El dardo de Rosa Villacastín a Podemos tras los resultados en Aragón: “¿Algo que decir?”.
La periodista ha cargado contra Ione Belarra después de no haber obtenido representación.

La noche electoral en Aragón dejó una imagen que, para muchos, simboliza algo más que un simple reparto de escaños.
Mientras se cerraban los colegios y avanzaba el escrutinio, una realidad se imponía con crudeza: Podemos desaparecía de las Cortes aragonesas.
El partido que durante años fue sinónimo de irrupción, de ruptura del tablero político y de esperanza para una parte de la izquierda, perdía el único escaño que aún conservaba en la comunidad.
Un golpe seco, difícil de maquillar, que ha abierto una herida interna y ha reavivado un debate que llevaba tiempo latente.
No habían pasado muchas horas desde que se confirmaron los resultados cuando una voz conocida del periodismo español decidió decir en voz alta lo que otros solo murmuraban en privado.
Rosa Villacastín, periodista veterana y habitual comentarista política, utilizó su cuenta de X para lanzar un mensaje directo, sin rodeos y con un destinatario claro: Ione Belarra, secretaria general de Podemos.
“¿Algo que decir Ione Belarra?”, escribía Villacastín, etiquetándola de forma explícita. La frase, breve pero cargada de intención, iba acompañada de una crítica aún más contundente:
“Ir contra la izquierda por puro resentimiento os da estos resultados: 0”. En apenas unas líneas, la periodista condensaba una lectura política que muchos analistas llevan tiempo repitiendo: la fragmentación de la izquierda pasa factura, y Podemos está pagando un precio especialmente alto.
El mensaje no se quedaba solo en el reproche. Villacastín añadía un matiz que le daba mayor profundidad a su crítica.
Calificaba lo ocurrido como una “lástima” y recordaba que dentro del partido “hay gente muy valiosa que no se merece esto”.
Una frase que resonó con fuerza porque apuntaba directamente a la idea de que el problema no es solo electoral, sino también orgánico y estratégico.
No se trata únicamente de votos perdidos, sino de capital humano, de militancia y de referentes que ven cómo su trabajo se diluye en medio de luchas internas y decisiones discutidas.
La reacción en redes fue inmediata. El mensaje de Villacastín se compartió, se comentó y se debatió durante horas.
Para algunos, puso palabras a una evidencia incómoda. Para otros, fue una crítica dura pero necesaria.
Y también hubo quienes consideraron que era injusto cargar toda la responsabilidad sobre Belarra.
Pero lo cierto es que el foco ya estaba colocado: Podemos Aragón se quedaba fuera del Parlamento autonómico, y alguien tenía que explicar por qué.
Los datos eran claros. Tras el escrutinio definitivo, la formación morada no había alcanzado los votos suficientes para mantener su representación.
El escaño que durante la legislatura había ocupado María Goikoetxea se perdía, dejando a Podemos sin voz institucional en Aragón.
Un escenario impensable hace solo unos años, cuando el partido irrumpía con fuerza en distintos territorios y se consolidaba como una pieza clave del bloque de izquierdas.
El lunes siguiente a las elecciones, la cúpula de Podemos se reunía para analizar los resultados. El ambiente, según fuentes cercanas al partido, estaba lejos de ser optimista. Pablo Fernández, coportavoz y secretario de Organización, fue el encargado de comparecer ante los medios.
Y no esquivó la realidad. Calificó el resultado como “muy malo”, una expresión que, viniendo de un dirigente de primer nivel, reflejaba la magnitud del golpe.
Fernández evitó señalar culpables directos de manera explícita, pero tampoco eximió por completo a la dirección autonómica.
Reconoció que la situación en Aragón era complicada y que el partido había llegado a la cita electoral en condiciones poco favorables.
Una dirección autonómica con apenas tres meses de rodaje, problemas internos no resueltos y una estructura debilitada fueron algunos de los factores que se pusieron sobre la mesa.
Aun así, desde Podemos insistieron en que no se trataba de tirar la toalla. El propio Fernández aseguró que el partido redoblará esfuerzos para fortalecer los territorios, una de las debilidades que reconocen abiertamente.
La idea, según explicó, es reconstruir desde abajo, reforzar la organización y evitar que lo ocurrido en Aragón se repita en otras comunidades.
La mirada, inevitablemente, ya está puesta en el próximo reto electoral: las elecciones autonómicas en Castilla y León, previstas para el 15 de marzo.
Allí, Podemos se juega también buena parte de su futuro inmediato. El mensaje oficial es de lucha y resistencia, de no dar nada por perdido. Pero puertas adentro, la preocupación es evidente.
Uno de los elementos que más se repitió en la rueda de prensa fue la cuestión de la unidad. Fernández confirmó que Podemos intentó elaborar una lista conjunta en Aragón, al igual que en Castilla y León, pero las negociaciones con Izquierda Unida no llegaron a buen puerto.
Un contraste claro con lo ocurrido en Extremadura, donde sí se logró una coalición y los resultados fueron, según la formación, positivos.
Este punto conecta directamente con la crítica lanzada por Rosa Villacastín. La periodista no hablaba solo de Aragón, sino de una estrategia que, a su juicio, ha llevado a Podemos a enfrentarse a otros espacios de la izquierda en lugar de buscar acuerdos.
Para ella, y para muchos votantes progresistas, la división no solo debilita electoralmente, sino que transmite una imagen de desconexión con las prioridades reales de la ciudadanía.
La pérdida del escaño en Aragón se convierte así en un símbolo. No es un caso aislado, sino parte de una tendencia más amplia que afecta a Podemos en varios territorios.
El partido que nació para “asaltar los cielos” se encuentra ahora luchando por no desaparecer de algunas instituciones autonómicas. Y eso obliga a una reflexión profunda.
Dentro del partido hay quien reconoce que se han cometido errores. La gestión de las alianzas, el tono del discurso y la relación con otros actores de la izquierda son algunos de los aspectos que se señalan de forma recurrente.
También se menciona el desgaste acumulado tras años de conflictos internos, escisiones y cambios de liderazgo.
Al mismo tiempo, hay una sensación de injusticia entre muchos militantes. Consideran que Podemos sigue defendiendo propuestas sociales relevantes, pero que el ruido interno y la fragmentación del espacio progresista impiden que ese mensaje llegue con claridad al electorado.
De ahí que las palabras de Villacastín sobre “gente muy valiosa” hayan calado tanto. Porque apuntan a una frustración compartida.
La figura de Ione Belarra queda inevitablemente en el centro del debate. Como secretaria general, es la cara visible de una etapa marcada por decisiones difíciles y contextos complejos.
Sus defensores argumentan que ha tenido que pilotar el partido en un momento de reconfiguración de la izquierda, con la irrupción de nuevos proyectos y un escenario político más competitivo. Sus críticos, en cambio, le reprochan haber priorizado las siglas y las batallas internas sobre la unidad.
Lo ocurrido en Aragón añade presión a esa discusión. No se trata solo de una crítica externa, sino de un aviso sobre las consecuencias electorales de determinadas estrategias.
Y aunque desde la dirección se insiste en mirar hacia adelante, el golpe es demasiado reciente como para pasar página sin más.
En este contexto, la reacción de figuras públicas como Rosa Villacastín actúa como catalizador. Su mensaje no aporta datos nuevos, pero sí una interpretación que conecta con una parte del electorado progresista desencantado.
Esa izquierda que observa cómo, elección tras elección, la falta de acuerdos termina beneficiando a otros bloques.
Aragón se convierte así en un espejo incómodo. Un territorio donde Podemos no logró mantener su espacio y donde la fragmentación se tradujo en pérdida de representación. Un aviso de lo que puede ocurrir si no se corrige el rumbo.
Más allá de nombres propios y reproches cruzados, lo que está en juego es el futuro de un proyecto político. Podemos enfrenta el reto de redefinirse, de decidir si quiere seguir compitiendo en solitario o apostar de verdad por la confluencia.
Y también de reconstruir la confianza de un electorado que, en muchos casos, optó por otras opciones o directamente se quedó en casa.
La pregunta que flota en el ambiente es clara: ¿servirá este golpe para provocar un cambio real o se repetirá la misma historia en las próximas citas electorales? Aragón ya ha hablado en las urnas. Ahora le toca al partido decidir cómo interpreta ese mensaje.
Porque, como recordó Villacastín, los resultados no solo se miden en escaños, sino en oportunidades perdidas. Y en política, las segundas oportunidades no siempre llegan.