Cristina Tárrega lanza un criticado discurso contra el feminismo en pleno directo: “Así estamos, ya nadie me dice un piropo”.
La colaboradora se declaró “nada feminista” desde ‘Vamos a ver’, el matinal de Telecinco.

Cristina Tárrega en ‘Vamos a ver’.
Hay momentos televisivos que pasan desapercibidos y otros que, en cuestión de segundos, incendian el debate público y se convierten en un espejo incómodo de la sociedad.
Lo ocurrido con Cristina Tárrega en el plató de Vamos a ver, el matinal de Telecinco, pertenece sin duda a esta segunda categoría.
No fue una bronca, ni un enfrentamiento directo, ni siquiera una exclusiva. Fue algo aparentemente más simple y, por eso mismo, más explosivo: un discurso espontáneo, sin filtros, contra el feminismo en pleno directo.
Todo comenzó de manera casi rutinaria. En el programa se comentaba el posible nuevo embarazo de Alejandra Rubio junto a Carlo Costanzia, una información que circulaba ya por distintos medios y redes sociales.
Patricia Pardo tomó la palabra para expresar su malestar ante la ligereza con la que se difunden este tipo de noticias, apelando a una mayor sensibilidad y respeto hacia la intimidad de las personas implicadas.
Su reflexión no era nueva, pero sí significativa: hablaba de feminismo entendido como evolución social, como la necesidad de replantear ciertas prácticas informativas que, durante años, se han dado por normales.
Defendía que anunciar un embarazo sin confirmación o sin el consentimiento de los protagonistas no encaja con una sociedad que presume de ser más consciente y empática.
“Somos muy feministas para unas cosas sí y para otras no”, dijo Pardo, poniendo el dedo en una contradicción que muchos espectadores reconocen.
Y fue justo ahí, en ese punto, cuando Cristina Tárrega irrumpió con un alegato que nadie esperaba y que cambió por completo el rumbo de la conversación.
“Yo soy periodista y persona, y no soy nada feminista”, soltó, sin titubeos. El silencio en el plató fue casi físico.
No por la frase en sí, sino por lo que vino después. Tárrega no se limitó a expresar una postura personal; construyó un discurso emocional cargado de reproches, nostalgia y una visión del feminismo que conectó con uno de los argumentos más controvertidos del debate actual.
Según ella, el feminismo ha provocado que ya no se puedan decir piropos por la calle, algo que, en su opinión, ha desembocado en una autoestima femenina “totalmente hundida”.
En apenas unos segundos, mezcló conceptos como libertad, halago, validación y feminismo en una misma frase, generando una tormenta perfecta.
Lejos de matizar o suavizar sus palabras cuando algunas compañeras intentaron replicar, Cristina Tárrega redobló su apuesta.
Insistió en que había trabajado rodeada de hombres, que había luchado mucho en su carrera profesional y que, aun así, no se consideraba feminista. Su tono no era irónico ni provocador: era vehemente, casi reivindicativo.
El plató se convirtió en un campo minado. Adriana Dorronsoro y Paloma Barrientos trataron de reconducir el debate, señalando que el feminismo no tiene que ver con prohibir piropos, sino con erradicar el acoso y garantizar igualdad de derechos.
Pero el mensaje de Tárrega ya había salido disparado, directo a millones de hogares y, sobre todo, a las redes sociales.
La reacción fue inmediata y masiva. En X, antiguo Twitter, los comentarios se sucedieron a una velocidad vertiginosa.
Muchos usuarios expresaron su indignación ante lo que consideraban una banalización del acoso callejero, disfrazado de halago.
Otros ironizaban sobre la idea de que la autoestima femenina dependa de que un desconocido grite algo desde una acera.
“Como si el acoso fuera un piropo y no una falta de respeto”, escribía un usuario. “¿De verdad cree que el feminismo es el motivo por el que ya no le dicen nada por la calle?”, cuestionaba otro.
Las críticas no solo apuntaban al contenido del discurso, sino al espacio desde el que se lanzó: un programa de máxima audiencia, en una cadena generalista, con un público muy diverso.
La polémica trascendió rápidamente el ámbito de los espectadores y llegó a profesionales del sector.
María Patiño fue una de las primeras en pronunciarse, con un mensaje que muchos interpretaron como una reflexión más amplia sobre el debate público actual.
“Cuando se habla desde el resentimiento, se diluye tu opinión y convierte en ganador al que tú crees que es tu oposición”, escribió, sin mencionar directamente a Tárrega, pero con una clara alusión al fondo del asunto.
Otros colaboradores y periodistas optaron por la ironía o la preocupación abierta. Anna Gurguí habló de “tiempos oscuros”, mientras que David Insua tiró de sarcasmo al resumir el discurso en una frase que se viralizó con rapidez.
La sensación general era que lo ocurrido no era un simple desliz, sino el síntoma de una fractura generacional y cultural mucho más profunda.
Porque el debate no iba realmente de piropos. Iba de qué entendemos por feminismo, de cómo se ha construido su imagen pública y de por qué todavía hay quien lo percibe como una amenaza personal en lugar de como un movimiento por la igualdad.
El discurso de Cristina Tárrega conectó con un sector de la audiencia que se siente desplazado por los cambios sociales, pero también evidenció hasta qué punto ciertos mensajes siguen calando.
Lo más llamativo para muchos analistas fue la asociación directa entre feminismo y pérdida de validación masculina.
Una idea que, lejos de ser nueva, vuelve a aparecer cada cierto tiempo envuelta en nostalgia: antes nos decían cosas, ahora no; antes éramos deseadas, ahora invisibles.
Un planteamiento que ignora deliberadamente el contexto, el consentimiento y la diferencia entre un halago y una invasión.
En el fondo, lo que se debatía en ese plató era quién define las reglas del espacio público y desde qué mirada.
Patricia Pardo hablaba de sensibilidad y evolución social. Cristina Tárrega respondía desde la experiencia personal y la emoción. Dos planos distintos que chocaron sin posibilidad de entendimiento.
Telecinco no ha hecho comentarios oficiales sobre la polémica, pero el clip del momento se ha difundido ampliamente, multiplicando su alcance más allá del programa. Cada visualización reabre el debate, cada retuit añade una capa más de interpretación.
Hay quien defiende el derecho de Tárrega a expresar su opinión, aunque no se comparta. Otros señalan la responsabilidad que conlleva tener un altavoz mediático y la necesidad de contextualizar discursos que pueden reforzar estereotipos dañinos.
Entre unos y otros, el feminismo vuelve a situarse en el centro de una batalla cultural que parece lejos de cerrarse.
Lo ocurrido deja varias preguntas en el aire. ¿Por qué sigue generando tanto rechazo una palabra que, en esencia, habla de igualdad? ¿Por qué algunos discursos reducen un movimiento complejo a una caricatura cómoda? ¿Y qué papel juegan los medios en la amplificación de estas narrativas?
Más allá de Cristina Tárrega, el episodio refleja una tensión social real. Un choque entre generaciones, entre formas de entender la libertad, el respeto y la identidad.
Un recordatorio de que los avances no son lineales y de que cada paso adelante suele venir acompañado de resistencias.
Quizá por eso el debate no se apagó al terminar el programa. Sigue vivo en conversaciones privadas, en tertulias, en redes y en bares.
Porque no habla solo de piropos ni de platós de televisión. Habla de cómo queremos relacionarnos, de qué valores priorizamos y de si estamos dispuestos a escuchar al otro sin simplificarlo.
En un contexto mediático saturado de ruido, el discurso de Cristina Tárrega ha funcionado como una chispa.
Incómoda para muchos, reveladora para otros. Pero, sobre todo, ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que sigue siendo central: el feminismo no es una moda ni una corriente pasajera, sino un debate vivo que atraviesa emociones, experiencias y contradicciones.
Y mientras unos aplauden y otros critican, lo cierto es que el tema ha logrado lo que pocos consiguen hoy en día: detener la atención, generar conversación y obligar a posicionarse. Porque, al final, el silencio también es una forma de tomar partido.