El llamativo mensaje de Broncano a Quequé tras su dardo a Nacho Abad.
El presentador de ‘La Revuelta’ se acuerda del cómico durante el programa.

Hubo un silencio raro en la radio. De esos que no se notan al principio, pero que, cuando te das cuenta, ya pesan.
Un hueco extraño, incómodo, como cuando alguien falta a la mesa y nadie se atreve a decir su nombre en voz alta.
Así empezó a circular, casi de forma subterránea, la noticia que terminaría explotando en redes, tertulias y grupos de WhatsApp: Héctor de Miguel, Quequé, ya no estaba en la SER. Y no era una salida cualquiera.
No era un cambio de etapa amable ni una despedida pactada. Era la consecuencia directa de una parodia. De una broma. De una imitación que tocó una fibra demasiado sensible.
La televisión y la radio españolas llevan décadas jugando al filo de la sátira, pero pocas veces un sketch había generado un terremoto tan inmediato y tan revelador. Porque lo ocurrido con Quequé no va solo de humor.
Va de límites, de poder, de miedo y de una pregunta que cada vez resuena con más fuerza: ¿quién decide de qué se puede reír uno en este país?
Todo empezó con una parodia emitida en Hora veintipico, el espacio que Héctor de Miguel conducía en la Cadena SER.
Quienes conocen el programa saben que el sarcasmo y la ironía no son un adorno, sino su columna vertebral.
Ese día, Quequé apareció caracterizado como Nacho Abad, presentador de Cuatro, rebautizado irónicamente como “Macho Abad”, al frente de un ficticio programa llamado En boca de bobos. La referencia era evidente. La intención, también.
La parodia apuntaba directamente al tratamiento informativo del accidente de tren de Adamuz, un suceso trágico que había sido abordado en algunos espacios televisivos con imágenes y enfoques que muchos espectadores consideraron sensacionalistas.
Desde la sátira, Quequé criticó esa manera de convertir el dolor en espectáculo, de exprimir la tragedia para rascar décimas de audiencia. No hubo insultos directos. No hubo acusaciones formales. Hubo humor incómodo. De ese que molesta porque señala.
La reacción no tardó en llegar. Primero, el runrún. Luego, la presión. Y finalmente, el anuncio que confirmó lo que muchos temían: Héctor de Miguel dejaba la SER. No hubo un gran comunicado corporativo.
No hubo una despedida solemne en antena. Fue el propio cómico quien tomó la palabra, como suele hacer, en redes sociales.
Su mensaje, publicado el 25 de enero, fue tan escueto como demoledor. “Si la parodia del inefable escoció, fue porque el dardo hizo diana”, escribió.
Y a partir de ahí, dejó claras las líneas del conflicto: no fue su programa el que mostró imágenes truculentas para subir el share, ni quien fomenta la desinformación y el conflicto diario a base de debates maniqueos.
Cerró con una frase que sonó a pausa forzada, a retirada obligada: “Tengo que descansar un rato y luego ya veremos”.
Desde entonces, silencio. Ni entrevistas. Ni aclaraciones. Ni nuevos mensajes. Un silencio que, lejos de apagar el debate, lo avivó.
En cuestión de horas, las muestras de apoyo comenzaron a multiplicarse. Oyentes, compañeros de profesión, humoristas, periodistas y figuras del mundo cultural salieron en defensa de Quequé.
Muchos no hablaban solo de él, sino de lo que su salida representaba. De la sensación de que algo se estaba tensando demasiado en los medios. De que el humor crítico empezaba a pagar un precio alto.
Y entonces ocurrió algo que terminó de convertir el caso en un fenómeno viral. David Broncano, uno de los rostros más influyentes del entretenimiento actual, decidió romper el guion en La Revuelta.
Fue un momento breve, casi improvisado, pero cargado de significado. Mientras conversaba con Celtas Cortos, que habían acudido como público, Broncano detuvo la charla.
“Por cierto, que no hemos dicho nada ayer. Le mandamos un abrazo enorme a Quequé, Héctor, que es el mejor y que está…”, dijo antes de que el aplauso del público lo interrumpiera.
No hizo falta terminar la frase. El plató entendió. La audiencia también. Broncano miró a cámara y le lanzó un beso al cómico.
Un gesto sencillo, pero poderoso. Un mensaje de apoyo claro, sin ambigüedades, que conectó de inmediato con miles de espectadores.
Celtas Cortos asintieron. “Eso es”, dijeron. Y siguieron con el programa. Pero ya nada era igual.
Ese gesto, aparentemente pequeño, tuvo un impacto enorme. Porque Broncano no es solo un presentador. Es un termómetro generacional.
Cuando él habla, muchos escuchan. Y cuando se sale del guion para mostrar apoyo a un compañero que ha caído por hacer humor crítico, el mensaje trasciende lo personal.
A partir de ahí, el debate se amplió. ¿Se puede criticar desde el humor a otros comunicadores? ¿Dónde acaba la sátira y empieza la censura? ¿Por qué determinadas parodias incomodan tanto en un contexto en el que la televisión lleva años explotando el morbo sin apenas consecuencias?
El caso de Adamuz fue clave. Porque no se trataba de un chascarrillo vacío. Era una tragedia real, con víctimas reales.
Y ahí es donde muchos espectadores se alinearon con la crítica de Quequé. No porque odiaran a Nacho Abad o a su programa, sino porque reconocían un problema estructural en cierta televisión: la espectacularización del dolor, el uso de imágenes impactantes para retener audiencia, el debate simplificado y emocional que sustituye al análisis.
Quequé puso un espejo. Y el reflejo no gustó.
Desde fuentes periodísticas se ha confirmado que la presión tras la parodia fue intensa. No tanto en forma de escándalo público, sino de incomodidad interna.
De llamadas. De gestos. De líneas que, según algunos, no se debían cruzar. La SER, una emisora con una larga tradición de humor político y sátira, se encontró en una posición delicada. Y el resultado fue una salida que muchos califican de traumática.
Lo significativo es que, desde entonces, Héctor de Miguel no ha vuelto a hablar. Y ese silencio dice mucho.
En un ecosistema mediático donde todo se comenta al segundo, donde cada movimiento genera titulares, la ausencia de palabras se convierte en una declaración en sí misma.
Mientras tanto, el apoyo no ha cesado. Las redes siguen llenándose de mensajes que reivindican su trayectoria, su valentía y su forma de entender el humor.
No como una herramienta para humillar, sino como una forma de señalar abusos, incoherencias y excesos.
Muchos recuerdan que Quequé ha sido incómodo para todos los bandos. Que no se ha casado con nadie. Y que quizá por eso su salida duele más.
Este episodio ha dejado al descubierto una tensión latente en los medios españoles. La convivencia entre información, entretenimiento y poder nunca ha sido sencilla.
Pero en un momento de polarización extrema, cualquier gesto crítico parece amplificarse. El humor, que históricamente ha servido como válvula de escape y como instrumento de denuncia, se encuentra ahora bajo sospecha.
La pregunta que flota en el ambiente no es solo qué pasará con Quequé. Es qué pasará con los que vengan después. Con quienes se atrevan a parodiar, a incomodar, a reírse de los que marcan agenda. ¿Habrá espacio para ese humor? ¿O el precio será demasiado alto?
David Broncano, con su gesto, pareció responder sin palabras. El público, con su aplauso, también. Ahora la pelota está en el tejado de los medios, de las audiencias y de una industria que tendrá que decidir si prefiere la comodidad del silencio o el riesgo de la crítica.
Porque, al final, esto no va solo de un cómico que deja la radio. Va de qué tipo de conversación queremos tener como sociedad.
Y de si estamos dispuestos a defender a quienes, con una parodia, se atreven a decir lo que muchos piensan y pocos se atreven a pronunciar en voz alta.