Tras las elecciones en Aragón, el dilema incómodo de la derecha: el PP gana, Vox crece y Sánchez resiste, pero la gran pregunta ya no es quién venció, sino quién está dispuesto a gobernar de verdad sin bloquear, sin muros y sin repetir los errores que mantienen al presidente en La Moncloa.HH

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Aragón como laboratorio político de España

Las elecciones en Aragón han funcionado como un auténtico laboratorio político del momento que vive España. Más allá de los porcentajes concretos, los escaños o los titulares inmediatos, lo que ha quedado al descubierto es un problema estructural que atraviesa todo el sistema: la dificultad de articular una alternativa real al actual Gobierno de Pedro Sánchez.

El Partido Popular ha sido la fuerza más votada. Eso es un hecho. Con cerca del 34% de los votos, cualquier país de la Unión Europea hablaría sin complejos de victoria clara. Sin embargo, en España el resultado se presenta de forma ambigua, casi como si ganar no fuera suficiente para gobernar.

Y aquí aparece la paradoja central del momento político español: el PP gana elecciones, Vox crece, el PSOE pierde terreno… pero Sánchez sigue en el poder.

La sensación de bloqueo permanente

Lo que transmite el escenario postelectoral en Aragón no es tanto un cambio de ciclo, sino una sensación de bloqueo estructural. Un país donde:

El partido más votado no gobierna.

El partido que pierde sigue gobernando.

Y los partidos llamados a entenderse no terminan de hacerlo.

Esta sensación de parálisis es, precisamente, lo que alimenta el debate: ¿qué tienen que hacer realmente PP y Vox si dicen querer desalojar a Sánchez?

Porque la aritmética es simple, casi brutal: o se entienden, o ninguno de los dos llegará al poder nacional.

El PP: ganar sin gobernar

Desde la dirección del Partido Popular se insiste en una idea básica: han ganado. Y ganar debería significar gobernar. En cualquier democracia funcional, el partido más votado es el que lidera la formación de gobierno.

Sin embargo, España se ha convertido en una excepción. Una excepción donde ganar no garantiza nada y donde perder tampoco implica marcharse.

Feijóo ha construido su liderazgo sobre una promesa implícita: estabilidad, moderación, gestión eficiente y fin del sanchismo. Pero su problema es estratégico: ha querido ocupar el centro político sin asegurar su flanco derecho.

Es decir, ha intentado atraer votantes socialistas descontentos, pero al mismo tiempo ha dejado un espacio enorme a Vox para capitalizar el voto de protesta, el voto identitario y el voto de enfado.

El resultado es un PP fuerte, pero insuficiente. Ganador, pero dependiente.

Vox: crecer sin gobernar

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Vox vive una situación paradójica aún más compleja. Crece electoralmente. Duplica escaños. Consolida su base. Atrae voto de castigo. Pero, cuando se le ofrece poder real, se retira.

Ha salido de gobiernos autonómicos. Ha roto coaliciones. Ha impuesto condiciones imposibles. Ha exigido competencias que no existen. Y ha dejado la impresión de ser un partido que se presenta para no gobernar.

Eso genera una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿para qué votan a Vox millones de personas?
¿Para que espere?
¿Para que proteste?
¿O para que gobierne?

Porque gobernar implica responsabilidad. Y responsabilidad implica renunciar a parte del discurso puro para gestionar la realidad.

El miedo a repetir 2023

Todo el debate está atravesado por un fantasma: 2023.

Aquel año, el PP ganó las elecciones generales, pero no logró formar gobierno. Vox no facilitó un acuerdo suficiente. El PSOE, pese a perder, consiguió articular una mayoría parlamentaria con independentistas, nacionalistas y extrema izquierda.

El resultado: Sánchez siguió en La Moncloa sin haber ganado.

Para la derecha, aquello fue una derrota histórica no electoral, sino estratégica.

Y ahora el mensaje es claro: no se puede volver a cometer el mismo error.

¿Quiere Vox sustituir al PP?

Una de las tesis más repetidas en el debate es que Vox no quiere tanto gobernar como sustituir al PP como fuerza hegemónica de la derecha.

Es decir, no busca ser socio, sino líder. No busca coalición, sino reemplazo.

Eso explica muchas de sus decisiones:

Salir de gobiernos donde era partido menor.

Radicalizar el discurso.

Bloquear acuerdos.

Forzar elecciones repetidas.

Presentarse como alternativa “auténtica”.

Pero esa estrategia tiene un coste enorme: mantiene a Sánchez en el poder.

El votante de Vox: tres perfiles

En el debate se identifican claramente tres tipos de votantes de Vox:

El votante ideológico duro: odia al sistema, al PP, al PSOE, a Europa y a todo lo que huela a consenso.

El votante enfadado: quiere castigar al Gobierno con la papeleta más radical disponible.

El votante estratégico: usa Vox para presionar al PP y moverlo a la derecha.

La gran incógnita es cuál de estos perfiles es mayoritario. Porque solo uno de ellos quiere realmente que Vox gobierne.

La democracia invertida

Uno de los puntos más críticos del análisis es la idea de que España vive una “democracia invertida”: gobierna quien pierde, pierde quien gana.

Pedro Sánchez se ha convertido en el símbolo de esta anomalía. Un presidente que:

No gana elecciones.

No tiene mayoría social.

No aprueba presupuestos.

Pierde apoyo territorial.

Pero sigue gobernando.

Desde el punto de vista institucional, esto es legal. Desde el punto de vista democrático, muchos lo consideran profundamente problemático.

La coalición “bastarda”

Se habla abiertamente de un Gobierno “bastardo”: sostenido por una suma de fuerzas ideológicamente incompatibles.

Desde el PNV hasta Bildu.
Desde Podemos hasta independentistas catalanes.
Desde la izquierda radical hasta el nacionalismo conservador.

Una coalición unida solo por un objetivo: que Sánchez siga en el poder.

No por un proyecto común de país.
No por una visión compartida.
Sino por una aritmética parlamentaria coyuntural.

El giro a la derecha en Occidente

El debate no se limita a España. Se contextualiza dentro de una tendencia global: el giro a la derecha en Occidente.

Estados Unidos.
Canadá.
Italia.
Francia.
Alemania.
Países Bajos.
Portugal.

En casi todos los países, las clases medias muestran hartazgo frente a políticas progresistas que no resuelven problemas reales:

Vivienda.

Inseguridad.

Inmigración.

Inflación.

Fiscalidad.

España no es una excepción.

El problema del PP: exceso de centro

Uno de los reproches más repetidos al PP es su obsesión por el centro.

Feijóo ha intentado construir un perfil socialdemócrata moderado, casi tecnocrático, con un discurso de buena gestión y baja confrontación.

Pero eso tiene un riesgo: deja desatendidos temas clave para su electorado natural:

Inmigración.

Seguridad.

Impuestos.

Unidad nacional.

Libertades individuales.

Y ahí Vox ocupa el espacio.

El dilema real: gobernar o resistir

El dilema de fondo no es PP contra Vox.
Es gobernar o resistir.

Gobernar implica:

Pactar.

Ceder.

Administrar.

Priorizar estabilidad.

Asumir desgaste.

Resistir implica:

Denunciar.

Bloquear.

Radicalizar.

Esperar.

Crecer en oposición.

Y hoy, Vox parece más cómodo resistiendo que gobernando.

El problema de las autonomías

Hay una contradicción estructural: Vox no cree en el sistema autonómico, pero se presenta a elecciones autonómicas.

Eso genera una incoherencia de origen: compite por instituciones que ideológicamente rechaza.

Y eso explica por qué entra en gobiernos y luego se va. Porque en el fondo no quiere gestionarlos.

¿Qué esperan realmente los votantes?

La pregunta central es brutalmente simple:

¿Los votantes de Vox quieren que gobierne o quieren que proteste?

Porque si quieren que proteste, Sánchez seguirá gobernando.
Si quieren que gobierne, Vox tendrá que pactar con el PP.

No hay tercera vía.

El mensaje implícito del PP

El PP ha lanzado un mensaje muy claro, aunque no siempre explícito:

“O gobernamos juntos, o gobierna Sánchez.”

No es una amenaza. Es una descripción matemática de la realidad política española.

 Aragón como espejo del futuro

Aragón no es el final del camino. Es el espejo del futuro.

Un futuro donde:

El PP gana, pero no gobierna.

Vox crece, pero no decide.

El PSOE pierde, pero resiste.

Y Sánchez sigue en el poder sin mayoría social.

La gran pregunta ya no es quién gana elecciones.
La gran pregunta es quién está dispuesto a asumir el coste de gobernar.

Porque sin acuerdos, sin responsabilidad y sin renuncias, España seguirá atrapada en la paradoja perfecta:

Un país donde todos hablan de cambio,
pero nadie consigue cambiar nada.

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