Lucía Rivera ha roto el silencio tras la muerte de su abuelo con una confesión que refleja hasta qué punto esta despedida la ha golpeado.
Lucía Rivera despide al hombre que fue abuelo, refugio y figura paterna: un duelo que ahora pide vivir lejos del ruido
Hay pérdidas que obligan a reorganizar mucho más que los recuerdos. Cuando desaparece alguien que durante años ocupó varios lugares emocionales a la vez —abuelo, confidente, protector y referencia paterna— resulta difícil explicar el vacío mediante una sola palabra.
Eso es lo que está atravesando Lucía Rivera tras la muerte de su abuelo Rafael Pablo Romero, padre de Blanca Romero, fallecido el domingo 9 de agosto en Gijón a los 81 años. La modelo ha roto su silencio con un mensaje especialmente contenido en el que agradece las muestras de cariño, pero reconoce que todavía se encuentra intentando asimilar una pérdida que le afecta de forma profunda.
Lucía ha admitido que “todo me duele mucho” y que necesitará tiempo antes de volver a llevar su vida con normalidad. Pero quizá la parte más importante de su mensaje no sea únicamente la expresión del dolor. También ha formulado una petición clara: desea atravesar este proceso con la mayor privacidad posible.
Y esa petición merece ser escuchada.
Porque Rafael Pablo Romero no era para ella simplemente “el abuelo de una famosa”. Durante años, Lucía explicó públicamente que había encontrado en sus abuelos una estabilidad muy especial. En una entrevista concedida a ¡HOLA! en 2018 llegó a definirlos como las personas que le proporcionaban paz y aseguró que su vínculo con ellos ocupaba un espacio casi paternal en su vida.
El dolor de hoy ya estaba escrito en muchas declaraciones anteriores
La importancia de Rafael en la vida de Lucía no ha aparecido de repente después de su muerte.
Está documentada desde hace años.
Cuando tenía poco más de veinte, Lucía explicaba que acudía instintivamente a su abuela cuando necesitaba refugio y utilizaba una frase muy reveladora: “Mis abuelos significan la paz para mí”.
Con el paso del tiempo, esa idea se hizo todavía más concreta.
En marzo de este mismo año, coincidiendo con el Día del Padre, Lucía dedicó mensajes distintos a Cayetano Rivera y a Rafael. A Cayetano lo llamó padre y confidente; a su abuelo le reservó una declaración donde lo describía como el hombre que más querida la había hecho sentir y como alguien a quien debía muchísimo.
Ese detalle resulta importante porque evita construir una falsa competición entre figuras paternas.
Lucía ha expresado afecto por Cayetano Rivera y, simultáneamente, ha explicado que Rafael desempeñó una función excepcional en su infancia y juventud. Una relación no necesita borrar la otra.
Las familias reales suelen ser bastante más complejas que los titulares.
Rafael no fue solamente un abuelo que aparecía en fotografías familiares
La frase con la que Lucía lo homenajeó en marzo iba mucho más allá de un simple mensaje protocolario.
Lo presentaba como alguien que le enseñó una determinada forma de cariño, que la hizo sentirse protegida y que estuvo presente cuando necesitaba reparar heridas emocionales.
Por eso su duelo actual se entiende mejor cuando dejamos de mirar únicamente el parentesco.
La genealogía dice “abuelo”.
La experiencia de Lucía parece decir algo bastante más grande.
En numerosas familias existen personas que, sin sustituir formalmente a nadie, terminan ocupando funciones emocionales esenciales. Un abuelo puede convertirse en quien recoge del colegio, escucha problemas, calma discusiones, crea rutinas y representa estabilidad cuando el resto de la vida adulta está llena de cambios.
Ese tipo de vínculo no necesita una etiqueta jurídica.
Se construye mediante presencia.
Y cuando desaparece, el duelo también puede sentirse como la pérdida de varias figuras al mismo tiempo.
Los últimos meses ya habían sido difíciles
La familia llevaba tiempo preocupada por la salud de Rafael.
En noviembre de 2025, Lucía explicó públicamente que acababa de regresar de Asturias después de cuidarlo y reconoció que no estaba atravesando un buen momento emocional. Evitó revelar detalles médicos, pero aprovechó aquella experiencia para llamar la atención sobre las dificultades que afrontan muchas familias cuando una persona dependiente necesita cuidados continuos.
Blanca Romero también había hablado de la enfermedad de su padre y de los viajes frecuentes a Asturias para permanecer cerca de él. Según la información publicada tras su fallecimiento, Rafael había sufrido problemas de salud durante meses y había requerido atención hospitalaria.
Lucía, por tanto, no se enfrenta a una historia de la que estuviera distante.
Había participado en los cuidados.
Había regresado a Asturias.
Había observado de cerca el deterioro.
Y aun cuando una familia sabe que una persona mayor está delicada, anticipar intelectualmente una pérdida no significa estar preparado emocionalmente para ella.

“Voy a tardar mucho en estar bien”
La frase con la que Lucía describe su estado evita la habitual obligación pública de decir que uno está “tirando para adelante” pocas horas después de perder a alguien.
Ha reconocido directamente que no está bien.
No parece interesada en representar fortaleza para tranquilizar al exterior.
Está desconectando, alejándose y tratando de procesar el duelo a su manera. También ha explicado que no puede responder individualmente a todas las personas que le escriben, aunque agradece profundamente esas muestras de afecto.
Desde mi punto de vista, esa sinceridad tiene valor.
Existe una presión social extraña alrededor del duelo. Se espera que alguien agradezca, explique cómo se encuentra, aparezca ante las cámaras y, poco después, vuelva al trabajo aparentando normalidad.
Pero la muerte de una figura fundamental no funciona mediante calendario.
No existe una cantidad correcta de días para recomponerse.
Y decir públicamente “voy a tardar” puede ser también una manera sana de establecer límites.
La petición de Lucía a los medios debería formar parte central de la noticia
Existe otro aspecto que merece atención.
Lucía no se limitó a hablar de su dolor. También pidió a determinados medios que retiraran fotografías empleadas para informar del fallecimiento porque considera que su abuelo merece preservar privacidad y dignidad incluso después de morir.
Esta petición abre un debate interesante sobre la prensa del corazón.
Cuando alguien pertenece a una familia famosa, ¿hasta dónde llega el interés informativo?
Lucía y Blanca son figuras públicas.
Rafael, en cambio, desarrolló una vida mucho más alejada del foco mediático, pese a ser conocido en su entorno asturiano por su actividad profesional. Infobae señala que trabajó como constructor en Gijón y estuvo vinculado, entre otros proyectos, al Gran Hotel Jovellanos de Porceyo.
Que sus familiares sean famosos no transforma automáticamente cada instante privado de su muerte en material público.
Informar de un fallecimiento puede ser legítimo.
La forma de hacerlo también importa.
Especialmente cuando la familia solicita expresamente respeto.
Blanca Romero atraviesa el mismo duelo desde otro lugar
Para Blanca, la pérdida es la de su padre.
La actriz acudió al tanatorio Gijón-Cabueñes el lunes para despedirse de Rafael y agradeció las muestras de cariño recibidas. La familia ha optado por una despedida íntima y la incineración de sus restos estaba prevista dentro de esa privacidad.
Blanca también publicó fotografías familiares y recordó a su padre como una figura decisiva tanto para ella como para sus hijos.
En su despedida señaló que Lucía y Martín no perdían únicamente a un abuelo, sino a alguien que había ejercido para ellos un papel comparable al de un padre.
Ese mensaje coincide plenamente con lo que Lucía llevaba años contando.
No estamos, por tanto, ante una interpretación creada después de la muerte.
La familia hablaba de ese vínculo mucho antes.
También llegaron abrazos desde personas que conocen demasiado bien este dolor
La publicación de Blanca recibió numerosas muestras de apoyo. Entre ellas estuvieron las de Paula Echevarría, que perdió a su propio padre el pasado 30 de julio, y Sara Carbonero, que atraviesa igualmente un duelo familiar reciente.
No hace falta imaginar qué se dijeron en privado.
Lo público basta para observar algo profundamente humano: cuando alguien acaba de atravesar una pérdida semejante, muchas veces una frase breve contiene más comprensión que un discurso elaborado.
El duelo crea una especie de lenguaje compartido.
No elimina el dolor, pero evita tener que explicarlo completamente.
Una familia muy conocida puede necesitar desaparecer unos días
Lucía ha construido buena parte de su carrera en un mundo donde la exposición es prácticamente permanente.
Moda.
Publicidad.
Redes sociales.
Eventos.
Prensa.
Viajes.
En febrero de este mismo año incluso compartía públicamente sus emociones antes de trasladarse temporalmente a Australia por motivos profesionales y hablaba de lo difícil que sería permanecer tan lejos de sus abuelos y del resto de su red afectiva.
Ahora ha elegido lo contrario.
Desconectarse.
Resulta comprensible.
Las redes pueden ser herramientas maravillosas para recibir cariño, pero también pueden convertir el duelo en una experiencia casi pública por obligación.
Cada mensaje exige respuesta.
Cada fotografía genera preguntas.
Cada silencio se interpreta.
A veces la decisión más saludable para una persona conocida puede ser precisamente no ofrecer contenido.
Nuestra mirada: el verdadero legado de un abuelo no cabe en una biografía
Podemos enumerar quién fue Rafael Pablo Romero.
Constructor.
Asturiano de adopción con raíces andaluzas.
Padre de Blanca, Tatiana y Alejandro.
Marido de Blanca Aurora Ezama.
Abuelo de Lucía y Martín.
Apasionado por los toros.
Pero probablemente ninguna de esas etiquetas explique completamente lo que significó para Lucía.
Las palabras que ella ha repetido a lo largo de casi una década ofrecen una imagen diferente.
Paz.
Protección.
Complicidad.
Cariño incondicional.
Presencia.
Eso constituye un legado difícil de fotografiar.
Y posiblemente sea también la razón por la que su muerte está siendo tan dolorosa.
No se pierde únicamente a alguien que formaba parte de las celebraciones familiares.
Se pierde una persona que ayudó a construir la forma en la que te sientes seguro dentro del mundo.
No hace falta embellecer el duelo para comprenderlo
Existe una costumbre frecuente en las noticias sobre fallecimientos: buscar inmediatamente una gran lección positiva.
No siempre es necesario.
A veces una muerte simplemente duele.
Lucía lo ha dicho con una claridad que no necesita adornos.
Ahora está asimilándolo y no sabe cuánto tiempo necesitará para recuperar la normalidad.
Quizá eso sea precisamente lo que quienes la siguen deberían permitirle.
Tiempo.
Silencio.
Distancia.
Y el derecho a decidir qué recuerdos comparte y cuáles conserva únicamente para su familia.
Porque acompañar a alguien en duelo no consiste en pedirle constantemente que explique cómo está.
En ocasiones consiste en aceptar que no quiera explicarlo.
Una reflexión final
Las palabras que Lucía pronunció en 2018 adquieren inevitablemente otra dimensión ahora.
Entonces hablaba de sus abuelos como su lugar de paz.
En marzo de 2026 describía a Rafael como una de las personas que más amor le había dado.
Cinco meses después tiene que aprender a vivir sin él.
Ese recorrido recuerda algo sencillo que demasiadas veces olvidamos mientras las personas que queremos todavía están presentes: los vínculos familiares importantes no se construyen únicamente mediante grandes acontecimientos.
Se construyen acumulando gestos pequeños.
Estar.
Escuchar.
Cuidar.
Aparecer cuando el otro necesita ayuda.
Repetirlo durante años.
Tal vez por eso Rafael terminó siendo para Lucía mucho más que un abuelo.
No porque alguien se lo asignara.
Sino porque lo ejerció mediante su presencia.
Y ahora que esa presencia ya no está, la modelo ha elegido no disfrazar la magnitud de la ausencia.
Dice que le duele.
Que necesita tiempo.
Y pide privacidad.
Quizá el gesto más respetuoso hacia ella y hacia la memoria de Rafael sea precisamente concedérsela.
Porque cuando una persona ha significado hogar durante toda una vida, ¿cómo podría existir una forma rápida o sencilla de aprender a vivir con su ausencia?