticas.
Esto permite plantear una pregunta incómoda: ¿hemos confundido durante demasiado tiempo la intensidad del debate con el desprecio personal?
La política necesita precisamente adversarios capaces de hacerte pensar
Desde nuestro punto de vista, esta es la parte más valiosa de la reflexión de Muñoz.
La política pierde calidad cuando un diputado únicamente conversa con personas que ya comparten sus premisas.
Si cada lado considera al contrario estúpido, inmoral o incapaz de aportar absolutamente nada, el Parlamento deja de ser un espacio de deliberación y se transforma en una sucesión de mítines pronunciados dentro del mismo edificio.
Debatir de verdad significa aceptar un riesgo.
Que el otro formule una pregunta para la que no tienes respuesta.
Que detecte una contradicción.
Que presente un dato nuevo.
O incluso que consiga modificar parcialmente tu posición.
Muñoz reconoce que existen muy pocas personas capaces de provocarle ese efecto.
La afirmación tiene una consecuencia interesante: un buen rival puede mejorar tu propia política.
Rufián también ha construido buena parte de su perfil alrededor de ese choque
Gabriel Rufián lleva en el Congreso desde la XI Legislatura y actualmente continúa como portavoz titular del Grupo Parlamentario Republicano en la Junta de Portavoces. Su trayectoria parlamentaria se ha caracterizado por intervenciones muy directas, lenguaje coloquial y una notable capacidad para producir frases que trascienden el propio hemiciclo.
Ese estilo ha generado admiradores y detractores.
Para algunos, consigue introducir mensajes políticos complejos utilizando un lenguaje comprensible.
Para otros, determinados momentos de su trayectoria han acercado excesivamente la política parlamentaria al espectáculo.
La valoración de Muñoz introduce un matiz diferente: independientemente de lo que piense sobre sus propuestas, considera que Rufián escucha y responde, algo que ella diferencia claramente de limitarse a leer una consigna.
No es un elogio menor viniendo de alguien cuyo partido compite frontalmente contra buena parte de las posiciones defendidas por ERC.
El respeto mutuo tampoco elimina una diferencia esencial: quieren proyectos de país incompatibles
Muñoz también deja clara esta frontera.
Habla de “antípodas” ideológicas.
ERC defiende posiciones sobre la organización territorial de España, Cataluña, políticas sociales y alianzas parlamentarias que chocan profundamente con las del Partido Popular.
Por tanto, reconocer habilidades personales no significa relativizar esas diferencias.
Muñoz quiere contribuir a que el proyecto político de Rufián no llegue al poder.
Rufián pretende exactamente lo mismo respecto al PP.
Eso es competencia democrática.
El problema comienza cuando la política necesita presentar al otro no como equivocado, sino como ilegítimo simplemente por existir.
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Aquí aparece una paradoja especialmente interesante
La política española lleva años recompensando públicamente la confrontación.
Un vídeo donde dos diputados se insultan puede acumular millones de reproducciones.
Una conversación donde uno reconoce una buena idea del adversario difícilmente obtiene el mismo recorrido.
Los incentivos comunicativos son evidentes.
Cuanto más absoluta sea la condena del contrario, más sencillo resulta movilizar al público propio.
Pero existe un coste.
Si durante años explicamos a los ciudadanos que el adversario es moralmente repugnante, después resulta mucho más difícil justificar cualquier acuerdo parlamentario.
Y las democracias parlamentarias necesitan acuerdos.
Especialmente cuando ningún partido posee mayoría absoluta.
Por eso el mensaje de Muñoz acerca de Rufián tiene una dimensión que supera a ambos nombres.
La democracia necesita desacuerdo sin deshumanización.
Sin embargo, Muñoz establece una excepción absoluta: EH Bildu
La entrevista introduce después un límite mucho más polémico.
Muñoz afirma que existe un espacio político con el que no quiere mantener siquiera ese reconocimiento personal: EH Bildu. Según su explicación, considera inaceptable relacionarse normalmente con personas a las que atribuye una justificación histórica de la violencia de ETA, y recordó además la controversia de las candidaturas municipales de 2023.
Aquí conviene introducir contexto porque estamos ante una cuestión profundamente disputada.
Es cierto que en las elecciones municipales y autonómicas de 2023 EH Bildu incluyó en sus listas a personas condenadas por terrorismo. Siete de ellas habían sido condenadas por delitos de sangre y terminaron anunciando que no asumirían sus cargos después de la fuerte polémica política y social.
Por tanto, cuando Muñoz menciona aquel episodio, se refiere a un hecho documentado.
Pero otra parte de su formulación pertenece a su interpretación política.
Decir que todo EH Bildu “justifica que se haya asesinado” necesita matices
La coalición abertzale ha realizado pronunciamientos públicos sobre la violencia de ETA que deben formar parte del contexto.
En octubre de 2021, Arnaldo Otegi y Arkaitz Rodríguez expresaron públicamente su pesar por el sufrimiento de las víctimas de ETA y afirmaron que aquel dolor “nunca debió haberse producido”. Un año después, la entonces portavoz de EH Bildu en el Congreso, Mertxe Aizpurua, reiteró públicamente ese reconocimiento hacia las víctimas.
Al mismo tiempo, esos pronunciamientos han sido considerados insuficientes por asociaciones de víctimas y partidos que reclaman una condena política más explícita de la trayectoria de ETA, además de mayores pasos en materia de memoria y esclarecimiento.
Por tanto, la “línea roja” de Muñoz es una posición política legítima dentro del debate democrático, pero no debería presentarse como si su caracterización de todos los integrantes de EH Bildu fuera una descripción neutral e indiscutida.
Ese matiz es fundamental.
La propia contradicción de Muñoz demuestra lo difícil que resulta aplicar su principio
Ella defiende que debe ser posible valorar cualidades en adversarios situados en las antípodas.
Después establece un límite donde considera que esa regla deja de aplicarse.
Esto no invalida necesariamente su argumento.
Todas las personas poseen límites morales.
La cuestión interesante consiste en decidir dónde deben colocarse.
Para Muñoz están en EH Bildu.
Para otros partidos pueden estar en Vox.
Para determinadas formaciones independentistas, el límite puede encontrarse en partidos que consideran responsables de determinadas actuaciones del Estado.
Y precisamente ahí se demuestra que hablar de respeto democrático es fácil en abstracto.
Lo difícil es aplicarlo al adversario que realmente nos resulta intolerable.
El elogio también beneficia a Ester Muñoz
Existe además una lectura comunicativa.
Reconocer capacidad en un adversario puede reforzar la imagen de quien realiza el elogio.
Muñoz se presenta como alguien suficientemente segura de sus propias ideas como para no necesitar negar el talento del contrario.
En política, decir “mi rival es inteligente” también puede funcionar como declaración de confianza en uno mismo.
No necesita describir a Rufián como incompetente para justificar por qué se opone a él.
Argumenta que está equivocado.
Eso eleva el nivel de la discusión.
Pero Rufián tampoco debería quedar idealizado
Que Muñoz valore su capacidad dialéctica no convierte automáticamente todos sus discursos en ejemplos de buen parlamentarismo.
Rufián ha construido parte de su éxito precisamente mediante confrontaciones muy duras y frases destinadas a circular fuera del Congreso.
Lo mismo puede decirse de Ester Muñoz.
El ejemplo oficial de junio demuestra que ella tampoco evita las expresiones agresivas cuando busca elevar la presión política.
Por eso quizá el valor de esta entrevista no esté en presentarlos como modelos de moderación.
No lo son necesariamente.
Está en demostrar que incluso quienes practican una política extremadamente combativa pueden distinguir entre combatir una idea y negar cualquier virtud a la persona que la defiende.
Nuestra valoración: ésta debería ser una normalidad y, sin embargo, parece una sorpresa
Lo verdaderamente extraño de las palabras de Ester Muñoz es que hayan resultado sorprendentes.
En una democracia madura debería ser normal que una portavoz del PP pudiera decir:
Rufián está profundamente equivocado.
Quiero derrotar políticamente su proyecto.
Y además considero que sabe debatir.
Las tres afirmaciones pueden coexistir perfectamente.
Del mismo modo, Rufián puede intentar impedir un Gobierno del PP y reconocer simultáneamente que Muñoz estudia, prepara sus intervenciones y posee capacidad parlamentaria.
El problema aparece cuando convertimos cualquier reconocimiento hacia el adversario en sospecha de debilidad.
La política termina entonces premiando una caricatura permanente.
El otro nunca puede acertar.
Nunca puede tener una buena idea.
Nunca puede ser preparado.
Nunca puede ser decente.
Y si algún día llegamos a un acuerdo, debemos explicar a nuestros propios votantes por qué acabamos de pactar con la persona que llevábamos años describiendo como prácticamente monstruosa.
Ese modelo empobrece a todos.
Rufián y Muñoz representan algo más complejo que una amistad improbable
No parece que estemos ante una amistad política.
Tampoco hace falta.
El Congreso no necesita que sus diputados sean amigos.
Necesita que sepan para qué sirve un Parlamento.
Discutir.
Controlar.
Negociar.
Argumentar.
Votar.
Y, ocasionalmente, cambiar de posición porque el argumento contrario era mejor.
La propia Muñoz dice valorar especialmente a las personas capaces de hacerla pensar.
Eso, quizá, sea mucho más importante que todas las frases sobre “enemigos”.
Porque un Parlamento donde nadie está dispuesto a escuchar ya no es exactamente un espacio de debate.
Es únicamente un escenario con micrófonos.
Y por eso la afirmación más relevante de toda la entrevista no es que Gabriel Rufián le caiga mejor o peor.
Es otra:
Ester Muñoz reconoce que un adversario situado en sus antípodas puede obligarla a pensar.
En tiempos de trincheras políticas, quizá esa sea una de las formas más útiles de respeto.
La pregunta que queda abierta resulta inevitable:
¿mejoraría la política española si los diputados fueran capaces de atacar con la misma dureza las ideas del adversario, pero dejaran de necesitar convertir también a la persona que las defiende en un enemigo al que no se puede reconocer absolutamente nada?