Richard Wolff- “China Acaba de Hacer Lo Que USA Temía — Vendió Bonos del Tesoro”.

Durante décadas, Estados Unidos ha temido muchas cosas de China: su crecimiento industrial, su avance tecnológico, su capacidad militar, su influencia política en Asia y África.
Sin embargo, lo que acaba de ocurrir no encaja en ninguno de esos escenarios clásicos de confrontación.
No hubo misiles, no hubo sanciones nuevas, no hubo discursos incendiarios en la ONU.
Lo que hizo China fue algo aparentemente técnico, casi aburrido para el gran público, pero profundamente inquietante para Washington: vender bonos del Tesoro estadounidense.
Un gesto silencioso que, leído en clave geopolítica, dice mucho más que cualquier demostración de fuerza militar.
Para entender por qué esta decisión tiene un impacto tan profundo, hay que alejarse del ruido mediático y observar cómo funciona realmente el poder económico global. Los bonos del Tesoro de Estados Unidos no son simples instrumentos financieros.
Son la base del sistema que ha sostenido la hegemonía estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Son, en esencia, la promesa de pago de un país que durante décadas ha podido endeudarse sin límite porque el resto del mundo confiaba —y necesitaba— al dólar.
Cuando China vende esos bonos, no está “moviendo dinero”. Está enviando un mensaje.
Está diciendo que ya no confía en ese sistema como antes, que no quiere seguir financiando el déficit de su principal rival estratégico y que prefiere proteger su riqueza en otros activos.
Oro, yuanes, infraestructuras, préstamos bilaterales. Cualquier cosa que no dependa de la impresora de dinero de la Reserva Federal.
El dato clave es que China no es un actor cualquiera. Durante años fue el mayor acreedor extranjero de Estados Unidos.
En su punto máximo, llegó a poseer más de 1,3 billones de dólares en deuda estadounidense. Hoy esa cifra ha caído por debajo de los 800.000 millones.
Más de medio billón de dólares han salido de los bonos del Tesoro. Y no se trata de un movimiento repentino ni desesperado, sino de una retirada gradual, calculada y sostenida en el tiempo, perfectamente visible en los datos oficiales del propio Departamento del Tesoro de Estados Unidos.
Este matiz es fundamental. China no vendió porque necesitara liquidez urgente. Vendió porque podía hacerlo.
Porque llevaba años preparándose para este momento. Porque entendió algo que muchos analistas occidentales se negaron a aceptar durante demasiado tiempo: que el sistema basado en el dominio absoluto del dólar no es eterno.
Durante medio siglo, Estados Unidos ha vivido por encima de sus posibilidades de una forma que ningún otro país podría permitirse.
Consume más de lo que produce, importa más de lo que exporta, gasta más de lo que recauda. Esa diferencia se financia emitiendo deuda.
Deuda que otros países compran porque el dólar es la moneda de reserva mundial y porque los bonos del Tesoro se consideran el activo más seguro del planeta.
El truco —y aquí está el núcleo del problema— es que Estados Unidos siempre puede pagar porque puede imprimir su propia moneda.
Y el mundo acepta esos dólares porque los necesita para comerciar, para acumular reservas, para estabilizar sus propias economías.
Es un círculo de confianza que ha funcionado durante décadas. Pero como todo sistema basado en la confianza, es extremadamente frágil cuando esa confianza empieza a erosionarse.
China fue durante años una pieza clave de ese engranaje. Exportaba masivamente a Estados Unidos, acumulaba dólares y los reinvertía en deuda estadounidense.
El modelo beneficiaba a ambos: Washington financiaba su déficit a bajo coste y Pekín garantizaba un mercado gigantesco para su industria.
Pero también implicaba una dependencia peligrosa. China estaba financiando a un país que la rodea de bases militares, que amenaza con sanciones, que intenta frenar su desarrollo tecnológico y que no oculta su voluntad de contener su ascenso global.
Esa contradicción no podía durar para siempre. Y China lo entendió antes que muchos otros. Especialmente después de ver cómo Estados Unidos utilizaba el sistema financiero como arma geopolítica.
Congelación de reservas, exclusión del sistema SWIFT, sanciones unilaterales. Irán, Venezuela, Afganistán, Rusia.
Cada uno de esos casos fue una advertencia para el resto del mundo: los activos en dólares solo son seguros mientras no desafíes a Washington.
A partir de ahí, China empezó a construir alternativas. No de forma abrupta, sino paciente y metódica.
Primero, acuerdos de comercio bilateral en monedas locales. Con Rusia para el gas y el petróleo. Con Brasil para el intercambio de materias primas.
Con países asiáticos, africanos y latinoamericanos dispuestos a reducir su dependencia del dólar.
Cada acuerdo por separado parecía menor, pero juntos formaban un patrón claro: el comercio internacional empezaba a diversificarse.
Después vino la infraestructura financiera. China desarrolló CIPS, su propio sistema de pagos internacionales, una alternativa al SWIFT controlado por Occidente.
Esto permite realizar transacciones transfronterizas sin pasar por canales que Estados Unidos puede vigilar o bloquear.
No es una ruptura total con el sistema existente, pero sí un seguro estratégico en caso de conflicto.
En paralelo, el oro volvió a ocupar un lugar central. El Banco Popular de China lleva años acumulando reservas de oro a un ritmo que no se veía desde hace décadas.
No está solo. Rusia, India y muchos bancos centrales del sur global están haciendo lo mismo.
El oro tiene una ventaja fundamental: no puede congelarse, no puede sancionarse y no puede imprimirse. Es un activo que no depende de la voluntad política de ningún país.
Y finalmente llegó el yuan digital. Una moneda digital emitida por el banco central chino que permite pagos directos sin intermediarios en dólares.
Ya se está probando en comercio internacional, especialmente en países vinculados a la Nueva Ruta de la Seda.
No sustituye al dólar de la noche a la mañana, pero añade otra pieza al rompecabezas.
Todo esto ocurrió mientras gran parte del debate occidental se centraba en ciclos electorales, escándalos políticos y conflictos coyunturales.
La transformación del sistema monetario global avanzaba en silencio. Y cuando China consideró que tenía suficientes alternativas, tomó la decisión que durante años se había considerado impensable: reducir de forma significativa su exposición a la deuda estadounidense.
El impacto para Estados Unidos es profundo. Porque su necesidad de financiación no ha disminuido, sino todo lo contrario.
Los déficits de los últimos años han sido colosales. Estímulos por la pandemia, gasto militar, subsidios industriales, intereses crecientes sobre una deuda que ya supera los 34 billones de dólares.
Estados Unidos necesita compradores de bonos más que nunca. Y su mayor comprador está saliendo.
China no es la única. Japón también ha reducido posiciones. Los países del Golfo están diversificando. Los bancos centrales europeos compran oro.
El mundo no está huyendo del dólar de forma caótica, pero sí de manera constante.
Es una retirada prudente, gradual, exactamente el tipo de movimiento que hacen los actores racionales cuando perciben un riesgo sistémico.
La gran pregunta es evidente: si los extranjeros compran menos deuda estadounidense, ¿quién la comprará? La respuesta es inquietante.
La Reserva Federal. El banco central que debería controlar la inflación y garantizar la estabilidad del dólar.
Eso significa monetizar la deuda, imprimir dinero para comprar bonos que otros ya no quieren. Es un proceso conocido en la historia económica y rara vez termina bien.
Durante la pandemia, la Reserva Federal llevó esta lógica al extremo. Su balance pasó de menos de un billón de dólares antes de 2008 a más de 9 billones.
El resultado fue la inflación más alta en cuarenta años. Precios disparados en alimentos, vivienda, energía.
La factura la pagaron los ciudadanos, no los grandes beneficiarios del sistema financiero.
Pero el problema más grave no es solo la inflación. Es la pérdida de confianza. El dólar es moneda de reserva mundial porque el mundo cree en él.
Cree en la disciplina fiscal de Estados Unidos, en la independencia de su banco central, en la seguridad jurídica de sus activos.
Cada sanción financiera, cada congelación de reservas, cada expansión monetaria masiva erosiona un poco más esa confianza.
China entendió que el poder financiero estadounidense es, en el fondo, un cheque en blanco que el mundo firmó hace décadas.
Y decidió no seguir firmándolo. No como un acto de agresión, sino de autoprotección.
Exactamente lo que haría cualquier actor racional al detectar que el riesgo ha aumentado.
Esto no significa que el dólar vaya a colapsar mañana. No habrá un anuncio dramático ni un momento único que marque “el fin”.
Lo que estamos viendo es una erosión lenta, constante, casi invisible para quien no mira los datos.
Un sistema que sigue funcionando, pero con grietas cada vez más profundas.
Los escenarios que se barajan son diversos. Desde una transición negociada hacia un sistema monetario más multipolar, hasta una resistencia agresiva por parte de Estados Unidos para mantener su hegemonía, pasando por una fragmentación gradual en bloques regionales.
Lo más probable es una combinación de estos elementos, con tensiones crecientes y episodios de inestabilidad.
Lo importante es entender que esto no es un debate abstracto para economistas. Afecta directamente a la vida cotidiana.
Al precio de los alimentos, al coste de la vivienda, a la estabilidad del empleo, al valor de los ahorros.
El sistema monetario global no es un juego de élites: es la base invisible sobre la que se construye todo lo demás.
China no ha demostrado que sea perfecta ni que esté libre de problemas internos. Su sector inmobiliario atraviesa dificultades, su demografía plantea retos serios.
Pero nada de eso invalida el cambio estructural que se está produciendo. No se trata de que China sustituya a Estados Unidos como hegemonía única. Se trata de que el mundo deje de depender de una sola moneda y de un solo país.
Eso, para muchos, será más complejo e incierto. Pero también puede ser más equilibrado.
Un sistema donde ningún actor pueda imprimir riqueza sin límites y exportar sus desequilibrios al resto del planeta.
La venta de bonos del Tesoro por parte de China no es una anécdota financiera. Es una señal histórica.
Una de esas que solo se entienden con el paso del tiempo. Un recordatorio de que los imperios no suelen caer por ataques frontales, sino por el desgaste interno de los sistemas que los sostienen.
Prestar atención a estos movimientos no es alarmismo. Es sentido común. Porque los cambios que definirán las próximas décadas no se decidirán en un debate televisivo ni en un tuit viral.
Se decidirán en los balances de los bancos centrales, en acuerdos comerciales discretos y en decisiones estratégicas como esta.
El mundo está cambiando. Y esta vez, el sonido no fue una explosión. Fue el clic silencioso de una venta de bonos.