Jesús Cintora lanzó una advertencia directa en el programa ‘Mañaneros 360’ tras las críticas a RTVE, haciendo una declaración que cambió el tono del programa.
Cintora convierte una acusación contra RTVE en un debate mayor: quién controla a los periodistas y hasta dónde llega la crítica política
Una televisión pública debe soportar críticas. Muchas. Probablemente más que una cadena privada, porque se financia con recursos públicos y tiene una responsabilidad especial hacia ciudadanos de ideologías muy diferentes.
Pero existe una diferencia importante entre cuestionar una decisión editorial concreta y sugerir que quienes trabajan delante y detrás de sus cámaras actúan sometidos a instrucciones políticas.
Esa diferencia terminó situándose en el centro de Mañaneros 360 después de unas declaraciones del dirigente del Partido Popular Jaime de los Santos sobre RTVE.
El político quiso comenzar mostrando su respaldo a los trabajadores de la corporación después de las agresiones sufridas por periodistas durante las protestas relacionadas con la crisis de Ceuta. Sin embargo, añadió una consideración que modificó completamente el sentido de su intervención: afirmó que algunos profesionales estaban, a su juicio, demasiado condicionados o “manoseados” por la presidencia y la dirección de RTVE.
Jesús Cintora escuchó esas palabras desde el plató de La 1 y decidió responder en primera persona.
Su mensaje fue inequívoco: nadie le dicta lo que tiene que decir.
La frase “a mí no me manosea nadie” se convirtió rápidamente en el gran titular. Pero quedarse únicamente con ella impediría observar el debate mucho más interesante que apareció detrás.
Porque la discusión no habla únicamente de Cintora.
Habla de RTVE, de la presión política sobre los medios públicos, de la independencia profesional de los periodistas y de lo que ocurre cuando el cuestionamiento institucional coincide con un momento en el que varios reporteros están siendo insultados o físicamente agredidos mientras intentan trabajar.

Una crítica política formulada justo después de varias agresiones
El contexto importa especialmente en esta historia.
Durante las manifestaciones relacionadas con Ceuta celebradas en diferentes lugares de España, distintos equipos informativos sufrieron episodios de hostilidad.
RTVE documentó insultos, empujones y agresiones contra profesionales que cubrían las movilizaciones. En Madrid, por ejemplo, el periodista Antonio Gómez Olea tuvo que trabajar mientras algunos manifestantes lo rodeaban e increpaban y la Policía terminó interviniendo para proteger al equipo. Otros periodistas denunciaron golpes, amenazas y dificultades para continuar realizando conexiones en directo.
La situación no fue denunciada exclusivamente por la propia corporación.
La Federación de Asociaciones de Periodistas de España, FAPE, condenó públicamente los ataques y reclamó una mayor protección para quienes estaban cubriendo las protestas. La organización recordó que poder informar con seguridad forma parte del ejercicio del derecho a la información, independientemente del medio para el que trabaje cada periodista.
Ese último detalle es fundamental.
La defensa de un periodista agredido no debería depender de que el espectador comparta la línea editorial que atribuye a su medio.
Se puede considerar que RTVE informa mal.
Se puede criticar un programa.
Se puede señalar una entrevista desequilibrada.
Se puede cuestionar un nombramiento.
Todo eso forma parte del debate democrático.
Pero impedir físicamente que un reportero haga su trabajo pertenece a una categoría completamente distinta.
Jaime de los Santos quiso mostrar apoyo, pero añadió una acusación incómoda
En ese clima llegaron las declaraciones de Jaime de los Santos.
El dirigente popular expresó inicialmente su respaldo a los profesionales de RTVE y reconoció que dentro de la corporación trabajan personas con sensibilidades ideológicas diferentes.
Hasta ahí, su posición difícilmente habría provocado una discusión en el plató.
El conflicto apareció cuando añadió que esos profesionales están, según su valoración, demasiado “manoseados” por la dirección y la presidencia de RTVE.
La elección de esa palabra fue precisamente lo que molestó a Jesús Cintora.
El presentador interpretó que semejante formulación no cuestionaba únicamente a los responsables institucionales, sino también la autonomía de las personas que cada mañana preparan el programa.
Por eso respondió desde su propia experiencia.
Cintora recordó que comienza su jornada laboral muy temprano, prepara los contenidos con su equipo y rechazó la imagen de un profesional convertido en una especie de ejecutor automático de órdenes recibidas desde niveles superiores.
Vertele reconstruyó igualmente el episodio y recogió cómo el presentador preguntó irónicamente a Ernesto Ekaizer si alguien de la dirección lo había “manoseado” al llegar a trabajar.
Ana Pardo de Vera identificó el punto más delicado de la acusación
La discusión ganó otra dimensión cuando intervino Ana Pardo de Vera.
Para ella, el problema de esa expresión estaba en lo que daba a entender sobre quienes trabajan en RTVE: profesionales sin verdadera autonomía que funcionan siguiendo instrucciones externas.
Su lectura era, por tanto, menos personal que la de Cintora.
Lo que estaba en juego era la credibilidad profesional.
Y aquí aparece una distinción que creo necesario mantener.
Un político tiene todo el derecho a considerar que la dirección de RTVE está politizada.
También puede argumentar que un determinado programa presenta una orientación ideológica concreta.
Puede incluso solicitar explicaciones parlamentarias sobre contrataciones, contenidos o decisiones de gestión.
RTVE es una institución pública y debe estar sometida a escrutinio.
Pero si se afirma que los periodistas están siendo dirigidos políticamente, la acusación adquiere otra naturaleza.
Entonces resulta razonable preguntar:
¿qué programas?, ¿qué periodistas?, ¿qué instrucciones?, ¿qué decisiones concretas demuestran esa interferencia?
Cuanto más grave es la acusación, mayor debería ser la precisión.
Ese principio debería aplicarse al PP, al PSOE, a Vox, a Sumar o a cualquier otra formación cuando critica medios públicos.
Cintora acaba de llegar a una nueva etapa de ‘Mañaneros 360’
También merece la pena situar al presentador dentro del contexto televisivo actual.
Jesús Cintora se incorporó a la nueva temporada de Mañaneros 360 el 24 de agosto junto a Adela González. RTVE presentó esta etapa como una apuesta por mantener el programa conectado con la actualidad social y política, combinando reporteros, colaboradores y especialistas con diferentes perspectivas.
No es un fichaje menor.
Cintora venía de su etapa al frente de Malas lenguas y RTVE destacó incluso el reconocimiento obtenido por el periodista en el FesTVal de 2026.
Eso no significa que su programa esté exento de crítica.
Todo lo contrario.
Un espacio de actualidad política emitido en una televisión pública debería ser analizado con especial exigencia.
Pero criticar su línea editorial no es exactamente lo mismo que negar a priori la autonomía laboral de quienes participan en él.
Y esa fue la frontera que Cintora quiso defender.
Después apareció Miguel Tellado y la discusión cambió de pregunta
Durante la misma mañana surgió otro momento relacionado con la polémica.
Miguel Tellado, secretario general del PP, fue preguntado por las agresiones sufridas por profesionales de RTVE.
Su primera respuesta fue clara en un aspecto: rechazó cualquier manifestación de violencia.
Después, un reportero quiso saber si las críticas continuadas del partido contra la corporación pública podían contribuir a colocar a sus periodistas en el foco.
Tellado calificó la pregunta de improcedente.
Aquella respuesta volvió a provocar la reacción de Cintora.
El presentador cuestionó que un dirigente político pudiera determinar qué preguntas eran apropiadas cuando precisamente estaba respondiendo ante periodistas.
El asunto es delicado porque aquí conviven dos cuestiones distintas que conviene no mezclar.
La primera: el PP tiene derecho a criticar duramente RTVE.
La segunda: un periodista tiene derecho a preguntar si determinada retórica política puede tener consecuencias sobre quienes trabajan para ese medio.
Tellado puede considerar equivocada la premisa y explicarlo.
Pero que una pregunta resulte incómoda no significa necesariamente que no deba formularse.
¿Las palabras políticas provocan las agresiones?
Esta es seguramente la parte más difícil del debate.
Sería irresponsable afirmar automáticamente que una crítica de un político a RTVE es responsable directa de que un individuo empuje o insulte posteriormente a un periodista.
Para establecer una responsabilidad de ese tipo harían falta evidencias concretas.
Las personas que cometen una agresión son responsables de sus actos.
Pero eso tampoco obliga a ignorar el clima público en el que trabajan los profesionales.
RTVE informó el 3 de septiembre de un aumento de agresiones e intimidaciones a periodistas durante las protestas, con insultos, empujones y bloqueos destinados a dificultar las coberturas. La propia cadena vinculó el fenómeno a un contexto creciente de polarización social y política.
Amnistía Internacional también expresó su preocupación y reclamó garantías para la seguridad de los profesionales después de ataques sufridos tanto por equipos de RTVE como de laSexta.
La conclusión prudente no debería ser que “criticar RTVE provoca violencia”.
Sería demasiado simple.
Pero sí merece la pena preguntarse si deshumanizar constantemente a determinados periodistas, describirlos colectivamente como propagandistas o presentar un medio entero como enemigo puede acabar creando un entorno más hostil.
Y esa reflexión debería aplicarse en todas las direcciones ideológicas.
Criticar a RTVE es legítimo; convertir a cada trabajador en representante del Gobierno no lo es necesariamente
Aquí creo que existe uno de los mayores errores del debate político sobre los medios públicos.
RTVE suele tratarse como si fuera una única persona.
Pero no lo es.
Existe una presidencia.
Un Consejo de Administración.
Direcciones.
Productoras.
Informativos.
Magacines.
Centros territoriales.
Reporteros.
Técnicos.
Cámaras.
Editores.
Presentadores.
Profesionales con posiciones ideológicas muy distintas.
No todos participan en las mismas decisiones.
Por eso una crítica seria debería intentar distinguir responsabilidades.
Si el problema es el nombramiento de un directivo, se cuestiona ese nombramiento.
Si existe una entrevista considerada parcial, se analiza aquella entrevista.
Si unos datos están mal presentados, se demuestra dónde.
La generalización es mucho más fácil.
También es menos útil.
La independencia de una televisión pública nunca puede darse simplemente por supuesta
Al mismo tiempo, sería ingenuo adoptar la posición contraria y sostener que, porque Cintora diga que nadie lo controla, queda resuelto cualquier debate sobre RTVE.
No funciona así.
La independencia de los medios públicos debe poder ser examinada permanentemente.
Precisamente porque pertenecen al conjunto de la ciudadanía.
Todos los grandes partidos españoles, cuando han estado en la oposición, han cuestionado en mayor o menor medida la neutralidad de RTVE. Y quienes alcanzan después responsabilidades de Gobierno suelen defender con mayor entusiasmo la independencia de la misma institución.
Esa alternancia debería hacernos desconfiar de las posiciones excesivamente simples.
El problema estructural no consiste únicamente en determinar si hoy RTVE favorece más o menos a un partido.
La pregunta de fondo es cómo construir mecanismos que hagan posible una independencia profesional resistente a cualquier Gobierno.
Eso exige transparencia.
Pluralidad.
Controles institucionales.
Consejos de informativos fuertes.
Profesionales capaces de denunciar presiones cuando las sufran.
Y partidos dispuestos a aceptar una televisión pública que a veces publique cosas que no les gustan.
No todo el desacuerdo es censura ni toda crítica es un ataque
En momentos de enorme polarización aparece una tendencia peligrosa: convertir cualquier crítica en persecución.
Si un político cuestiona a un periodista, alguien habla inmediatamente de ataque a la libertad de prensa.
Si un periodista pregunta algo incómodo, la otra parte denuncia activismo político.
Si un tertuliano tiene una orientación ideológica visible, se utiliza como prueba de que todo el medio está controlado.
El resultado es una conversación donde casi nadie discute contenidos concretos.
Todo se convierte en identidades.
“Los periodistas del Gobierno”.
“Los medios de la derecha”.
“Los tertulianos de la izquierda”.
“Los propagandistas”.
En ese marco resulta prácticamente imposible valorar una pieza informativa por su calidad.
Sabemos supuestamente si es buena o mala antes de escucharla, dependiendo únicamente de quién la emite.
Eso empobrece muchísimo el debate público.
La reacción de Cintora también debe poder ser discutida
Defender su autonomía profesional no significa que la respuesta del periodista quede automáticamente fuera de crítica.
Su tono fue duro.
Personalizó la acusación.
Y convirtió las palabras de Jaime de los Santos en un enfrentamiento directo.
Algunos espectadores podrán considerar que era una respuesta necesaria ante un cuestionamiento de su profesionalidad.
Otros pueden pensar que un presentador de RTVE debería haber mantenido mayor distancia y haber pedido simplemente pruebas de la supuesta interferencia.
Las dos interpretaciones son legítimas.
Precisamente eso es lo interesante.
La independencia periodística también implica aceptar que el propio trabajo sea sometido a escrutinio.
Cintora puede decir que nadie lo “manosea”.
Los espectadores pueden valorar después si consideran que su programa es plural, equilibrado y riguroso.
Una afirmación del presentador no sustituye el juicio crítico del público.
El episodio de los reporteros agredidos debería ser el punto de encuentro
Existe, sin embargo, una cuestión en la que las diferencias sobre RTVE deberían quedar temporalmente a un lado.
Los periodistas tienen que poder trabajar sin sufrir violencia.
La FAPE fue muy clara al condenar los ataques y defender la necesidad de mantener una información rigurosa y contrastada incluso en contextos de fuerte crispación.
Ese enfoque me parece especialmente acertado porque incluye las dos responsabilidades.
Las autoridades deben proteger a los periodistas.
Los ciudadanos deben respetar su derecho a informar.
Y los propios profesionales deben mantener estándares de rigor precisamente cuando la tensión es mayor.
No se trata de pedir inmunidad frente a las críticas.
Se trata de separar una crítica de un golpe.
Una protesta de una amenaza.
Una discrepancia de intentar impedir una conexión en directo.
Mi reflexión: la mejor defensa de la independencia no es decirla, sino demostrarla
La frase de Jesús Cintora funciona perfectamente como titular.
“A mí no me manosea nadie”.
Es contundente.
Memorable.
Y transmite seguridad.
Pero la independencia periodística no puede descansar únicamente en declaraciones.
Se demuestra todos los días.
Cuando un programa entrevista con dureza a alguien con quien comparte afinidad ideológica.
Cuando rectifica una información equivocada.
Cuando permite hablar a voces incómodas.
Cuando distingue opinión de noticia.
Cuando una redacción se niega a recibir instrucciones políticas.
Y también cuando un periodista puede cuestionar a cualquier partido sin tener que preguntarse si eso pondrá en peligro su carrera.
Ese debería ser el estándar.
No importa quién gobierne.
Tampoco debería existir un “carné” para formular preguntas
La segunda intervención de Cintora dejó otra reflexión interesante.
Cuando Tellado calificó como improcedente la pregunta sobre si las críticas a RTVE podían contribuir al señalamiento de sus trabajadores, el presentador se preguntó irónicamente quién decide qué preguntas pueden formularse.
La respuesta democrática debería ser bastante sencilla.
Los periodistas preguntan.
Los políticos responden.
Y también pueden rechazar la premisa.
Tellado podría haber contestado que considera completamente falso cualquier vínculo entre la crítica del PP y las agresiones.
Esa habría sido una respuesta política clara.
Lo que no debería convertirse en costumbre es esperar que las preguntas sean previamente cómodas para quien debe responderlas.
Eso vale para el PP.
Y exactamente igual para el Gobierno.
Una televisión pública necesita dos libertades simultáneas
Tal vez toda esta controversia pueda reducirse a dos principios que deberían coexistir.
Los partidos tienen que poder criticar RTVE.
Sin miedo.
Sin que cualquier observación sobre su línea editorial sea presentada automáticamente como un ataque a los trabajadores.
Pero también:
los periodistas de RTVE tienen que poder trabajar sin que se presuponga automáticamente que son portavoces del Gobierno de turno.
Una democracia sana necesita ambas cosas.
Control sobre las instituciones públicas.
Y respeto por la autonomía profesional.
El problema aparece cuando una elimina a la otra.
Si RTVE se considera intocable porque es pública, falla el control democrático.
Si cada trabajador de RTVE es tratado como militante del Gobierno simplemente porque cobra de la corporación, desaparece la posibilidad de reconocer su profesionalidad individual.
El debate importante empieza después del titular
Jesús Cintora llegó a Mañaneros 360 hace apenas unas semanas y ya se ha encontrado en el centro de una de las discusiones que probablemente acompañará a RTVE durante toda la temporada.
No será la última.
El PP continuará fiscalizando la corporación.
RTVE seguirá defendiendo sus decisiones.
Los programas continuarán recibiendo críticas.
Eso forma parte de la normalidad democrática.
Lo extraordinario —y lo que nunca debería normalizarse— es que un reportero tenga que abandonar una conexión porque alguien ha decidido que el logotipo colocado en su micrófono justifica insultarlo o golpearlo.
Ahí debería existir una línea compartida.
Después podemos volver a discutir sobre Cintora.
Sobre la dirección.
Sobre las tertulias.
Sobre quién aparece más minutos.
Sobre qué preguntas se realizan.
Sobre si RTVE es suficientemente plural.
Todo eso debe poder debatirse.
Pero primero quizá sería útil recuperar una idea bastante básica: un periodista no deja de ser periodista porque al espectador no le guste la cadena para la que trabaja.
Y el mejor modo de resolver la discusión sobre la supuesta manipulación tampoco consiste en intercambiar etiquetas.
Consiste en aportar ejemplos, datos y pruebas.
Por eso, después del cruce entre Cintora, Jaime de los Santos y Miguel Tellado, la pregunta realmente interesante no es quién ganó la discusión televisiva.
Es esta:
¿cómo podemos exigir una RTVE verdaderamente independiente sin convertir a todos sus trabajadores en sospechosos políticos cada vez que no nos gusta lo que cuentan?