El Gobierno debe salir de la OTAN y romper las relaciones militares con EEUU – Ione Belarra en TVE.
La entrevista irrumpió en la parrilla televisiva como un golpe seco sobre la mesa. No fue una conversación más ni una sucesión de frases medidas para no incomodar.
Fue, más bien, un alegato político cargado de indignación, memoria y una advertencia clara sobre el rumbo que, según Irene Montero Belarra, está tomando el mundo.
Frente a Javier Ruiz, la secretaria general de Podemos no se anduvo con rodeos y puso palabras duras a un malestar que, sostiene, ya no puede seguir maquillándose con comunicados diplomáticos ni declaraciones tibias.
Belarra no dudó en emplear una comparación extrema al referirse a Donald Trump como “el Hitler del siglo XXI”.
Una frase que, consciente de su impacto, no buscaba la provocación gratuita, sino subrayar lo que considera una deriva autoritaria y violenta en la política internacional.
En su diagnóstico, el problema no es solo Trump como figura, sino el sistema que permite que un líder con poder militar y económico actúe sin frenos, imponiendo la ley del más fuerte y pisoteando el derecho internacional sin consecuencias reales.
Según su análisis, lo ocurrido en Palestina durante los últimos años no es un episodio aislado, sino el precedente que ha abierto la puerta a todo lo demás.
Cuando la comunidad internacional permitió —por acción u omisión— que se cometieran crímenes masivos en Gaza sin sanciones efectivas, se envió un mensaje peligroso: quien tiene poder suficiente puede hacerlo todo.
Secuestrar presidentes, apropiarse de recursos naturales, intervenir países soberanos sin siquiera inventar una excusa elaborada, como ocurrió en Irak con las armas de destrucción masiva. Hoy, sostiene Belarra, ya no hacen falta coartadas. La fuerza basta.
En ese contexto sitúa lo que define como una cadena de amenazas claras y explícitas. Primero Venezuela, después —según las propias palabras de Trump— Colombia, México, Cuba y, finalmente, Groenlandia.
Una secuencia que, para la líder de Podemos, demuestra que no se trata de decisiones improvisadas, sino de una lógica imperial que avanza allí donde no encuentra resistencia.
La pregunta, dice, ya no es qué va a hacer Trump, sino qué van a hacer Europa y España para detenerlo.
Belarra fue especialmente crítica con la respuesta del Gobierno español y de las instituciones europeas.
A su juicio, las condenas genéricas, las expresiones de preocupación y los comunicados ambiguos no sirven de nada. “Titulares vacíos”, los llamó.
Para ella, la gravedad del momento exige decisiones políticas reales, visibles y coherentes.
Y en el centro de esas decisiones coloca una propuesta tan radical como incómoda: romper relaciones militares con Estados Unidos y salir de la OTAN.
La OTAN, en su discurso, aparece no como un paraguas de seguridad, sino como una estructura que convierte a sus miembros en cómplices de intervenciones ilegales.
Permanecer en la Alianza Atlántica, sostiene, implica asumir una responsabilidad directa en secuestros, invasiones y vulneraciones del derecho internacional humanitario.
España, insiste, no puede presentarse como un país de paz mientras forma parte de una alianza que respalda guerras por petróleo y operaciones de fuerza contra países soberanos.
Cuando Javier Ruiz plantea la duda que muchos espectadores pueden compartir —si salir de la OTAN no dejaría a España más débil y aislada en un mundo regido por la ley del más fuerte—, Belarra responde con una idea central de su proyecto político: la autonomía estratégica europea.
Para ella, seguir dentro de la OTAN no protege a Europa, sino que la subordina a los intereses de Estados Unidos.
Solo rompiendo ese vínculo, afirma, sería posible construir una defensa europea propia, independiente y no sometida a decisiones tomadas al otro lado del Atlántico.
La crítica se extiende también al aumento del gasto militar en Europa y, en particular, en España.
Belarra denuncia lo que califica como un “rearme criminal”, basado en la compra masiva de armamento estadounidense.
Recuerda que el Gobierno español aprobó en 2025 un incremento histórico del gasto militar, con más de 10.500 millones de euros adicionales, una cifra que contrasta, según ella, con las carencias en servicios públicos esenciales.
Ese dinero, argumenta, no refuerza la seguridad de la ciudadanía, sino el poder de quienes ya utilizan las armas para imponer su voluntad.
Más allá de las cifras y las alianzas, la dirigente de Podemos apela a algo más profundo: una cuestión moral.
Habla de “rearme moral” y lo vincula directamente a la ruptura con la OTAN.
Para Belarra, no se trata solo de una decisión estratégica, sino de una elección ética sobre el tipo de mundo que se quiere construir y legar a las próximas generaciones.
Permanecer callados o actuar a medias, advierte, es aceptar un futuro en el que las invasiones por recursos y la violencia institucionalizada se normalizan.
Su discurso conecta de forma directa con la historia reciente de España. Recuerda el “No a la guerra”, una consigna que marcó a toda una generación y que, en su opinión, sigue definiendo el sentir mayoritario del país.
España, insiste, no quiere guerras por petróleo ni ser cómplice de ellas. Pero ese rechazo solo tiene sentido si se traduce en decisiones concretas, no en gestos simbólicos.
Uno de los momentos más contundentes de la entrevista llega cuando denuncia lo que considera una cobardía política en el lenguaje institucional.
Critica que el Gobierno evite nombrar directamente a Estados Unidos o usar palabras como “secuestro” o “genocidio” hasta que la presión social lo hace inevitable.
Esa forma de hablar, dice, no es neutral: es una manera de diluir responsabilidades y ganar tiempo mientras la realidad se impone con muertos y países devastados.
Belarra amplía su análisis al caso venezolano, un tema recurrente en la política internacional y en los debates mediáticos.
Defiende que durante años se ha construido un relato propagandístico permanente sobre Venezuela para justificar intervenciones y presiones externas.
En el fondo, sostiene, la clave siempre ha sido la misma: el control de la mayor reserva de petróleo del mundo.
Un recurso que, recuerda, pertenece al pueblo venezolano y no a empresas extranjeras.
Desde su perspectiva, la nacionalización del petróleo en Venezuela fue un paso decisivo para recuperar la soberanía económica del país, y precisamente por eso ha sido castigada.
Estados Unidos, afirma, no tolera que un país decida gestionar sus propios recursos sin someterse a sus intereses.
Lo que estamos viendo ahora, en su opinión, es una nueva forma de neocolonialismo que intenta revertir ese control por la fuerza.
La entrevista no se limita a la denuncia. Hay también una llamada explícita a la acción.
Belarra apela a la movilización social, a que la ciudadanía “decente” se levante, salga a la calle y exija a sus gobiernos algo más que declaraciones formales.
Para ella, la presión popular es la única vía para obligar a las instituciones a actuar con valentía en un contexto internacional cada vez más agresivo.
El temor a una invasión de Groenlandia no aparece como una exageración, sino como una posibilidad que ya se menciona abiertamente.
Y ese solo hecho, advierte, debería ser suficiente para activar todas las alarmas.
Si se normaliza que un país poderoso amenace con atacar territorio europeo por intereses estratégicos, el sistema internacional entra en una fase de descomposición peligrosa.
Belarra insiste en que Trump no es el dueño del mundo, ni Estados Unidos puede decidir unilateralmente el destino de los pueblos.
Los países son soberanos y los ciudadanos tienen derecho a decidir su futuro sin imposiciones externas.
Esa defensa de la soberanía no se limita a América Latina: incluye a Europa y, por supuesto, a España.
La conversación termina con un tono que mezcla preocupación y determinación.
No es solo un diagnóstico pesimista, sino una advertencia acompañada de una propuesta política clara.
El mundo que se está construyendo, dice Belarra, no es inevitable. Pero cambiarlo exige coraje, coherencia y decisiones que vayan más allá de la comodidad de lo establecido.
Para quien escucha, el mensaje es incómodo, incluso para quienes no comparten sus conclusiones.
Pero precisamente ahí reside su fuerza. La entrevista no busca tranquilizar ni cerrar el debate, sino abrirlo.
Preguntar qué precio estamos dispuestos a pagar por la seguridad, qué alianzas merecen la pena y qué valores queremos defender cuando la presión internacional aprieta.
En un momento histórico marcado por guerras, tensiones geopolíticas y una creciente sensación de impunidad de los poderosos, las palabras de Belarra interpelan directamente a gobiernos y ciudadanos.
No como un ejercicio retórico, sino como una llamada urgente a decidir de qué lado de la historia se quiere estar.
