De “las mujeres se mueren por mí” al “me haces daño”: el otro relato de Julio Iglesias.
El “necesito intimidad todos los días” con el que presumía de poder masculino es hoy un bumerán que regresa con fuerza.

Julio Iglesias durante uno de sus conciertos en julio de 2016, en Mónaco.
Escalofriantes y espeluznantes. Los testimonios de las dos mujeres que han acusado a Julio Iglesias de agresiones sexuales, vejaciones físicas y abuso de poder, entre otras cosas, son sobrecogedores.
También son verosímiles, aunque eso no implique que tengan que ser ciertos. Eso se debe dirimir en un tribunal y lo debe decidir un juez. Porque Julio Iglesias es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
Pero el artista tiene un problema: la opinión pública no se mueve solo por autos judiciales, sino también por memoria, por percepciones y por un relato vital que, en su caso, ha alimentado durante décadas la idea de un hombre convencido de que puede hacer con las mujeres prácticamente lo que quiera.

Julio Iglesias en el escenario en el marco de uno de sus conciertos en el pasado.
Durante años, la figura de Julio Iglesias se ha construido sobre la imagen del macho alfa, del seductor eterno, el conquistador que convierte cada escenario, cada entrevista, cada plató de televisión o cada firma de discos en una demostración de poder masculino.
Con besos y toqueteos hoy impensables pero que realizaba con orgullo sintiéndose impune.
En ocasiones actuaba como si estuviera haciéndole un favor a la mujer que tenía delante.
Esa ha sido su forma de presentarse al mundo: presumiendo de haber estado con más de 3.000 mujeres y afirmando públicamente que necesitaba mantener intimidad a diario, en algunos casos incluso varias veces al día.
Una forma de ser que se lo hemos aplaudido y reído toda España. Pero esa caricatura de sí mismo es hoy un boomerang que regresa con fuerza directo al mentón.
Por eso, cuando dos mujeres describen un entorno de dominación, miedo y abuso, los relatos no caen en vacío, sino que, a ojos de muchos, encajan en una biografía pública donde el juego de poder con las mujeres ha sido casi un sello de su marca personal.
El personaje que él mismo ha alimentado -el de hombre que se siente autorizado a todo- ha contribuido a que la sociedad reciba estas acusaciones con una mezcla de estupor y de credibilidad.
Si nos hubieran dicho que el protagonista de estos hechos era Raphael, la reflexión colectiva hubiera sido muy diferente. No obstante, y a pesar de todo, esto no le convierte per se en un agresor sexual.
La gravedad del asunto exige serenidad, prudencia y, sobre todo, respeto tanto a las denunciantes como al denunciado.
La sociedad tiene la obligación moral de creer y escuchar a las víctimas de abusos sexuales, quienes durante años han callado porque se las ponía en duda y bajo sospecha, pero también tiene el deber de proteger el principio de inocencia del señalado.

El cantante emitió un comunicado tras el escándalo en el que se ha visto envuelto en los últimos días.
Julio Iglesias ha anunciado que se defenderá en los juzgados. Es, sin duda, la vía más sensata y la única posible ante unas acusaciones tan graves.
Que el caso se judicialice es buena noticia: protege su derecho a demostrar su inocencia y, a la vez, ofrece a las denunciantes la oportunidad de que sus testimonios sean evaluados con rigor.
Si los hechos acabaran siendo ciertos, resultaría inconcebible que quedaran impunes.
El prestigio o la fama no pueden servir de protección ante un delito de esta magnitud.
Pero si, como sostiene el artista, las acusaciones son falsas, entonces también sería imprescindible actuar con firmeza: las denuncias infundadas daña no solo al acusado, sino también a las verdaderas víctimas, que se enfrentan luego a la sombra de la duda.
En este contexto, la posibilidad de un acuerdo extrajudicial se presenta como una trampa peligrosa.
Puede parecer la salida más cómoda, pero en realidad sería la más dañina. Un pacto, por definición, no esclarece los hechos: los entierra.
Para un artista del peso de Julio Iglesias, un arreglo económico o privado solo serviría para sembrar la duda y alimentar la sospecha pública, como si se tratara de una admisión encubierta.
Ante acusaciones tan graves, la única forma de preservar la dignidad es que decida un juez.
De ahí la necesidad de ser precavidos: la justicia tendrá la última palabra sobre los hechos, pero la sociedad debe revisar el modelo de idolatría que ha aplaudido durante años.
Porque quizá, sin saberlo, ha ayudado a aupar a algunos personajes que han creído que podían mirar a las mujeres desde arriba por mucha imagen familiar que nos hayan querido vender.