La pérdida que quiebra incluso a una reina. Con la muerte de Irene de Grecia, Sofía no solo pierde a su hermana menor, sino a la persona que la acompañó en los momentos más difíciles de su vida. Quienes conocen el entorno hablan de una relación casi inseparable, construida lejos del foco mediático. Hoy, el protocolo pesa menos que el duelo. Porque hay ausencias que ni la fortaleza de una reina puede disimular.

La reina Sofía, rota de dolor tras la muerte de su hermana Irene de Grecia a los 83 años.

 

 

 

La reina Sofía se encuentra devastada tras el fallecimiento de su hermana, Irene de Grecia, su apoyo más incondicional durante más de 80 años.

 

 

 

 

El corazón de la reina Sofía está de luto. Su hermana pequeña, la princesa Irene de Grecia, ha fallecido a los 83 años tras una larga y dura batalla contra una enfermedad neurodegenerativa.

 

La pérdida, aunque esperada, ha sumido a la madre del rey Felipe VI en una profunda tristeza.

 

Irene no solo era su hermana, era su confidente, su apoyo más constante y su compañera inseparable durante más de ocho décadas.

 

 

El último adiós a Irene de Grecia.

 

 

La relación entre Sofía e Irene iba mucho más allá del lazo de sangre.

 

Unidas desde la niñez y marcadas por los mismos acontecimientos históricos, como el exilio de su familia, la Segunda Guerra Mundial o la caída de la monarquía griega.

 

Ahora, el papel de la reina emérita es hacer cumplir la última voluntad de su hermana y llevar su cuerpo de regreso a su hogar, el palacio de Tatoi en Atenas.

 

 

 

Irene deseaba como última voluntad ser enterrada en el cementerio real del palacio de  Tatoi.

 

 

Irene de Grecia deseaba descansar, para siempre, junto a sus padres, Pablo I de Grecia y Federica de Hannover, y su hermano Constantino II de Grecia, en el cementerio real.

 

Para ella, Tatoi siempre fue su hogar, el lugar anhelado al que poder regresar.

 

 

De este modo, la reina Sofía suma un nuevo varapalo a su delicado estado de ánimo. Hace tres años despidió a su hermano Constantino, que falleció tras padecer un accidente cerebrovascular.

 

 

Y, hace tan solo un mes, enterró a una de sus primas más querdidas, Tatiana Radziwill.  Pero la pérdida de su hermana, su mayor apoyo incondicional, la deja inconsolable.

 

 

Más que hermanas, confidentes.

 

 

Desde 1981, Irene residía con Sofía en el Palacio de la Zarzuela. Nunca se casó ni formó una familia propia, pero encontró en su hermana un refugio seguro y una vida compartida en la intimidad de la familia real española.

 

 

 

 

Irene siempre fue la gran confidente de su hermana Sofía.

 

 

La “Tía Pecu”, como la apodaron sus sobrinos, era muy querida por Felipe, Elena y Cristina, y especialmente por sus sobrinas-nietas Leonor y Sofía, con quienes convivía en Palacio.

 

 

La reina Sofía, discreta y resiliente, siempre encontró en su hermana una presencia tranquila, comprensiva y leal.

 

Su confidente en los momentos más duros que ha pasado, desde sus crisis con el rey Juan Carlos I hasta cuando procesaron a la infanta Cristina por fraude fiscal.

 

Irene siempre estuvo ahí, y tras su marcha, Sofía se queda prácticamente sola.

 

 

 

Sofía cada vez está más sola. Son la compañía de su marido, las muertes de sus hermanos la sumen en una profunda tristeza.

 

 

Y es que, a pesar de seguir casada con el rey emérito Juan Carlos I, su matrimonio lleva décadas roto.

 

Viven separados desde hace años: él, en Abu Dabi; ella, en Madrid. La distancia no es solo geográfica, sino emocional.

 

 

Aunque nunca se divorciaron legalmente, la relación entre ambos es inexistente, marcada por los escándalos del monarca emérito y por la frialdad institucional.

 

En ese vacío sentimental, Irene fue para la reina el único apoyo estable, la única persona en quien verdaderamente confiaba.

 

 

La soledad de la reina Sofía.

 

 

Tras empeorar la salud de Irene, la reina Sofía ha renunciado a muchas de sus rutinas para acompañar a su hermana, incluido su tradicional verano en Mallorca con Felipe VI, Letizia y sus nietas.

 

 

 

Irene siempre era una infalible de las vacaciones familiares. En los últimos años, eran sus sobrinas nietas quienes cuidaban de ella.

 

 

Los últimos días de Irene, Sofía no se despegó de su lado. Canceló toda su agenda y se centró en acompañarla en su final.

 

Ahora, tras su fallecimiento, esta deja un vacío imposible de llenar. Sofía, con 86 años, se enfrenta al fin de una era familiar, marcada por la pérdida de sus hermanos y la ruptura emocional con su marido.

 

Sin embargo, quienes la conocen bien afirman que canalizará ese dolor volcando su energía en lo que más quiere: sus nietos.

 

 

A pesar del dolor, Sofía continuará asumiendo su papel de reina emérita y siendo el nexo de unión entre la Familia Real, más aún si tenemos en cuenta la ausencia de Juan Carlos, que continúa viviendo en Abu Dabi.

 

Sofía permanecerá siendo un pilar fundamental en nuestra monarquía, como lleva siéndolo desde hace 60 años.

 

 

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