Un influencer retrata a Vito quiles y al bochorno de los Premios de Ceci Army.

Lo ocurrido en la última edición de los Ceci Army Awards ha dejado de ser una simple anécdota viral para convertirse en un síntoma preocupante de algo mucho más profundo.
Lo que debía ser un evento de reconocimiento a creadores de contenido terminó transformándose, ante miles de asistentes y millones de visualizaciones posteriores, en un altavoz de violencia verbal explícita contra el presidente del Gobierno, con aplausos, risas y complicidad colectiva.
No fue un comentario aislado, ni una salida de tono improvisada. Fue un coro. Y cuando el insulto se corea, deja de ser una opinión para convertirse en una normalización del desprecio.
Las imágenes hablan por sí solas. Un escenario que no era político, un público joven que acudía a una gala de entretenimiento, y un micrófono que acabó sirviendo para gritar consignas ofensivas contra Pedro Sánchez.
Todo ello mientras los organizadores se escudaban en carteles de “no nos hacemos responsables de las opiniones de los invitados”, una fórmula legal que puede servir ante un juez, pero que no resiste el menor análisis ético.
Porque cuando se cede un escenario, también se asume una responsabilidad.
El protagonista indirecto de esta polémica es Ceci Army, uno de los influencers más conocidos de España, cuya popularidad se ha construido a base de recopilar, editar y redistribuir contenido ajeno con una estética atractiva y un tono aparentemente neutro.
Durante años, su perfil ha funcionado como un gran escaparate de vídeos virales, muchos de ellos emotivos, otros simplemente curiosos.
Ese papel de curador digital le ha permitido acumular millones de seguidores y una enorme capacidad de influencia, especialmente entre adolescentes y jóvenes.
Sin embargo, en los últimos tiempos, ese supuesto perfil neutral ha comenzado a mostrar grietas evidentes.
Publicaciones sobre Venezuela, mensajes celebrando la captura de Nicolás Maduro sin contextualizar la complejidad política del país, o el uso reiterado de consignas simplistas como “libertad, libertad” han ido marcando un posicionamiento cada vez menos ambiguo.
No se trata de tener una opinión —eso es legítimo—, sino de disfrazar de neutralidad lo que en realidad es una toma de partido ideológica.
La gala fue el punto de inflexión. Entre los invitados figuraban personajes como Vito Quiles, conocido por su activismo mediático alineado con la ultraderecha, y Ricky Edit, un creador que se presenta como patriota mientras reside en Andorra y evita tributar en España.
La contradicción no pasó desapercibida para muchos. Defender la patria desde fuera, agitar banderas mientras se elude el compromiso fiscal, es una incoherencia que el público empieza a detectar con claridad.
Durante el evento, el ambiente fue derivando hacia una celebración del insulto. El grito contra el presidente no fue una crítica argumentada, ni una sátira política, ni siquiera una provocación inteligente.

Fue un insulto reiterado, coreado, amplificado por quienes saben perfectamente que tienen miles o millones de seguidores escuchando.
Y ahí está la clave del problema: no eran ciudadanos anónimos en una plaza, eran influencers, referentes culturales para una generación que construye su visión del mundo a través de las redes.
Lo más inquietante no es el insulto en sí, sino lo que viene después. Al revisar los perfiles de muchos de los asistentes que aplaudieron o participaron en el coro, el panorama es desolador: silencio absoluto.
Ninguna explicación, ninguna reflexión, ningún posicionamiento claro.
En sus redes solo hay rutinas de gimnasio, viajes, moda, colaboraciones con marcas. Todo limpio, blanco, aséptico.
Como si nada hubiera ocurrido. Esa doble cara es lo que muchos han empezado a señalar como hipocresía estructural.
Se grita en grupo porque el grupo diluye la responsabilidad. Se insulta cuando el foco no está sobre uno mismo.
Se juega a la provocación porque luego siempre queda la coartada de “era una broma”, “un momento puntual”, “no es mi contenido habitual”.
Pero la influencia no funciona así. Quien tiene un altavoz masivo no puede apagarlo solo cuando conviene. La responsabilidad no es intermitente.
Varios creadores de contenido, entre ellos Oveja Negra, han alzado la voz para denunciar lo ocurrido.
Su reflexión ha resonado precisamente porque no se queda en la superficie del insulto.
Va más allá. Señala una deriva peligrosa: la normalización de la violencia verbal, la sustitución del pensamiento crítico por el grito, del argumento por la deshumanización del adversario político.
Y advierte de algo fundamental: da igual a quién vaya dirigido el insulto. Hoy es Pedro Sánchez, mañana puede ser cualquier otro.
España no es un país ajeno a su propia historia. Ha vivido una dictadura, ha sufrido represión, tiene miles de víctimas aún en cunetas.
Por eso resulta especialmente grave que se trivialicen consignas, símbolos y actitudes que recuerdan a épocas oscuras.
Cuando se aplaude a personajes que cantan letras que glorifican la muerte del “rojo” o se ríen del pasado franquista, no se está ejerciendo libertad de expresión, se está banalizando el dolor histórico.
El argumento de la libertad de expresión se usa aquí de forma interesada. La libertad de expresión protege la crítica, incluso la crítica dura, pero no convierte automáticamente cualquier insulto en algo valioso o defendible.
Menos aún cuando se produce en un entorno diseñado para amplificarlo y sin posibilidad de réplica. Es fácil ser valiente cuando no hay consecuencias inmediatas.
Otro elemento clave es la influencia sobre los más jóvenes. Muchos chavales y chavalas construyen hoy su identidad política —aunque no lo llamen así— a través de estos referentes digitales.
No leen editoriales ni siguen debates parlamentarios. Consumen clips, frases virales, gestos.
Si esos gestos legitiman el insulto y ridiculizan el pensamiento, el mensaje que reciben es claro: pensar es opcional, gritar es suficiente.
No es casualidad que, como señalan varios analistas, exista una correlación entre este tipo de contenidos y el crecimiento de la simpatía hacia opciones políticas extremas entre los más jóvenes.
No porque todos los influencers sean activistas conscientes, sino precisamente porque no lo son.
Porque se presentan como apolíticos mientras difunden marcos ideológicos muy concretos.
Porque dicen “yo no soy ni de izquierdas ni de derechas” mientras normalizan discursos profundamente reaccionarios.
La equidistancia, en este contexto, no es neutralidad. Es una forma de tomar partido sin asumirlo.
Decir “yo no me posiciono” mientras se aplaude el insulto al representante democrático del país es, de facto, un posicionamiento.
Y uno peligroso, porque se disfraza de espontaneidad y entretenimiento.
El problema no es Ceci Army como individuo, ni siquiera los nombres propios que pasaron por el escenario.
El problema es el ecosistema que permite que esto ocurra sin consecuencias reales.
Un sistema donde las marcas miran hacia otro lado mientras haya engagement, donde los organizadores se lavan las manos con un cartel, y donde muchos creadores prefieren no incomodar a su audiencia antes que defender unos valores mínimos de convivencia democrática.
Sin embargo, no todo es desesperanza. La reacción crítica también existe, y cada vez es más visible. Hay creadores que apuestan por el análisis, por el contexto, por la responsabilidad.
Hay público que empieza a exigir coherencia. Y hay una conversación social que, aunque incómoda, es necesaria.
Porque el debate ya no va de si te gusta o no Pedro Sánchez. Va de qué tipo de sociedad estamos construyendo.
Apoyar contenido de calidad, comentar, compartir reflexiones críticas, exigir explicaciones a quienes influyen en millones de personas, no es censura.
Es participación democrática. Es entender que el espacio digital también es un espacio político, aunque algunos se empeñen en negarlo.
Y es asumir que el silencio cómodo, en determinados momentos, también es una forma de complicidad.
Lo ocurrido en los Ceci Army Awards debería servir como punto de inflexión. No para cancelar a nadie, sino para abrir los ojos.
Para recordar que la influencia sin ética es un arma peligrosa. Que el entretenimiento no justifica el odio.
Y que una sociedad no se degrada de golpe, sino poco a poco, cuando empieza a aplaudir el ruido y a despreciar el pensamiento.
La pregunta final no es quién ganó un premio esa noche. La pregunta es mucho más incómoda y mucho más urgente: en qué nos estamos convirtiendo cuando normalizamos que el insulto sea espectáculo y la reflexión una rareza.
Esa respuesta no depende solo de los influencers. Depende también de quienes miran, comparten y callan. Y ahí, nos guste o no, todos tenemos algo que decidir.