‘El tiempo justo’ saca a la luz la desconocida muerte de La Bruja Lola hace siete años y la polémica que le rodea.
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La Bruja Lola murió en silencio en 2019: Telecinco revela el final desconocido de un icono televisivo de los 2000.
Durante años, muchos espectadores se preguntaron qué había sido de la Bruja Lola, aquella vidente televisiva que se convirtió en uno de los rostros más reconocibles del universo nocturno de finales de los noventa y principios de los 2000. Su frase más célebre, “te voy a poner dos velas negras”, quedó grabada en la memoria popular de una generación que creció entre los excesos de la televisión de madrugada, los personajes inclasificables y la cultura televisiva más desinhibida.
Ahora, El tiempo justo, el programa de Joaquín Prat en Telecinco, ha sacado a la luz una noticia tan sorprendente como triste: Lola Montero, conocida popularmente como la Bruja Lola, falleció el 10 de enero de 2019 en Sevilla. Su muerte, según ha revelado el espacio televisivo, permaneció prácticamente desconocida durante más de siete años. La información ha generado una mezcla de asombro, nostalgia y desasosiego entre quienes recordaban a aquella mujer como una presencia casi inevitable en la televisión de otra época.
La exclusiva de Telecinco no solo ha confirmado su fallecimiento. También ha abierto un capítulo especialmente doloroso: sus restos podrían ser exhumados si no se renueva la concesión del nicho donde descansan en el cementerio de San Fernando de Sevilla. Según explicó el reportero Álex Álvarez desde la capital andaluza, el cementerio habría intentado localizar a sus hijos sin éxito para regularizar la situación. Si en los próximos meses no se abonan las tasas correspondientes, los restos de la televisiva podrían ser trasladados.
El impacto de la noticia no se entiende solo por el dato de la muerte, sino por el silencio que la rodeó. En un país donde los personajes televisivos suelen permanecer vivos en la memoria mediática incluso años después de desaparecer de la pantalla, sorprende que una figura tan popular como la Bruja Lola falleciera sin que prácticamente nadie lo supiera. Joaquín Prat lo resumió con una frase que sonó casi como una acusación colectiva: murió hace siete años y “nadie, absolutamente nadie, la ha echado de menos”.
Más allá del dramatismo televisivo, la frase toca una verdad incómoda sobre la fama. La televisión puede convertir a una persona en icono durante un tiempo, hacer que su voz, sus gestos y sus frases se repitan hasta el cansancio, y después dejarla caer en un olvido casi absoluto. La Bruja Lola fue parte de una televisión que consumía personajes con enorme velocidad. Los elevaba, los explotaba y, cuando dejaban de ser útiles, los sustituía por otros. Su final silencioso parece hablar no solo de ella, sino de toda una generación de rostros televisivos que fueron famosos antes de que existieran las redes sociales para sostener o prolongar esa fama.
Durante la investigación de El tiempo justo, el equipo del programa se desplazó varias veces a Sevilla para intentar reconstruir qué había ocurrido con Lola Montero. En ese proceso descubrieron un dato clave: Lola Montero también era un nombre artístico. Su nombre real era Dolores Ponce, lo que habría dificultado su localización durante la investigación periodística. Cuando el equipo preguntó por ese nombre, la pista los condujo finalmente al cementerio sevillano donde permanece enterrada desde 2019.
La revelación corrige, además, muchas informaciones publicadas durante estos años que la daban por viva o que especulaban sobre su retiro sin conocer realmente su destino. Incluso en 2024 aparecieron piezas que hablaban de ella como si todavía viviera apartada del foco mediático, lo que demuestra hasta qué punto su desaparición pública se había convertido en un terreno lleno de confusión.
La historia de la Bruja Lola es también la historia de una España televisiva muy concreta. Sus inicios se sitúan en Canal 47 de Sevilla, donde realizaba tiradas de tarot ante las cámaras. Allí empezó a construir un personaje que mezclaba misterio, humor involuntario, carácter andaluz, teatralidad y frases rotundas. Su manera de hablar, su energía y su estética llamaron la atención de Telecinco, que en aquellos años buscaba rostros capaces de encajar en una televisión cada vez más provocadora y popular.
Su salto definitivo llegó con Crónicas Marcianas, el late night presentado por Javier Sardà que marcó una época en la televisión española. En 1999, la Bruja Lola se sentó en aquella mesa convertida en un personaje entre lo esotérico y lo cómico, entre la videncia y el espectáculo. No era la única. La televisión de aquellos años abrió la puerta a videntes, curanderos, mentalistas, tertulianos extravagantes y figuras que se movían entre el entretenimiento, el exceso y la caricatura. Pero ella consiguió algo que pocos logran: una frase propia.
“Te voy a poner dos velas negras” se convirtió en mucho más que una amenaza televisiva. Fue una muletilla nacional. Se repetía en patios de colegio, bares, oficinas y programas de zapping. La frase trascendió al personaje y terminó formando parte del lenguaje popular. Incluso quienes nunca siguieron sus apariciones sabían quién era la Bruja Lola y reconocían esa expresión.
Ese fenómeno explica por qué su muerte desconocida ha generado tanta reacción. No se trata solo de una vidente que apareció en televisión. Se trata de un símbolo de una época en la que la televisión fabricaba personajes de una forma intensa, desordenada y muchas veces cruel. La Bruja Lola pertenecía a ese ecosistema: el de los late shows sin filtros, las madrugadas excesivas, el humor gamberro y el entretenimiento construido alrededor de figuras populares que funcionaban tanto por fascinación como por burla.

Después de Crónicas Marcianas, Lola Montero participó en El Castillo de las Mentes Prodigiosas, un reality emitido por Antena 3 que reunió a magos, videntes, mentalistas y personajes vinculados al ocultismo en un formato inspirado en el modelo de Gran Hermano. La Bruja Lola llegó a quedar como segunda finalista, consolidando su condición de icono televisivo dentro de ese peculiar universo esotérico.
Pero la fama no se mantuvo para siempre. Como ocurrió con muchos rostros de aquella televisión, el interés del público fue cambiando. Los formatos evolucionaron, la industria se transformó y los personajes que habían llenado horas de pantalla empezaron a desaparecer. En el caso de la Bruja Lola, esa retirada estuvo marcada por problemas personales y económicos, según ha relatado El tiempo justo a partir de su investigación. El programa apuntó también a la muerte de su marido como uno de los golpes que habría precipitado su alejamiento del foco televisivo.
En sus últimas apariciones, la propia Lola habría hablado de depresión y de una situación vital complicada. El programa de Telecinco ha vinculado su desaparición pública con ese deterioro emocional, aunque conviene tratar esos datos con prudencia y respeto. La salud mental no debería utilizarse como simple recurso narrativo ni como explicación cerrada de una vida compleja. Lo que sí parece claro es que la mujer que un día fue reconocida por millones terminó sus últimos años lejos del ruido, lejos de los platós y en una situación de notable precariedad.
Ese contraste es quizá lo más doloroso de la historia. La Bruja Lola fue famosa, pero no necesariamente protegida por esa fama. Fue reconocible, pero no acompañada hasta el final. Fue convertida en personaje, pero quizá no siempre vista como persona. Su caso obliga a mirar con cierta incomodidad la manera en que la televisión trata a algunos de sus iconos populares.
La posibilidad de que sus restos sean exhumados por el impago del nicho añade una capa especialmente amarga. La muerte, en teoría, debería cerrar el ciclo de exposición. Pero en este caso, incluso después de fallecida, la Bruja Lola vuelve a convertirse en noticia por una situación administrativa y familiar dolorosa. Según las informaciones publicadas, si no aparece alguien que asuma la renovación de la concesión, sus restos podrían ser trasladados conforme al procedimiento del cementerio.
La noticia ha reabierto también la pregunta sobre sus hijos y su entorno más cercano. El tiempo justo aseguró que desde el cementerio no habrían logrado contactar con ellos. Algunos medios han añadido que allegados podrían intentar hacerse cargo de la situación para evitar la exhumación. En cualquier caso, se trata de un terreno delicado. La vida familiar de una persona fallecida merece cautela, sobre todo cuando muchas de las informaciones proceden de una investigación televisiva y no de declaraciones directas de todos los implicados.
Lo que sí resulta evidente es que el caso ha removido la memoria sentimental de la televisión española. Muchos espectadores recuerdan a la Bruja Lola con una mezcla de cariño, humor y extrañeza. Fue una figura excesiva, sí, pero también profundamente reconocible. Su forma de hablar, su presencia ante la cámara y su famosa amenaza de las velas negras pertenecen a un tipo de televisión que ya no existe de la misma manera.
La televisión actual es más vigilada, más fragmentada y más sometida al juicio inmediato de las redes sociales. Los personajes se hacen virales de otra forma y desaparecen también de otra forma. Pero en los años de la Bruja Lola, la fama televisiva tenía algo de absoluto: si salías en Crónicas Marcianas, existías para millones de personas al mismo tiempo. Esa existencia, sin embargo, podía ser frágil. Cuando la pantalla se apagaba, muchas veces no quedaba una estructura real detrás.
Por eso la historia de Lola Montero resulta tan triste. No porque sorprenda que una persona famosa pueda morir en el anonimato, sino porque recuerda la facilidad con la que la cultura popular consume y olvida. Quien un día fue meme antes de que existiera la palabra meme, quien llenó horas de televisión y dio al imaginario español una frase inolvidable, terminó enterrada durante siete años sin que el país que la había repetido hasta la saciedad supiera que ya no estaba.
La Bruja Lola fue, con todas sus contradicciones, parte de la historia televisiva española. Puede discutirse el valor cultural de aquella televisión, sus excesos, sus límites y sus formas de exposición. Pero no puede negarse que dejó huella. Y esa huella merece algo más que un titular morboso sobre una tumba en peligro.
Su historia final debería servir para mirar con más humanidad a los personajes que la televisión convierte en espectáculo. Detrás del grito, del disfraz, de la frase viral y de la caricatura siempre hay una persona. Una persona que envejece, que enferma, que pierde afectos, que puede quedarse sola y que no siempre encuentra un lugar digno cuando los focos se apagan.
El hallazgo de El tiempo justo ha resuelto una incógnita, pero también ha abierto una reflexión. La Bruja Lola murió el 10 de enero de 2019, en silencio, lejos de la cámara que un día la convirtió en icono. Siete años después, su nombre vuelve a los titulares por una razón triste: ni siquiera su descanso parece garantizado.
Quizá por eso la noticia ha golpeado tanto. Porque no habla solo de una vidente televisiva. Habla de la memoria, del abandono, de la fama efímera y de cómo España recuerda —o deja de recordar— a quienes un día formaron parte de su imaginario popular.
La Bruja Lola decía que pondría dos velas negras. Hoy, tal vez, lo justo sería encender una sola vela blanca por ella. No por el personaje, sino por Dolores Ponce, la mujer que quedó detrás del mito televisivo.
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