Dos meses de silencio… y una respuesta que nadie esperaba. Juan del Val aguantó ataques, insinuaciones y burlas públicas de Rufián sin decir una palabra. Pero cuando habló, lo hizo con una contundencia que dejó a muchos sin respiración. ¿Qué fue lo que colmó el vaso? ¿Por qué esperó tanto? Su reacción no solo le responde a Rufián: abre un conflicto que va mucho más allá de un simple cruce de palabras.

Juan del Val espera dos meses, pero acaba respondiendo así de contundente a lo que Rufián dijo de él.

 

 

Dice poco, pero dice mucho.

 

 

 

 

Durante semanas, el nombre de Juan del Val ha circulado con fuerza más allá de las páginas culturales.

 

Su victoria en el Premio Planeta, uno de los galardones literarios más influyentes y mejor dotados del mundo, no solo le situó en el centro del foco mediático, sino que lo convirtió, de manera inesperada, en protagonista de un debate político y moral que desbordó los límites habituales de la literatura.

 

No era la primera vez que un Planeta generaba controversia, pero sí una de las pocas ocasiones en las que el autor premiado se veía interpelado directamente desde la tribuna del Congreso de los Diputados.

 

 

Todo comenzó con unas palabras pronunciadas por Gabriel Rufián, diputado de Esquerra Republicana de Catalunya, en una intervención parlamentaria que pretendía ser una crítica política de amplio espectro.

 

En su discurso, Rufián enumeró una serie de hechos que, a su juicio, evidenciaban una deriva preocupante en el panorama internacional y nacional.

 

En esa lista, junto a Donald Trump, Javier Milei o Santiago Abascal, incluyó el nombre de Juan del Val, mencionando su victoria en el Premio Planeta como un síntoma más de ese contexto que denunciaba.

 

La frase exacta resonó con fuerza: “Hemos visto ganar el Planeta a Juan del Val”. No era un análisis literario, ni una crítica a la obra premiada.

 

Era una mención cargada de ironía y desprecio implícito, pronunciada en la sede de la soberanía popular.

 

Para muchos pasó desapercibida, diluida en el ruido habitual del Congreso.

 

Para otros, supuso un punto de inflexión: ¿hasta qué punto es legítimo utilizar el nombre de un escritor, con una trayectoria consolidada, como munición en un discurso político?

 

Dos meses después, Juan del Val decidió responder. No lo hizo en un mitin, ni en redes con un hilo incendiario.

 

Lo hizo desde un plató de televisión, en el programa La Roca, presentado por Nuria Roca, en La Sexta.

 

Un espacio que, aunque televisivo, se ha convertido en foro habitual de reflexión social y cultural. Allí, con un tono firme pero contenido, el escritor puso palabras a una incomodidad que llevaba tiempo acumulándose.

 

Desde el inicio dejó clara una distinción fundamental: no le molestan las críticas literarias.

 

Está acostumbrado a ellas y las considera parte natural del oficio. “Lo que me importa no es que critiquen mi novela”, vino a decir, “sino que hablen de mí como persona”.

 

En esa frase se condensa buena parte del conflicto. Porque lo que Juan del Val ha denunciado no es una discrepancia estética, sino una descalificación personal que, según él, se ha normalizado desde determinados ámbitos.

 

 

Recordó, sin rodeos, que se estaba hablando de él “con cierto desprecio desde el Congreso de los Diputados”.

 

No mencionó el nombre en un primer momento, pero Nuria Roca lo aclaró de inmediato: “Evidentemente, Gabriel Rufián”.

 

El ambiente se volvió más denso. No era un ajuste de cuentas, sino una reflexión sobre prioridades y responsabilidad institucional.

 

“Creo que hay cosas mucho más importantes que hablar de mí en el Congreso”, afirmó Del Val.

 

No lo dijo desde la arrogancia, sino desde el desconcierto. ¿Por qué un diputado dedica tiempo parlamentario a ridiculizar el premio literario más importante del país y a su ganador? ¿Qué mensaje se lanza cuando se utiliza la cultura como arma arrojadiza en un debate político que nada tiene que ver con ella?

 

 

La respuesta del escritor no se quedó ahí. También hizo referencia a las críticas recibidas en redes sociales y en tribunas mediáticas desde que ganó el Planeta el 15 de octubre de 2025.

 

Un premio dotado con un millón de euros, sí, pero también con una enorme exposición pública.

 

En ese contexto, Del Val ha sido objeto de insultos directos, algunos de ellos especialmente duros.

 

Entre esos ataques destacó uno en particular, el del escritor Rafael Narbona, que llegó a escribir que Juan del Val “no solo es una mierda como escritor, también es una mierda como persona”.

 

Una frase que, más allá del tono, plantea una pregunta incómoda: ¿en qué momento el desacuerdo intelectual se convierte en deshumanización?

 

Del Val respondió a esa acusación con una mezcla de incredulidad y tristeza. Subrayó que esa persona no le conoce, que ni siquiera le ha saludado nunca.

 

No hay relación personal, no hay conflicto previo, no hay conversación. Solo una descalificación absoluta lanzada al espacio público.

 

Y eso, según él, dice más del que insulta que del insultado.

 

En paralelo, el escritor también se refirió a su comentario en Instagram, donde aludía a “políticos revoltosillos que se quedan a vivir en la capital del estado opresor o cerca de la playa de la Concha… de su novia”.

 

Un mensaje que muchos interpretaron como una referencia directa a Rufián. Lejos de retractarse, Del Val lo defendió como una observación sobre las contradicciones entre el discurso político y la vida personal de algunos representantes públicos.

 

 

El debate, sin embargo, no se quedó en un cruce de declaraciones. En las últimas horas, una voz inesperada se sumó a la conversación: la de Pedro Ruiz.

 

El actor, presentador y comunicador publicó un vídeo en TikTok en el que, sin conocer personalmente a Juan del Val, quiso expresar públicamente su estima hacia él.

 

 

Pedro Ruiz fue claro y directo. Dijo que no ha dicho nunca nada dañino sobre el premio ni sobre la conducta del escritor.

 

Recordó, además, una reflexión del chef Karlos Arguiñano sobre el Premio Planeta, planteada en tono humorístico, y dejó claro que no era un ataque, sino una broma inteligente sobre el ecosistema editorial.

 

Lo más relevante de su intervención fue el enfoque. Ruiz explicó que no es partidario de “ir contra nadie”, y mucho menos cuando una persona se ve sometida a una avalancha de críticas e invectivas.

 

Al contrario, defendió la necesidad de proteger a quien está siendo señalado y de no contribuir al linchamiento público.

 

Su saludo final, “con amabilidad” y deseándole suerte, contrastó con el tono agresivo que ha marcado buena parte de la polémica.

 

Todo este episodio abre un debate más profundo sobre el papel de los intelectuales, los escritores y los creadores en una sociedad cada vez más polarizada.

 

¿Debe un autor ser juzgado por su obra o por la imagen que otros proyectan sobre él? ¿Es legítimo convertir un premio literario en un símbolo ideológico? ¿Dónde queda la responsabilidad de los representantes públicos cuando utilizan su altavoz para señalar a personas concretas?

 

 

Juan del Val no es un recién llegado. Lleva años escribiendo, opinando y participando en el debate público.

 

Su presencia en programas como El Hormiguero lo ha convertido en una figura reconocible, lo que también le hace más vulnerable a la caricatura.

 

Pero eso no debería justificar el desprecio ni el insulto gratuito.

 

Más allá de simpatías o antipatías, el caso pone sobre la mesa una deriva preocupante: la facilidad con la que se deshumaniza al otro cuando se le etiqueta.

 

Escritor “de derechas”, “de izquierdas”, “comercial”, “mediático”. Etiquetas que simplifican y que, en muchos casos, sirven como excusa para no leer, no escuchar y no debatir con argumentos.

 

El Premio Planeta, con todas sus luces y sombras, sigue siendo un referente cultural. Ganarlo no convierte automáticamente a nadie en un genio ni en un villano.

 

Es un reconocimiento a una obra concreta, evaluada por un jurado concreto, en un contexto editorial determinado. Utilizarlo como arma política no enriquece el debate público, lo empobrece.

 

La respuesta de Juan del Val, medida pero firme, no busca silenciar a nadie. Busca recordar algo básico: el respeto.

 

Respeto a la cultura, a las personas y a las instituciones. Porque cuando desde el Congreso se banaliza el insulto, cuando desde la crítica cultural se cruza la línea de lo personal, el daño no es solo individual. Es colectivo.

 

Quizá lo más significativo de todo este episodio no sea lo que se ha dicho, sino lo que revela.

 

Revela una sociedad cansada, crispada, donde el éxito ajeno se cuestiona más que se analiza y donde la exposición pública se confunde con barra libre para el ataque.

 

Revela también que aún hay voces, como la de Pedro Ruiz, dispuestas a poner un freno y a reivindicar la decencia como valor.

 

Al final, la literatura, la política y la opinión pública se cruzan en un terreno resbaladizo. Juan del Val ha decidido no callarse, pero tampoco gritar.

 

Ha puesto palabras a una incomodidad que muchos comparten y ha dejado una reflexión abierta: quizá haya cosas más importantes de las que hablar en el Congreso, y quizá también haya formas más dignas de discrepar en una democracia madura.

 

El lector, el espectador y el ciudadano tienen la última palabra. Leer, informarse, contrastar y no dejarse arrastrar por el ruido es, hoy más que nunca, un acto casi revolucionario.

 

Porque en tiempos de polarización, la calma y el pensamiento crítico se convierten en una forma de resistencia.

 

 

 

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