La polémica sobre la Guerra Civil entra en su fase más incómoda. Isaías Lafuente responde al alegato de Pérez-Reverte sin elevar el tono, pero sí el nivel de exigencia. No cuestiona intenciones, sino fundamentos; no discute emociones, sino hechos. Su conclusión es clara y difícil de esquivar: el discurso no aguanta una lectura rigurosa. Cuando una narrativa se presenta como incuestionable y alguien señala sus grietas, el debate deja de ser opinable… y se convierte en un problema de credibilidad.

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