La crítica sube de tono: Julia Otero apunta a Broncano y La Revuelta por un vínculo polémico y deja una frase que rompe el pacto tácito del sector.

Julia Otero atiza a Broncano y ‘La Revuelta’ por su última conexión con Diego González Rivas: “Qué mal y qué feo”.

 

 

Julia Otero no se ha reprimido su crítica a David Broncano por lo que se vio en ‘La Revuelta’ en su conexión con el cirujano Diego González Rivas desde Kabul.

 

 

 

 

Hay silencios que gritan más que cualquier discurso. Silencios incómodos, densos, que se cuelan en los salones de casa a través de la televisión y dejan una sensación amarga difícil de ignorar.

 

Eso fue exactamente lo que ocurrió esta semana con una escena aparentemente inofensiva, casi anecdótica, pero cargada de significado: una conexión televisiva desde Kabul en la que no apareció ni una sola mujer. Ni una. Y nadie dijo nada.

 

 

Ese detalle, que para algunos pasó desapercibido entre bromas, risas y el tono desenfadado habitual de la televisión de entretenimiento, fue suficiente para que Julia Otero se detuviera en seco.

 

Y cuando Julia Otero se detiene, no es para pasar página rápido. Es para mirar de frente, señalar y preguntar lo que muchos prefieren esquivar.

 

En su espacio ‘Julia en la Onda’, la veterana periodista no solo aplaudió las palabras de Rosa Rodríguez sobre el dinero que Hacienda se lleva del histórico bote de ‘Pasapalabra’, sino que aprovechó el repaso semanal para poner el foco en uno de los momentos televisivos más comentados —y a la vez menos cuestionados— de los últimos días. La conexión de David Broncano con el cirujano Diego González Rivas desde Afganistán.

 

 

Todo parecía encajar en el molde habitual: un médico estrella, reconocido internacionalmente, trabajando en uno de los lugares más complicados del planeta; un presentador carismático, cercano, con una audiencia fiel; una charla distendida, con el sello de ‘La Revuelta’.

 

Pero hubo algo que chirrió. Algo demasiado evidente como para no verlo. En quince minutos de emisión, Kabul apareció como una ciudad sin mujeres.

 

 

Julia Otero lo verbalizó sin rodeos. Sin anestesia. Con la contundencia de quien lleva décadas mirando la realidad sin filtros.

 

“En quince minutos de conexión no salió ni una sola mujer”, subrayó. Y no lo dijo como una observación técnica, sino como una acusación directa a la normalización de una ausencia que, en Afganistán, no es casual ni circunstancial.

 

Porque allí las mujeres no es que no aparezcan en cámara. Es que no existen en el espacio público. No pueden estudiar, no pueden trabajar, no pueden circular libremente, no pueden ser atendidas por médicos hombres.

 

A partir de cierta edad, son expulsadas de las escuelas, borradas del sistema, convertidas en sombras. Y eso no es un detalle cultural ni una anécdota exótica. Es una violación sistemática de derechos humanos.

 

Lo que más indignó a Otero no fue solo la ausencia de mujeres en las imágenes, sino la ausencia total de contexto. Ni una mención. Ni una pregunta incómoda.

 

Ni un gesto que rompiera el tono ligero para recordar que ese silencio tiene causas brutales. “Como si fuera normal que el 50% de la población no exista”, dijo. Y esa frase, simple y demoledora, resume el problema mejor que cualquier análisis académico.

 

En el plató radiofónico, Borja Terán reforzó la crítica: nadie se acordó de ellas. Nadie introdujo el tema. Nadie aprovechó la visibilidad del momento para recordar qué está pasando en Afganistán desde que los talibanes regresaron al poder. Y eso, para Julia Otero, no es un despiste menor. Es una irresponsabilidad.

 

 

 

La periodista no cuestionó el trabajo médico de Diego González Rivas ni sus avances quirúrgicos.

 

De hecho, fue clara al marcar una diferencia que considera esencial: ella se fija más en los Médicos Sin Fronteras, en quienes operan donde no hay recursos, donde si no intervienen, la gente muere. Y aun así, incluso esos médicos chocan con un muro infranqueable cuando se trata de mujeres afganas.

 

 

Porque esa es la realidad que casi nunca se cuenta en prime time. Las mujeres en Afganistán se mueren sin ser atendidas. Literalmente.

 

No porque no haya médicos capacitados, sino porque la ley les prohíbe ser tratadas por hombres. Y las mujeres médicas, expulsadas del sistema, no pueden ejercer. Es un círculo de violencia silenciosa que no admite risas ni bromas.

 

 

“¿Eso no merece ni un comentario?”, se preguntaba Otero al aire. ¿No merece al menos un “oye, aquí no hay mujeres y eso es un problema”? ¿De verdad todo tiene que ser jaja, juju, incluso cuando se habla desde uno de los países más opresivos del mundo para las mujeres?

 

La crítica fue directa a David Broncano, pero también a un modelo de televisión que confunde cercanía con frivolidad, y espontaneidad con falta de responsabilidad.

 

Porque tener un tono desenfadado no exime de contextualizar. Porque el humor no puede ser una coartada para mirar hacia otro lado.

 

Julia Otero reconoció que había leído muchas críticas en redes sociales contra Broncano por este episodio.

 

Y lejos de parecerle exageradas, le parecieron pocas. Insuficientes. Porque lo que ocurrió no fue solo una omisión, sino una oportunidad perdida. Una ventana abierta al mundo que se cerró sin mostrar una parte esencial de la realidad.

 

 

En tiempos donde la televisión compite ferozmente por la atención, cada minuto en pantalla cuenta. Cada conexión internacional tiene un peso simbólico enorme.

 

Y cuando se elige mostrar Kabul sin mujeres y sin explicaciones, se corre el riesgo de legitimar esa ausencia. De convertirla en paisaje. De asumirla como normal.

 

Eso es lo que más inquieta de todo este episodio. No el error puntual, sino la naturalización. La idea de que se puede hablar de Afganistán sin hablar de las mujeres afganas.

 

De que se puede entrevistar a un médico allí sin mencionar que nunca podrá operar a una mujer por una prohibición talibán. De que se puede hacer entretenimiento desde uno de los mayores dramas humanitarios actuales sin incomodar a la audiencia.

 

 

Julia Otero no pidió solemnidad impostada ni discursos grandilocuentes. Pidió algo mucho más básico: conciencia. Memoria. Responsabilidad. Recordar que detrás de las imágenes hay vidas borradas, derechos pisoteados, personas condenadas al silencio.

 

 

En una época donde la televisión presume de compromiso social, de sensibilidad y de valores, este tipo de omisiones pesan más que nunca. Porque no son neutras. Porque el silencio también comunica. Y porque callar, en ciertos contextos, equivale a mirar hacia otro lado.

 

 

El mensaje final de Otero fue claro y difícil de rebatir: menos risas vacías y más realidad. Menos normalizar lo intolerable y más señalarlo. Porque mientras aquí debatimos sobre audiencias y formatos, allí las mujeres siguen sin poder estudiar, sin poder trabajar, sin poder ser atendidas por un médico.

 

 

Y esa realidad no desaparece porque no se mencione en una conexión televisiva. Al contrario. Se vuelve aún más insoportable.

 

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