Javier Cárdenas propaga la teoría del fraude en el bote de Rosa en ‘Pasapalabra’ y señala a Atresmedia y el Gobierno.
Javier Cárdenas no se reprime y tacha de estafa el bote de ‘Pasapalabra’ de Rosa Rodríguez y señala a Antena 3 y al Gobierno de estar detrás del engaño.

Todavía no se ha apagado el eco del confeti ni se ha cerrado del todo la boca de quienes presenciaron uno de los momentos más impactantes de la televisión reciente.
Han pasado varios días desde que Rosa Rodríguez entró para siempre en la historia de Pasapalabra al llevarse el mayor bote jamás entregado por el concurso: 2.716.000 euros.
Una cifra que impresiona, que cambia vidas y que, como suele ocurrir en estos casos, no solo genera aplausos, emoción y admiración, sino también sospechas, dudas y una tormenta de ruido que se resiste a desaparecer.
Lo que debía ser un final feliz, redondo y celebratorio, se ha transformado en una polémica que sigue creciendo en redes sociales, programas de opinión y vídeos virales.
Y el último en avivar el fuego ha sido Javier Cárdenas, antiguo locutor de Europa FM, que ha ido mucho más allá de cuestionar una respuesta concreta para lanzar acusaciones graves contra Antena 3, Atresmedia y, de paso, el propio sistema mediático y político del país.
Para entender por qué este asunto sigue generando titulares hay que volver a ese instante exacto en el que Rosa Rodríguez completa el Rosco.
Veinticinco palabras. Veinticinco aciertos. El público en pie. Roberto Leal conteniendo la emoción. Y una definición que, con el paso de las horas, se convertiría en el centro del debate.
La pregunta que cerraba el Rosco hacía referencia a un jugador de fútbol americano que en 1968 fue elegido jugador más valioso de la NFL por la agencia AP.
La respuesta correcta era “Morrall”, en referencia a Earl Morrall, histórico quarterback estadounidense. Rosa, visiblemente nerviosa, respondió “Morell”. La fonética era prácticamente idéntica. El programa dio la respuesta por válida y el bote fue para ella.
A partir de ahí, las redes estallaron. Algunos espectadores comenzaron a hablar de “tongo”, otros de favoritismo y muchos de incredulidad.
No tanto por la validación fonética —algo habitual en el concurso cuando no altera el significado— sino por la propia dificultad de la pregunta. ¿Cuánta gente es capaz de conocer ese dato tan específico del fútbol americano de finales de los años sesenta?
Ante el aluvión de comentarios, Roberto Leal salió a dar explicaciones de forma pública y transparente.
Aclaró que la pronunciación era correcta, que la respuesta se ajustaba a las normas del concurso y que todo había sido revisado por el equipo lingüístico y de contenidos del programa. Una explicación que, para muchos, fue suficiente. Para otros, no.
Entre los que no se dieron por convencidos apareció con fuerza la figura de Javier Cárdenas. Desde su cuenta de X, el comunicador lanzó un mensaje demoledor, directo y cargado de acusaciones.
Según él, lo ocurrido en Pasapalabra era “imposible” y una “estafa” a gran escala. No se quedó ahí. Retó públicamente a Atresmedia y a la propia Rosa Rodríguez a aceptar una apuesta de 100.000 euros.
Su propuesta era tan llamativa como provocadora: si la ganadora del bote era capaz de responder correctamente a cinco “sencillas” preguntas de deporte español —ni siquiera americano, recalcaba— él le entregaría los 100.000 euros de su bolsillo.
Si fallaba, ese dinero debería ir destinado, según su planteamiento, al doctor Barbacid para la investigación del cáncer de páncreas.
Un reto planteado en tono desafiante y con una conclusión anticipada: “Ya te digo yo que el dinero lo han de dar ellos”.
El mensaje se viralizó de inmediato. Miles de reproducciones, comentarios divididos y una nueva ola de desconfianza alimentada no solo por la duda sobre el concurso, sino por todo lo que Cárdenas añadió después.
Porque la polémica ya no iba solo de una palabra mal pronunciada o de un apellido poco conocido. El discurso derivó hacia terrenos mucho más delicados.
En un vídeo que acompañaba su publicación, Javier Cárdenas volvió a difundir una idea que ya había circulado anteriormente y que ha sido desmentida por múltiples medios: que el dinero destinado a programas de entretenimiento, como La Revuelta, podría haberse utilizado para financiar investigaciones médicas como las del doctor Barbacid.
Una afirmación que ignora —o decide ignorar— que los presupuestos de RTVE y los de sanidad pertenecen a partidas completamente distintas.
Aun así, Cárdenas insistió. En el vídeo, con un tono grave y conspirativo, afirmó que el Gobierno había entregado “cientos de millones de euros” a Atresmedia procedentes de los impuestos de los ciudadanos. Justificó su afirmación asegurando que él había trabajado en el grupo y que, cuando se da tanto dinero, “es porque se quiere algo a cambio”. Según su relato, ese “algo” sería difundir mensajes favorables al Ejecutivo, incluso “a niveles ridículos”.
A partir de ahí, el foco volvió a ponerse sobre Rosa Rodríguez, no ya como concursante, sino como símbolo. Cárdenas aseguró haber hablado con amigos expertos en fútbol americano y que ninguno de ellos conocía a Earl Morrall, cuestionando así la credibilidad de la respuesta final del Rosco.
Pero el discurso dio un giro aún más polémico cuando el exlocutor puso el acento en las palabras de la propia Rosa tras ganar el bote.
La concursante había afirmado sentirse tranquila y asumir con naturalidad el pago de más de un millón de euros a Hacienda.
Una frase que, en circunstancias normales, habría pasado como una muestra de responsabilidad fiscal. Para Cárdenas, sin embargo, fue munición.
“¿Qué estás encantada?”, se preguntaba en el vídeo, para acto seguido enlazar esa afirmación con una retahíla de reproches políticos y sociales.
Mencionó supuestos escándalos, tragedias y decisiones gubernamentales, mezclando temas tan distintos como el gasto público, accidentes ferroviarios, catástrofes naturales o el dinero destinado a programas de televisión.
Todo ello para construir una narrativa en la que Rosa Rodríguez pasaba de ser una concursante afortunada a una pieza más de lo que él definía como un “mundo podemita” desconectado de la realidad.
El remate fue una advertencia velada. Cárdenas afirmó que, por haber trabajado en Atresmedia, podría contar cosas que “escandalizarían” a la audiencia, insinuando prácticas oscuras sin aportar pruebas concretas.
Una estrategia comunicativa conocida: lanzar la sospecha, sembrar la duda y dejar que el ruido haga el resto.
Mientras tanto, en el otro lado, Rosa Rodríguez ha optado por el silencio. Ni ha respondido a los ataques ni ha entrado en el juego de la polémica.
Desde el entorno del programa se insiste en que todo se hizo conforme a las normas y que el concurso cuenta con controles exhaustivos precisamente para evitar cualquier irregularidad.
Pasapalabra, no conviene olvidarlo, es uno de los formatos más vigilados de la televisión española, tanto por su impacto económico como por su trayectoria.
Este caso pone sobre la mesa algo más profundo que una simple discusión televisiva. Habla de cómo un éxito puede convertirse en sospecha, de cómo la incredulidad colectiva encuentra altavoces potentes en redes sociales y de cómo ciertos discursos calan con facilidad cuando apelan a la emoción, la indignación y la desconfianza generalizada.
También revela hasta qué punto la televisión sigue siendo un espacio simbólico de poder.
Un bote millonario no solo cambia la vida de quien lo gana, sino que activa debates sobre mérito, suerte, cultura general y, en este caso, incluso ideología. Todo se mezcla. Todo se contamina.
La pregunta que queda flotando no es si Rosa Rodríguez sabía o no quién era Earl Morrall. Tampoco si pronunció una letra de más o de menos.
La verdadera cuestión es qué hacemos como sociedad con los éxitos ajenos y cómo reaccionamos ante ellos. Si celebramos, cuestionamos con datos o convertimos cualquier acontecimiento en un campo de batalla ideológico.
Mientras las redes siguen ardiendo y los vídeos se acumulan, hay una realidad innegable: el bote de Pasapalabra es real, la validación de la respuesta fue legal y el premio ya tiene dueña.
Todo lo demás forma parte de un ruido que dice mucho más de quien lo genera que de quien se llevó el dinero.
Y quizá por eso este episodio sigue dando tanto que hablar. Porque no va solo de un concurso.
Va de desconfianza, de polarización y de la facilidad con la que una historia de éxito puede transformarse, en cuestión de horas, en una tormenta perfecta.