El día que la monarquía española dejó de ser intocable: 12 años del banquillo de la infanta Cristina y una confesión judicial que cambió el relato para siempre.

El día que la monarquía española cambió para siempre: 12 años de la imputación de la infanta Cristina y su histórica confesión en los tribunales.

 

 

Este 29 de enero se cumplen doce años de la imagen de la infanta Cristina sentada en el banquillo de los acusados. Una estampa que dio la vuelta al mundo y cambió para siempre el porvenir de la Corona.

 

 

“Hasta el último momento pensamos que podíamos lograrlo…”, asegura Iñaki Urdangarin (58 años) en sus memorias sobre el momento en el que el juez le declaró culpable por malversación, prevaricación, fraude, dos delitos fiscales y tráfico de influencias en el Caso Nóos. Una condena a 5 años y 10 meses de prisión que le cambió la vida para siempre.

 

 

“Si para mí la situación era difícil, para ella lo era más”, asegura Urdangarin haciendo referencia a su entonces mujer.

 

Y es que si su imputación fue difícil de digerir, ver a la infanta Cristina sentada en el banquillo de los acusados acusada de corrupción no solo hizo tambalear los cimientos de la Casa Real, sino que cambió de manera inevitable el porvenir de la Corona.

 

 

Un antes y un después para la Corona.

 

 

“Confío plenamente en él, en su inocencia y estoy convencida de que ha estado bien asesorado”, declaró doña Cristina ante el juez en su afán de salvar a su marido de prisión.

 

Más de 500 veces contestó “no lo sé” o “no lo recuerdo” a las cuestiones de la Fiscalía. Una declaración que todavía hoy resuena entre las paredes de palacio.

 

 

 

 

“Terminé en la cárcel para contentar a la prensa, a los jueces, al fiscal y a la Casa Real. Cuando se decide que alguien tiene que caer, los hechos estorban”, asegura Urdangarin en su biografía.

 

Una afirmación contundente que pone de manifiesto que tras su paso por prisión ya no le teme a nada ni a nadie.

 

 

Con motivo de su aniversario, en Lecturas nos hemos puesto en contacto con María José Gómez Verdú, experta en protocolo, para analizar cómo la imputación de la infanta Cristina -aunque después fuera absuelta- rompió en mil pedazos a la Familia Real.

 

“Marcó un antes y un después. Hasta entonces, la Familia Real se movía en un espacio protocolario muy definido, donde cada aparición pública, cada gesto y cada silencio estaban orientados a reforzar valores como servicio, neutralidad y honorabilidad.

 

La imputación de un miembro directo introdujo, de forma abrupta, un elemento de disonancia entre la imagen institucional proyectada y la conducta privada asociada a uno de sus integrantes”, asegura la experta.

 

 

Las consecuencias terribles de la imputación de la infanta Cristina.

 

 

 

A Felipe VI no le tembló el pulso. Su objetivo era salvaguardar la Corona y consciente de ello cortó por lo sano.

 

La Casa Real tomó partido. Cristina, que durante años había sido un miembro activo de la institución, pasó a ser transparente. Dejó de asistir primero a actos oficiales y después a reuniones familiares.

 

 

 

 

En 2015, de manera oficial, don Felipe anunció la revocación del título de duquesa de Palma, una decisión que terminó por resquebrajar la relación entre hermanos.

 

El objetivo no era otro que desvincular la Corona del escándalo de corrupción que salpicaba a la infanta y su entonces marido.

 

 

“El impacto fue profundo porque obligó a redefinir los límites entre familia y representación oficial”, recuerda Gómez Verdú.

 

El caso obligó a formalizar algo que antes se gestionaba de manera más flexible: la diferencia entre quienes ejercen funciones institucionales y quienes, aun teniendo un título, no deben comprometer la imagen de la Corona.

 

 

Pero las consecuencias no se quedaron ahí. La experta en protocolo recuerda que la Casa Real tuvo que reinventar la forma de comportarse públicamente con el objetivo de recuperar la confianza perdida.

 

 

 

 

La nueva etapa de la Familia Real.

 

 

Desde entonces, los cambios en la Casa Real han reflejado claramente esta nueva etapa. Felipe VI “consolidó un modelo de monarquía más reducido, más profesionalizado y más consciente del valor del comportamiento ejemplar como eje de su protocolo interno”.

 

 

Así, creó una barrera sanitaria que diferenciaba la Familia Real de la familia del Rey, aunque para eso tuviera que echar a un lado a la infanta Elena.

 

Una decisión que afectó de manera inevitable a las relaciones familiares. “Se reforzaron los códigos de conducta y se intensificó la transparencia en aspectos que antes quedaban en la esfera de la discreción”, apunta la experta.

 

 

Aunque en 2017 el tribunal absolvió a la infanta Cristina, su nombre quedó manchado para siempre.

 

Sobre todo después de que su entonces marido, Iñaki Urdangarin, fuera declarado culpable y condenado a más de 6 años de prisión.

 

 

 

 

 

María José Gómez Verdú echa la vista atrás y, con perspectiva, asegura que aquel episodio “no solo afectó a la imagen de Cristina, sino que obligó a la monarquía española a actualizar sus reglas no escritas.

 

La institución entendió que el protocolo del siglo XXI no se limita a precedencias, tratamientos y ceremonial, sino que incluye la gestión ética de la conducta, la transparencia y la rendición de cuentas como parte inseparable de la etiqueta institucional.

 

En ese sentido, la imputación de la Infanta Cristina fue un punto de inflexión que transformó la manera en que la Corona se protege a sí misma: ya no desde la distancia y el silencio, sino desde la delimitación clara de responsabilidades y la apuesta por una ejemplaridad más visible y exigente”.

 

 

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