Lo que parecía una simple discusión en ‘Malas Lenguas’ se intensificó cuando Sarah Santaolalla interrumpió a Arantxa Sánchez con un rotundo “¡Basta ya!”. A esto le siguieron varios comentarios velados que muchos interpretaron como alusiones a Antonio Naranjo y “En boca de todos”. ¿Fue un simple comentario o un mensaje más directo y calculado?
Sarah Santaolalla y Arantxa Sánchez convierten Ceuta en una batalla sobre el feminismo: la pregunta incómoda detrás del choque en ‘Malas Lenguas’
La discusión comenzó con una pregunta que merece respuesta: ¿qué está haciendo el feminismo ante las agresiones sexuales denunciadas durante la crisis de Ceuta?
Pero unos minutos después, Malas Lenguas ya no estaba hablando únicamente de las mujeres afectadas.
Arantxa Sánchez cuestionaba públicamente la reacción del movimiento feminista. Sarah Santaolalla acusaba a determinados sectores políticos de utilizar las agresiones sexuales dependiendo del origen del agresor. Telemadrid aparecía en medio del fuego cruzado. Y, finalmente, algunas referencias aparentemente dirigidas hacia otros programas y comunicadores terminaron rescatando antiguas guerras televisivas.
El choque del 18 de agosto fue difundido por la propia RTVE y posteriormente reconstruido por distintos medios. En él, Santaolalla defendió que el feminismo debe acompañar a las víctimas independientemente de la nacionalidad del agresor, mientras Sánchez insistía en preguntar dónde estaba esa movilización feminista específicamente ante lo sucedido en Ceuta.
Sin embargo, existe un dato previo que cambia bastante cómo debe contarse esta historia.
Se está hablando de agresiones reales y de víctimas extremadamente vulnerables, pero la famosa cifra de “15 violaciones de niñas” necesita ser matizada.
Y ese matiz importa mucho.
Las “15 violaciones” no están confirmadas exactamente de esa manera
Arantxa Sánchez abrió su intervención preguntando dónde estaban “las feministas del 8-M” ante lo que presentó como 15 violaciones de niñas ceutíes y marroquíes.
La preocupación por la violencia sexual en Ceuta está plenamente justificada.
Reuters informó el 18 de agosto de que el Sindicato Unificado de Policía había contabilizado 15 denuncias de agresiones sexuales de diferente gravedad desde el inicio de la entrada masiva del 30 de julio, con una mayoría de víctimas menores. Sin embargo, el Ministerio del Interior y la Policía no confirmaron a Reuters esa cifra. La Justicia de Ceuta sí había confirmado la tramitación de tres casos de agresión sexual contra mujeres migrantes, dos de ellos con víctimas menores, mientras la ministra de Sanidad había confirmado atención sanitaria a cinco mujeres por violencia sexual.
Por tanto, decir simplemente “15 violaciones de niñas” mezcla categorías diferentes.
Hay denuncias graves de violencia sexual. Hay menores entre las víctimas. Pero 15 denuncias de agresión sexual no equivalen necesariamente a 15 violaciones de niñas judicialmente confirmadas.
Precisamente cuando el asunto es tan grave, la precisión debería aumentar, no disminuir.

Arantxa plantea una cuestión legítima, pero la formula como acusación colectiva
El argumento central de Arantxa puede resumirse de otra manera:
si el feminismo sale a las calles ante determinadas agresiones, ¿por qué ella considera que no existe una respuesta igualmente visible ante las mujeres de Ceuta?
La pregunta puede plantearse legítimamente.
Ningún movimiento político o social debería quedar exento de analizar sus prioridades, sus silencios o la intensidad con la que responde a diferentes acontecimientos.
El problema aparece cuando la pregunta incorpora ya su propia conclusión.
Hablar de “las feministas” como si existiera una única organización con un mando central simplifica un movimiento formado por asociaciones, partidos, colectivos, activistas y personas con posiciones muy diferentes.
Y ahí Sarah Santaolalla reaccionó con especial dureza.
Su respuesta esencial fue que una agresión debe producir el mismo rechazo independientemente de que el agresor sea español o extranjero. Además, acusó a sectores de la derecha y la extrema derecha de preocuparse por determinados delitos sexuales solamente cuando pueden relacionarlos con inmigración.
Ese fue el verdadero punto de ruptura.
El debate dejó de ser “¿dónde está el feminismo?” y pasó a ser “¿quién utiliza políticamente a las víctimas?”
Santaolalla respondió utilizando ejemplos de violencia cometida por españoles para defender que el origen del agresor no debería modificar la reacción.
Su tesis era clara:
la nacionalidad pertenece al agresor; el delito sigue siendo el delito.
Arantxa consideró que aquello desviaba la conversación de Ceuta y le reprochó volver a lo que calificó como su argumentario habitual.
Y quizá las dos estaban tocando dos problemas diferentes que sí pueden coexistir.
Es razonable exigir una respuesta contundente ante lo que está ocurriendo en Ceuta.
Pero también es razonable vigilar que las víctimas no sean utilizadas exclusivamente para convertir una discusión sobre violencia sexual en una discusión sobre nacionalidad.
Una mujer agredida no debería convertirse en un accesorio argumental ni para defender la inmigración ni para atacarla.
La primera pregunta tendría que ser siempre qué necesita la víctima.
Reuters describió una situación especialmente preocupante entre mujeres y niñas migrantes que dormían en espacios improvisados, algunas de ellas buscando permanecer cerca de vehículos policiales por miedo a sufrir agresiones durante la noche. Organizaciones humanitarias han reclamado alojamiento seguro y medidas específicas de protección.
Ese debería ser el centro de la conversación.
Sarah también tenía razón en un dato que puede comprobarse
En medio de la discusión, Santaolalla recordó que España supera ampliamente las 1.300 mujeres asesinadas por violencia de género.
La cifra oficial actualmente es incluso superior.
La Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género contabiliza 1.377 víctimas mortales desde enero de 2003, según su registro actualizado en agosto de 2026. Es importante aclarar que esta estadística utiliza la definición legal española de violencia de género en el ámbito de la pareja o expareja; no representa todas las formas posibles de violencia ejercida contra las mujeres.
Por tanto, la magnitud mencionada por Santaolalla está respaldada.
Otra cuestión diferente es utilizar esa realidad para responder a cada pregunta concreta sobre Ceuta.
Recordar unas víctimas no debería invisibilizar a otras.
Y ese principio debería funcionar en las dos direcciones.
Entonces aparece Telemadrid
El enfrentamiento adquirió una dimensión mucho más personal cuando Sarah le dijo a Arantxa que su paso por Telemadrid le estaba sentando mal y la acusó de regresar con un discurso propio de una derecha radicalizada.
Ahí la discusión cambia nuevamente.
Ya no se analiza exclusivamente el argumento.
Se empieza a insinuar que el lugar donde participa profesionalmente una tertuliana condiciona aquello que piensa.
A nuestro juicio, esta es una parte discutible de la respuesta de Santaolalla.
Si Arantxa aporta un dato falso, debe corregirse el dato.
Si establece una asociación injusta entre inmigración y delincuencia, debe desmontarse esa asociación.
Pero trabajar o intervenir en un determinado medio no invalida automáticamente un razonamiento.
El mismo criterio debería aplicarse a Sarah en RTVE.
Una idea debe juzgarse por sus argumentos y evidencias, no solamente por el plató desde el que se pronuncia.
Pero las indirectas hacia otros programas tienen una historia detrás
La tensión tampoco nace de cero.
Santaolalla mantuvo meses atrás un enfrentamiento muy serio con Antonio Naranjo en En boca de todos. En marzo de 2026 llegó a abandonar llorando el plató después de una discusión en la que Naranjo cuestionó públicamente aspectos relacionados con unas lesiones que ella había denunciado. Días después, él volvió a responder y rechazó haberla acosado. Todo ese enfrentamiento está documentado en la propia web de Cuatro.
Eso permite entender por qué cualquier referencia actual de Santaolalla hacia determinados programas, Telemadrid o determinados comunicadores genera inmediatamente interpretaciones.
Pero conviene no ir más allá de lo demostrado.
Cuando terminó hablando de personas que pretendían “dar lecciones”, no identificó inequívocamente cada destinatario de sus insultos. Por tanto, atribuir cada frase concreta a Antonio Naranjo, Iker Jiménez u otra figura sería una interpretación periodística, no un hecho.
Esa diferencia también importa.
La referencia a Luis Rubiales sí tiene una base concreta
Santaolalla criticó además a programas que reclaman respuestas del feminismo mientras ofrecen espacio televisivo a Luis Rubiales.
Aquí puede identificarse al menos un contexto evidente.
En boca de todos contó recientemente con Rubiales para hablar sobre el Mundial de 2030 y volvió a darle espacio días después en un enfrentamiento con Pablo Fernández. Las propias páginas oficiales de Cuatro registran sus apariciones del 7 y 10 de agosto.
Y hay otro detalle que merece precisión jurídica.
Rubiales fue condenado en 2025 por un delito de agresión sexual por el beso no consentido a Jennifer Hermoso. La Audiencia Nacional confirmó posteriormente la multa de 10.800 euros. Fue absuelto, sin embargo, del delito de coacciones.
Por eso conviene utilizar exactamente la denominación judicial: condenado por agresión sexual.
No todas las etiquetas más agresivas utilizadas durante una tertulia son jurídicamente intercambiables.
