Joaquín Prat usa dos elocuentes palabras al opinar del escándalo de Julio Iglesias y lanza esta pregunta clave.
Joaquín Prat se ha pronunciado sobre cómo se ha tomado las acusaciones a Julio Iglesias de presunto abuso sexual por parte de dos ex trabajadoras.

Desde primera hora de la mañana, la sensación era clara en todas las redacciones: no se trataba de una noticia más.
Había algo distinto, más pesado, más incómodo. De esas informaciones que no solo ocupan titulares, sino que atraviesan conversaciones, silencios y miradas.
Las acusaciones contra Julio Iglesias, publicadas por elDiario.es en colaboración con Univisión tras tres años de investigación, no solo sacudieron el panorama mediático, sino que obligaron a todos a frenar, leer despacio y asumir que lo que se estaba contando iba mucho más allá del morbo o del ruido habitual.
Uno de los programas que dedicó buena parte de su emisión a abordar el caso fue “El tiempo justo”, el espacio que presenta Joaquín Prat.
No fue un tratamiento superficial ni apresurado. Desde el primer momento, el tono marcó la diferencia: gravedad, prudencia y una sensación compartida de desconcierto.
Porque cuando el nombre que aparece en una investigación de este calibre es el de uno de los artistas españoles más universales de todos los tiempos, el impacto es inevitable.
“Es la noticia del día y probablemente de lo que se hablará en todos los programas durante los próximos días”, introducía Prat, consciente de que el asunto no se agotaría en una sola tertulia.
Y tenía razón. Lo que se había publicado no era una filtración puntual ni una denuncia aislada, sino el resultado de un trabajo periodístico largo, minucioso y respaldado por testimonios que describen un escenario profundamente perturbador.
Las acusaciones parten de dos antiguas trabajadoras de las mansiones de Julio Iglesias en Bahamas y República Dominicana.
Mujeres muy jóvenes, de apenas 22 años en el momento de los hechos, que relatan un entorno laboral marcado por el control, el miedo, el acoso constante y, según sus palabras, agresiones sexuales.
Un contexto cerrado, lejos de focos, donde el poder se ejerce sin testigos y donde denunciar parece, durante mucho tiempo, una opción imposible.
“Lo describen todo como un ambiente de control, acoso y terror constante”, subrayaba Joaquín Prat antes de dar paso a un breve avance del contenido de la investigación.
No era una frase lanzada al aire: resumía con precisión el núcleo del relato de las denunciantes.
No hablan de episodios aislados, sino de una dinámica continuada, sostenida en el tiempo, donde la jerarquía y la dependencia laboral jugaban un papel determinante.
Tras la emisión de ese avance, Alfonso Egea aportó uno de los datos clave que sitúan el caso en una dimensión aún mayor.
La denuncia presentada ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional no se dirige únicamente contra Julio Iglesias.
También incluye a dos mujeres que, según el relato de las denunciantes, ejercían como supervisoras de las mansiones en Bahamas y República Dominicana.
La acusación apunta a que habrían colaborado o facilitado los hechos, lo que introduce la posibilidad de delitos relacionados con la trata de seres humanos.
Este matiz es fundamental. No estamos hablando solo de un presunto abuso cometido por una figura poderosa, sino de una posible estructura que habría permitido, encubierto o normalizado comportamientos vejatorios dentro de un entorno laboral.
Una red de silencios, órdenes y dependencias que, de confirmarse, obligaría a revisar cómo funcionan ciertos espacios de trabajo vinculados al lujo y a grandes fortunas.
El momento más revelador del programa llegó cuando Joaquín Prat conectó en directo con Raquel Ejerique, adjunta al director de elDiario.es y una de las periodistas que ha trabajado en la investigación.
Antes incluso de formular una pregunta, el presentador verbalizó algo que muchos espectadores probablemente estaban sintiendo en ese mismo instante.
“Esta mañana he leído estupefacto y completamente desconcertado todo lo que narráis en esta información, que es fruto de tres años de investigación”, confesó.
No era una pose televisiva. Era la reacción genuina de alguien acostumbrado a gestionar actualidad dura, pero que se encontraba, como tantos otros, ante un relato difícil de encajar.
Raquel Ejerique explicó con calma y precisión cómo se había construido la investigación.
Tres años de trabajo, contraste de fuentes, acompañamiento a las denunciantes y verificación exhaustiva de cada dato publicado.
Un proceso lento, alejado de la inmediatez, que buscaba precisamente evitar errores y garantizar que lo que salía a la luz estuviera sólidamente respaldado.
A medida que avanzaba la conversación, el foco se desplazó hacia una de las preguntas clave que sobrevuelan este tipo de casos: ¿qué va a pasar ahora? ¿Cuál es el siguiente paso para las denunciantes? ¿Cómo se articula una acusación tan grave cuando los hechos ocurrieron fuera de España?
Joaquín Prat lo formuló de manera directa: “¿Estas mujeres van a denunciar, van a ser representadas por una organización o van a ser ellas las que vayan a una comisaría a denunciar?”.
La respuesta de Ejerique despejó cualquier duda. “Son ellas las que han denunciado ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional.
Lo que pasa es que lo han hecho con el apoyo de una organización internacional que les ha ayudado a vehicular todo”.
Este detalle es crucial y a menudo malinterpretado. El apoyo de una organización no resta legitimidad al testimonio; al contrario, suele ser la única vía para que personas en situación de vulnerabilidad puedan enfrentarse a estructuras de poder descomunales.
No se trata de portavoces ni de intermediarios que hablen por ellas, sino de un acompañamiento legal y psicológico que les permite dar el paso sin quedar completamente expuestas.
Prat añadió un apunte que resume la siguiente fase del proceso: “Y tendrán que declarar en el caso de que su señoría decida continuar con el procedimiento”.
La pelota, ahora, está en el tejado de la Fiscalía. Las diligencias abiertas son preprocesales y de carácter reservado, con el objetivo de proteger a las presuntas víctimas mientras se analizan los indicios.
El presentador cerró el bloque felicitando a la periodista por el trabajo realizado. Un gesto que, más allá de lo protocolario, pone en valor una forma de hacer periodismo cada vez más necesaria: la que incomoda, la que no se deja arrastrar por el ruido y la que asume riesgos cuando el interés público lo exige.
Este caso ha vuelto a activar debates profundos que van mucho más allá del nombre de Julio Iglesias.
Habla de cómo se ejerce el poder en espacios privados, de por qué tantas víctimas tardan años en denunciar y de cómo la fama puede funcionar durante décadas como un escudo invisible.
También interpela a los medios y a la sociedad: ¿somos capaces de escuchar cuando el relato no encaja con la imagen que tenemos del ídolo?
El tratamiento que programas como “El tiempo justo” están dando a esta información marca una diferencia.
No hay espectáculo ni juicios paralelos, pero tampoco silencios cómplices. Hay preguntas, datos contrastados y una voluntad clara de explicar sin edulcorar.
Porque cuando se habla de presuntas agresiones sexuales y de posibles delitos de trata, el enfoque no puede ser otro.
A lo largo de los próximos días, seguirán apareciendo reacciones, defensas cerradas, mensajes de apoyo y también intentos de desacreditar a las denunciantes.
Es parte de un patrón que se repite una y otra vez. Pero hay algo que ya no se puede deshacer: la investigación está publicada, la denuncia está presentada y la conversación social está abierta.
Más allá de cómo termine el proceso judicial, este caso deja una enseñanza incómoda pero necesaria.
Las historias que se cuentan desde los márgenes, desde el miedo y desde el silencio, pueden tardar años en salir a la luz, pero cuando lo hacen, cambian el relato para siempre.
Y el papel del periodismo, cuando se ejerce con rigor y responsabilidad, es precisamente ese: iluminar zonas oscuras aunque el nombre que aparezca en el centro del foco sea uno de los más grandes de la historia.
Lo que ocurrió en “El tiempo justo” no fue solo un bloque informativo más. Fue el reflejo de un país enfrentándose a una noticia que duele, que incomoda y que obliga a mirar de frente una realidad que durante demasiado tiempo se prefirió no ver. Y eso, en sí mismo, ya es un paso que no tiene marcha atrás.