Niega haber encubierto a nadie, dice no tener competencias y asegura que no comunicó nada porque no le correspondía, pero su presencia en el núcleo del poder durante la crisis deja flotando una duda persistente sobre lo que realmente se decidió tras bastidores.HH

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Negar, desvincularse, resistir: la estrategia del exjefe de Gabinete

La comparecencia del que fuera jefe de Gabinete de Carlos Mazón ante la comisión parlamentaria no tenía un objetivo técnico. No se trataba simplemente de aclarar procedimientos administrativos, sino de responder a una pregunta mucho más profunda: ¿existió encubrimiento político durante una de las gestiones de emergencia más polémicas de los últimos años en la Comunidad Valenciana?

Desde el primer minuto, su estrategia fue clara: negarlo todo.

“No di ninguna orden, ninguna instrucción a ningún miembro aquella tarde”, repitió hasta en tres ocasiones, con un tono firme, casi defensivo, como si cada reiteración buscara blindar una versión que sabía que iba a ser puesta en duda.

Pero lo relevante no fue solo lo que dijo, sino cómo lo dijo.

“No puedo compartir”: una frase convertida en escudo

A lo largo de su intervención, una expresión se repitió de forma casi obsesiva:

“No puedo compartir”.

No puedo compartir las afirmaciones.
No puedo compartir su interpretación.
No puedo compartir lo que usted dice.

La frase se convirtió en una especie de escudo retórico. No negaba frontalmente los hechos concretos, sino que rechazaba el marco desde el que se le preguntaba.

Es una técnica habitual en comparecencias políticas: no discutir los datos, sino la intención de quien pregunta.

“No es cierto lo que usted dice”, insistió, sin aportar documentación alternativa, sin reconstruir una cronología precisa, sin ofrecer una versión completa de los acontecimientos.

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La acusación central: abandono de responsabilidad

El momento más tenso llegó cuando un diputado le lanzó una pregunta directa:

“Usted abandonó su puesto de responsabilidad. ¿Qué tema era más importante que las vidas que se estaban perdiendo en ese momento?”

La sala quedó en silencio.

No era una cuestión administrativa. Era una acusación moral.

No se le preguntaba por protocolos, sino por prioridades humanas: por qué no estaba en su puesto cuando la situación exigía coordinación, comunicación y liderazgo.

Su respuesta fue evasiva.

“No tengo ningún rol, ninguna competencia en la gestión de una emergencia”, afirmó.

Es decir: aunque era jefe de Gabinete del presidente, no se consideraba responsable de nada relacionado con la crisis.

El problema de fondo: la comunicación

Aquí aparece la contradicción central de toda la comparecencia.

El propio interrogador le recordó:

“Usted era el secretario de comunicación del expresidente. ¿No cree que un secretario de comunicación debería comunicar algo a la población en ese momento?”

La pregunta era demoledora.

Porque si no tenía responsabilidad, ¿para qué existía su cargo?
Y si su cargo era comunicación, ¿por qué no comunicó?

La respuesta fue técnica:

“Toda la comunicación de la preemergencia y la emergencia corresponde a la Consellería de Justicia, Interior y Emergencias”.

Con esta frase, trasladó toda la responsabilidad a otro departamento.

Legalmente, puede ser cierto.
Políticamente, suena a desentenderse.

El silencio como decisión política

En situaciones de emergencia, la comunicación no es un detalle secundario: es parte de la gestión.

Informar, tranquilizar, alertar, coordinar mensajes… todo eso salva vidas.

Pero el exjefe de Gabinete se refugió en una interpretación estricta de competencias: como no era su área formal, no hizo nada.

El problema es que en política, especialmente en crisis, la ausencia también es una forma de decisión.

No comunicar es comunicar.

No aparecer es aparecer de otra manera.

No asumir responsabilidades es asumirlas indirectamente.

¿Encubrimiento o autoprotección?

La pregunta inicial era clara: ¿estaba encubriendo al expresidente Mazón?

Su respuesta: “No puedo compartir ninguna de esas afirmaciones porque no son ciertas”.

Pero nunca explicó qué hizo exactamente él esa tarde.

No detalló dónde estaba.
No explicó qué llamadas realizó.
No reconstruyó qué información tenía.
No aclaró qué decisiones apoyó o cuestionó.

Negó, pero no narró.

Y en política, cuando alguien no narra, otros narran por él.

El vacío narrativo

Uno de los mayores problemas de su comparecencia fue el vacío de relato.

No hubo una historia coherente de los hechos.
Solo hubo negaciones aisladas.

Eso deja espacio a la sospecha.

Porque aunque no exista prueba de encubrimiento, tampoco existe una versión sólida que lo descarte.

Responsabilidad sin competencia

El exjefe de Gabinete insistió:

“No tengo ninguna competencia en la gestión de una emergencia”.

Pero su cargo no era menor. No era un técnico de tercer nivel. Era una figura central en el núcleo del poder.

En cualquier sistema político, un jefe de Gabinete es el filtro, el coordinador, el estratega.

Decir que no tenía responsabilidad equivale a decir que su cargo era irrelevante.

Y eso, paradójicamente, es aún más grave.

La paradoja del poder invisible

Su defensa se basó en una paradoja:

Estaba en el centro del poder, pero no tenía poder.
Tenía el cargo, pero no la responsabilidad.
Estaba presente, pero no intervenía.

Ese tipo de discurso es muy habitual en comisiones de investigación: todos estaban, pero nadie decidió nada.

El resultado: la responsabilidad se diluye.

El trasfondo político

Más allá del caso concreto, esta comparecencia refleja un patrón estructural de la política española:

Cuando hay éxito, todos participaron.
Cuando hay fracaso, nadie tenía competencias.

La emergencia se convierte así en una especie de “tierra de nadie” donde nadie es culpable, pero todos estaban allí.

¿Qué queda después de la comparecencia?

Formalmente, no se probó encubrimiento.

No hay delito demostrado.
No hay instrucción judicial.
No hay imputaciones.

Pero políticamente, la comparecencia deja una sensación inquietante:

Que en el momento más crítico, nadie asumió liderazgo.
Que la comunicación falló.
Que la cadena de decisiones se rompió.
Y que ahora todos se protegen con tecnicismos.

La pregunta que sigue abierta

La comisión terminó, pero la duda persiste:

Si nadie dio órdenes, nadie comunicó y nadie era competente…
¿Quién estaba realmente al mando cuando la población necesitaba respuestas?

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