¿QUÉ OCULTA AYUSO? ¿QUÉ HAY TRAS SU POLÍTICA? SUS SECRETOS, SUS PACTOS, SUS INTERESES…

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Los fantasmas de Isabel Díaz Ayuso a pocos días de ser presidenta | Tribunales | Actualidad | Cadena SER
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David Fernández retrata el poder de Ayuso: Quirón, Planeta, Miguel Ángel Rodríguez y la corte política que gobierna Madrid.

 

La política madrileña vuelve a quedar bajo el foco tras la publicación de un libro que promete incomodar a muchos de los actores que han rodeado el ascenso de Isabel Díaz Ayuso. El periodista de investigación David Fernández ha presentado una biografía no autorizada sobre la presidenta de la Comunidad de Madrid en la que reconstruye su llegada al poder, sus alianzas, sus conflictos internos, su relación con determinados grupos empresariales y el papel decisivo que, según su investigación, ha desempeñado Miguel Ángel Rodríguez en la creación del personaje político que hoy domina buena parte del debate nacional.

La conversación con Fernández no gira únicamente alrededor de Ayuso como dirigente autonómica. El retrato es mucho más amplio. Habla de la Comunidad de Madrid como un laboratorio político donde se mezclan empresas sanitarias, grupos mediáticos, publicidad institucional, televisión pública, guerras internas del Partido Popular, relaciones personales convertidas en problemas políticos y una estrategia de comunicación basada en la confrontación permanente. Según el periodista, para entender a Ayuso hay que mirar mucho más allá de sus frases, sus campañas o sus mayorías electorales. Hay que mirar la red de intereses que se mueve alrededor del poder madrileño.

Uno de los primeros asuntos que Fernández coloca sobre la mesa es la relación entre el Gobierno regional y dos nombres clave: Quirón y Planeta. Según su relato, una de las decisiones relevantes de Ayuso al llegar al poder fue atender asuntos que durante la etapa de Cristina Cifuentes habían generado tensiones. Por un lado, el grupo Planeta aspiraba a sacar adelante una universidad privada en Madrid. Por otro, el grupo Quirón, que gestiona varios hospitales dentro del sistema sanitario madrileño mediante fórmulas de colaboración público-privada, reclamaba pagos pendientes y mayor agilidad administrativa.

Fernández sostiene que Ayuso vivió de cerca esas tensiones durante la etapa de Cifuentes y que extrajo una lección política clara: en Madrid, ciertos poderes empresariales y mediáticos no son actores secundarios. Pueden acompañar, sostener, condicionar o erosionar carreras políticas. La caída de Cifuentes, en su interpretación, no se explica solo por el caso del máster o por el vídeo del supermercado, sino también por un clima de pérdida de apoyos entre determinados sectores influyentes. Cifuentes, según cuenta el periodista, habría transmitido a su entorno que su final político tuvo mucho que ver con su enfrentamiento con intereses que no conviene subestimar.

Esa lectura convierte el arranque del Gobierno de Ayuso en algo más que una transición ordinaria dentro del Partido Popular madrileño. Para Fernández, la nueva presidenta entendió pronto que debía mantener una relación más funcional con esos poderes. La aprobación de la universidad vinculada al grupo Planeta y la agilización de pagos a Quirón aparecen en su relato como decisiones que permiten entender cómo se construye estabilidad política en la Comunidad de Madrid. No se trata necesariamente de afirmar una irregularidad jurídica, sino de describir una lógica de poder: quien gobierna Madrid no solo gobierna con votos, sino también con equilibrios empresariales, mediáticos e institucionales.

En ese mapa aparece la figura de Mauricio Casals, directivo vinculado al grupo Planeta y, según recuerda Fernández, relacionado también con el entorno fundacional de Quirón. El periodista utiliza esa conexión para mostrar cómo determinados mundos que parecen separados —sanidad privada, medios de comunicación, universidades privadas y poder autonómico— pueden cruzarse en un mismo ecosistema. Madrid, en esa lectura, no es solo una comunidad autónoma. Es una estructura de relaciones donde la política, la empresa y los medios se observan, se necesitan y se condicionan mutuamente.

La caída de Cristina Cifuentes ocupa un lugar esencial en el relato. Fernández recuerda que la versión más conocida de su salida incluye el escándalo del máster y la difusión del vídeo en el que se la veía en un supermercado. Pero el periodista insiste en que esa caída debe entenderse en un contexto más amplio. Cifuentes había sido durante un tiempo una figura ascendente dentro del PP, presentada incluso por algunos medios como un posible relevo generacional. Sin embargo, cuando dejó de ser útil o dejó de contar con determinados respaldos, antiguos apoyos se transformaron en enemigos o en silencios estratégicos.

El episodio del vídeo de las cremas es especialmente revelador para Fernández porque muestra cómo determinadas informaciones pueden permanecer guardadas durante años y aparecer justo cuando el equilibrio de poder cambia. Según su relato, la existencia del vídeo era conocida en círculos políticos madrileños desde hacía tiempo. Cifuentes habría vivido durante años con esa sombra hasta que finalmente la grabación fue publicada y terminó de hundir su carrera política. Para el periodista, esa secuencia enseña una de las reglas no escritas del poder madrileño: muchas veces no importa solo qué información existe, sino cuándo se utiliza, quién la conserva y contra quién se activa.

En esa parte de la conversación aparece también Eduardo Inda, mencionado como un actor mediático con capacidad para influir en la demolición pública de figuras políticas. Fernández se muestra muy crítico con una forma de hacer periodismo que, a su juicio, mezcla información, presión, intereses publicitarios y estrategia política. Habla de un estilo que no comparte y que considera más cercano a la acción política que al periodismo entendido como fiscalización rigurosa del poder. La crítica es dura, pero encaja en uno de los ejes centrales del libro: la importancia de los medios en la construcción y destrucción de carreras públicas.

El periodista no limita su análisis a los nombres propios. También habla de la publicidad institucional como herramienta de poder. Según Fernández, el reparto de campañas, la inversión pública en medios y la clasificación informal entre medios afines y medios hostiles han adquirido en la Comunidad de Madrid una importancia decisiva. En su experiencia como periodista que ha cubierto la política madrileña durante años, afirma no haber visto con gobiernos anteriores el mismo nivel de exigencia de lealtad mediática que observa en la etapa de Ayuso y Miguel Ángel Rodríguez.

Aquí entra el segundo gran protagonista de la historia: Miguel Ángel Rodríguez, conocido como MAR. Para Fernández, no se puede entender el fenómeno Ayuso sin su jefe de gabinete. Lo presenta como el gran arquitecto del personaje político que hoy ocupa el centro de la derecha española. Ayuso llegó a la presidencia de Madrid en 2019 con el peor resultado histórico del PP en la región, gracias al apoyo de Ciudadanos y Vox. En aquel momento, según el relato de Fernández, no era percibida como una líder sólida. Cometía errores, no tenía aún un discurso poderoso y muchos dentro de su propio partido la veían como una dirigente accidental.

Miguel Ángel Rodríguez aparece entonces como el hombre que detecta una oportunidad. Ayuso necesitaba un giro estratégico y MAR necesitaba una segunda oportunidad para demostrar que seguía siendo capaz de fabricar liderazgos. Fernández lo describe como un creador de personajes, un profesional de la comunicación política con colmillo, experiencia y una inclinación clara por manejar los hilos desde la sombra. La alianza entre ambos habría funcionado porque cada uno ofrecía al otro algo necesario: ella tenía el cargo y la proyección; él tenía el método, la agresividad comunicativa y el instinto para convertir una debilidad en una marca política.

La fórmula consistió en construir una Ayuso reconocible, confrontativa, emocionalmente directa y siempre enfrentada a Pedro Sánchez. La presidenta madrileña dejó de ser una dirigente regional con problemas de solidez para convertirse en símbolo nacional de una derecha combativa. Madrid pasó a presentarse como el territorio de la libertad frente al Gobierno central, de los impuestos bajos frente al intervencionismo, de la hostelería abierta frente a las restricciones, de la identidad madrileña frente al “sanchismo”. Ese marco, repetido una y otra vez, convirtió a Ayuso en algo más que una presidenta autonómica: la convirtió en una marca.

Para Fernández, ese personaje no surgió de manera espontánea. Fue diseñado, pulido y protegido por Miguel Ángel Rodríguez. El periodista afirma que dentro del Gobierno regional y del PP madrileño muchos saben que MAR no es un simple asesor. Es una pieza estructural del poder de Ayuso. Con el paso de los años, la presidenta ha aprendido, se ha fortalecido y ha desarrollado una voz propia, pero el molde inicial fue diseñado por su jefe de gabinete. Según Fernández, quien niegue ese papel decisivo no conoce cómo funciona realmente el poder en Madrid.

Uno de los episodios más graves que se mencionan en la entrevista es el supuesto intento de Miguel Ángel Rodríguez de intervenir en Telemadrid. Fernández cuenta que, durante la etapa de José Pablo López al frente de la televisión pública madrileña, MAR habría trasladado una lista de personas que debían salir y otras que debían entrar. La frase que atribuye a aquel contexto es muy significativa: “Vuestro problema es que no sabéis obedecer”. Si ese episodio ocurrió en los términos relatados, plantea una cuestión institucional de enorme relevancia: hasta qué punto un Gobierno autonómico puede presionar a una televisión pública que debería mantener autonomía editorial.

El periodista sostiene que el equipo de Telemadrid no aceptó esas imposiciones y que incluso se habría dejado constancia notarial de lo ocurrido. Después, tras la consolidación electoral de Ayuso y los cambios legales en el ente público, el equipo directivo acabó fuera. El episodio ilustra, según Fernández, una forma de entender los medios públicos no como espacios de pluralidad, sino como instrumentos que deben alinearse con el poder político. La diferencia entre una televisión pública de los ciudadanos y una televisión pública al servicio del gobierno de turno se convierte así en una de las grandes preguntas del caso.

La publicidad institucional aparece como la otra vía de control. Fernández no habla de sobres ni de pagos clandestinos, sino de campañas oficiales, contratos publicitarios y dependencia económica. Según su experiencia, algunos medios saben que criticar demasiado al Gobierno regional puede tener consecuencias en acceso, relación institucional o inversión publicitaria. Y otros, por el contrario, reciben con facilidad discursos, enfoques y materiales prácticamente listos para publicar. El resultado, según él, es un ecosistema donde la independencia periodística queda condicionada por la necesidad económica y por la proximidad al poder.

Esa lógica se vuelve especialmente relevante cuando aparece el caso Alberto González Amador, pareja de Ayuso. Fernández lo califica como una “bomba de relojería” para el entorno de la presidenta. González Amador, empresario vinculado profesionalmente al grupo Quirón, está investigado por presuntos delitos fiscales y falsedad documental. La presidenta ha defendido que el caso forma parte de una operación política contra ella impulsada desde el Gobierno central. Sus críticos, en cambio, sostienen que se trata de un asunto fiscal con documentación suficiente y que Ayuso decidió convertirlo en una guerra política para proteger su relato.

Fernández considera que, desde el punto de vista comunicativo, Ayuso y Miguel Ángel Rodríguez podrían haber optado por una estrategia de contención: presentar el asunto como un problema personal de su pareja, dejar actuar a los abogados, permitir una eventual regularización o acuerdo y evitar colocar a la presidenta en el centro del caso. Sin embargo, eligieron la vía contraria. Ayuso salió en primera línea, denunció una operación de Estado, habló de ataques desde Moncloa y transformó el procedimiento fiscal de su pareja en una batalla contra Pedro Sánchez.

Para Fernández, esa decisión no fue accidental. Responde a la propia naturaleza del personaje construido por Ayuso y MAR: una líder que no se repliega, que convierte cada crisis en una ofensiva y que necesita confrontar siempre con Sánchez para reforzar su identidad política. El problema es que esa estrategia eleva el coste de cualquier asunto personal. Cuando la presidenta decide asumir públicamente la defensa política de su pareja, el caso deja de pertenecer solo al ámbito privado y pasa a formar parte del debate institucional.

El periodista también introduce un elemento incómodo: la relación entre la pareja de Ayuso y Quirón. González Amador trabajaba con el grupo sanitario que mantiene importantes vínculos con la sanidad concertada madrileña. Además, la actual consejera de Sanidad procede también de ese entorno. Fernández no afirma que esa coincidencia pruebe por sí misma una ilegalidad, pero sí sostiene que resulta políticamente y estéticamente difícil de defender. En un contexto donde la sanidad pública madrileña es objeto de debate permanente, cualquier conexión entre el entorno personal de la presidenta y uno de los grandes beneficiarios del modelo sanitario concertado adquiere una carga simbólica evidente.

En esa línea, Fernández plantea una reflexión sobre el modelo sanitario madrileño. La Comunidad de Madrid ha recurrido durante años a conciertos con hospitales privados para prestar servicios dentro de la red pública. Sus defensores lo presentan como colaboración necesaria para atender a una población creciente. Sus críticos consideran que ese modelo desvía dinero público hacia operadores privados en lugar de reforzar directamente hospitales públicos. El periodista se posiciona claramente a favor de lo público y sostiene que el dinero de los impuestos debería priorizar la sanidad pública antes que alimentar conciertos privados.

El libro también aborda el caso de una pareja anterior de Ayuso, Jairo, conocido públicamente como “el peluquero”. Fernández relata una anécdota según la cual una constructora habría intentado contratarlo durante su relación con la presidenta madrileña. Según su versión, Ayuso habría advertido entonces con buen criterio que quizá estaban intentando llegar a ella a través de su pareja. El periodista utiliza esa historia para comparar esa prudencia con la reacción posterior ante González Amador. En su lectura, Ayuso sí habría entendido en el pasado los riesgos de que una pareja sentimental pudiera ser utilizada como vía de influencia, pero no aplicó el mismo criterio cuando estalló el caso de su actual pareja.

Otro gran capítulo es la guerra entre Ayuso y Pablo Casado. Fernández recuerda que Casado fue quien eligió a Ayuso como candidata en 2019. Ambos mantenían una relación de confianza desde su etapa de militancia en el PP madrileño. Sin embargo, esa relación acabó rota de forma brutal cuando el equipo de Casado recibió información sobre la comisión cobrada por el hermano de Ayuso durante la pandemia en relación con un contrato de mascarillas. Según Fernández, la información era veraz en su núcleo, pero la dirección nacional del PP gestionó el asunto de manera torpe, intentando reunir pruebas y moverlo mediáticamente sin una estrategia sólida.

La batalla terminó convertida en una guerra civil interna. Ayuso acusó a la dirección nacional de espiarla y de atacar a su familia. Casado intentó pedir explicaciones y quedó políticamente aislado. La militancia madrileña, buena parte de los medios afines y sectores del partido cerraron filas con Ayuso. El resultado fue la caída de Casado y la llegada de Alberto Núñez Feijóo a la dirección nacional del PP. Para Fernández, Casado perdió porque no tenía el poder mediático, institucional ni emocional que Ayuso había acumulado en Madrid.

Ese episodio muestra, según el periodista, la crudeza de la política profesional. Muchos dirigentes que en privado animaban a Casado o le daban la razón se apartaron cuando vieron que Ayuso podía ganar la batalla. La supervivencia personal, los cargos públicos y la disciplina interna pesaron más que la coherencia. Fernández describe ese mundo como un espacio donde no siempre gana quien tiene razón, sino quien tiene más poder, más relato y más capacidad para castigar a los disidentes.

La entrevista permite ver también la experiencia personal de Fernández dentro de la comunicación política. El periodista cuenta que durante una etapa trabajó en el Ayuntamiento de Madrid con un Gobierno del Partido Popular, no por militancia, sino como profesional de comunicación. Esa experiencia le permitió observar desde dentro cómo funcionan los asesores, los discursos internos, los halagos constantes al político y la necesidad de estar siempre dentro del carril marcado por el partido. De ahí extrae una conclusión amarga: en política, muchas veces no se premia tanto valer como estar.

Ese diagnóstico conecta con el título mismo del libro: zancadillas, intrigas y venganzas en la corte de Madrid. La palabra “corte” no es casual. Fernández presenta el poder madrileño como una corte contemporánea donde los cargos, asesores, periodistas, empresarios y dirigentes se mueven alrededor de la figura central, buscando acceso, protección o supervivencia. En ese entorno, las lealtades son frágiles, los favores pesan, los silencios se administran y las caídas rara vez son inocentes.

El retrato final de Ayuso es complejo. No aparece solo como una dirigente fabricada por otros, pero tampoco como una líder surgida únicamente de su talento natural. Fernández la presenta como una política que fue subestimada, que aceptó ser moldeada, que aprendió rápido y que terminó superando a muchos de sus creadores. Primero fue elegida por Casado. Después se apoyó en Miguel Ángel Rodríguez. Luego derrotó a Casado. Ahora compite simbólicamente con Feijóo por el liderazgo emocional de la derecha. Esa evolución explica por qué su figura resulta tan incómoda incluso dentro de su propio partido.

La pregunta sobre su futuro sigue abierta. ¿Quiere Ayuso llegar a La Moncloa? Fernández sugiere que sus ambiciones nacionales existen, pero que su camino dependerá de muchos factores: el resultado de Feijóo, la evolución judicial de los casos que rodean su entorno, la fortaleza de Miguel Ángel Rodríguez, el respaldo mediático y la paciencia de los poderes que hoy la sostienen. En política, especialmente en Madrid, nadie es intocable para siempre. Cifuentes lo fue hasta que dejó de serlo. Casado parecía controlar el partido hasta que fue expulsado de la escena. Ayuso parece hoy más fuerte que nunca, pero también arrastra bombas de relojería.

El libro de David Fernández no pretende ser una biografía amable. Es una investigación crítica sobre una dirigente que ha convertido Madrid en el centro ideológico de la derecha española. Sus detractores verán en la obra una confirmación de sus sospechas sobre poder, medios y negocios. Sus defensores probablemente la considerarán un ataque político más contra una presidenta que gana elecciones. Pero el valor del relato está en que obliga a mirar detrás del decorado.

Detrás de los lemas de libertad, de las campañas contra Sánchez y de la imagen de liderazgo espontáneo hay una maquinaria. Una maquinaria de comunicación, alianzas, publicidad, poder empresarial, televisión pública, guerras internas y relatos cuidadosamente construidos. Esa es la tesis central que atraviesa la entrevista: Ayuso no es solo Ayuso. Ayuso es también el sistema que la hizo posible, la protegió, la impulsó y la convirtió en el fenómeno político más poderoso de Madrid.

Y quizá por eso el libro resulta tan incómodo. Porque no habla únicamente de una presidenta. Habla de cómo funciona el poder cuando nadie mira. Habla de los favores que no siempre se escriben, de los silencios que valen tanto como una portada, de los medios que se alinean, de los asesores que moldean personajes y de los partidos que sacrifican a los suyos cuando dejan de ser útiles. Habla, en definitiva, de una política donde la democracia formal convive con una corte de intereses que decide quién sube, quién cae y quién merece ser protegido.

La historia de Ayuso, tal como la cuenta David Fernández, es la historia de una dirigente que llegó casi por descarte, sobrevivió contra pronóstico, aprendió a dominar el conflicto y acabó convirtiéndose en una figura nacional. Pero también es la historia de un modelo de poder que plantea preguntas incómodas sobre la relación entre dinero público, medios de comunicación, empresas privadas y liderazgo político. Y esas preguntas, más allá de Ayuso, afectan a la calidad democrática de todo el sistema.