RUFIÁN DESTROZA A CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO EN UNA INTERVENCIÓN MEMORABLE.

A veces la política se rompe en directo. No porque alguien grite más alto, ni porque una consigna sea más ingeniosa que la anterior, sino porque de repente alguien ordena el caos, conecta puntos que muchos prefieren mantener separados y pronuncia en voz alta lo que demasiados piensan en silencio.
Eso fue lo que ocurrió en el Congreso cuando Gabriel Rufián tomó la palabra y convirtió una sesión parlamentaria más en uno de los momentos más comentados, compartidos y discutidos de los últimos meses.
No empezó con Venezuela. No empezó con Trump. Ni siquiera empezó con Ecuador o con el narcotráfico.
Empezó con una pregunta incómoda, de esas que descolocan porque obligan a mirar atrás: ¿por qué odian tanto a José Luis Rodríguez Zapatero? No era una pregunta retórica lanzada al aire.
Tenía destinatarios concretos, miradas que se bajaron al suelo y un silencio que decía más que cualquier réplica.
Rufián puso sobre la mesa una idea que lleva años flotando en el debate público, pero que rara vez se formula con tanta claridad.
Zapatero no molesta por Venezuela. No molesta por mediar. No molesta por opinar distinto. Molesta porque ganó en 2004, porque derrotó a ETA en 2011 y porque volvió a ser una pieza clave en la campaña de 2023.
Molesta porque simboliza una forma de entender la política que no encaja con la lógica del enemigo permanente.
El contraste que recordó fue demoledor. Un Zapatero que en 2007 defendió públicamente a José María Aznar frente a Hugo Chávez, diciendo algo tan simple y tan poco habitual como que no compartía sus ideas, pero que había sido su presidente y merecía respeto.
Eso, dijo Rufián, es patriotismo. No aplaudir a líderes extranjeros para que bombardeen tu propio país solo porque no te gusta quién gobierna.
A partir de ahí, el discurso dejó de ser solo una defensa de Zapatero y se convirtió en una radiografía incómoda de la política internacional actual y de la posición de la derecha española en ese tablero.
Venezuela apareció entonces, no como excusa, sino como ejemplo. La intervención de Estados Unidos, calificada sin rodeos como secuestro, frente a una derecha que evita la palabra y prefiere hablar de capturas, como si se tratara de peces y no de jefes de Estado.
Mientras algunos hacían memes en redes sociales, recordó Rufián, Zapatero estaba negociando la liberación de ciudadanos españoles.
Esa comparación, tan sencilla como eficaz, fue una de las frases que más se viralizaron después.
No por el tono, sino por la imagen que dejaba: la política convertida en espectáculo frente a la política como gestión real, discreta y efectiva.
El foco se amplió rápidamente. Estados Unidos, dijo, lleva décadas haciendo lo mismo en decenas de países: intervenir, bombardear, secuestrar, imponer.
Guatemala, Chile, Irak, Siria. La lista es tan larga que ya no sorprende. Lo que sí cambia es el contexto.
Antes hacían falta meses de mentiras, como las armas de destrucción masiva en Irak. Hoy ya ni eso. La mentira dura menos porque la crueldad está de moda. Porque ser duro, incluso ser cruel, da votos.
La mención a Donald Trump no fue casual ni superficial. Rufián lo definió con palabras durísimas, recordando su historial y su forma de ejercer el poder como un matón de instituto rodeado de una cuadrilla que aplaude cada gesto.
Y ahí miró directamente a la bancada del PP y de Vox. No como un insulto, sino como una advertencia: el trumpismo no va de democracia, va de vasallaje. Y nunca se es lo suficientemente vasallo.
Una de las partes más incómodas, y menos tratadas en los grandes titulares, fue cuando el discurso giró hacia el narcotráfico.
Durante años, explicó, se ha utilizado el principio de transposición: acusar al adversario de lo que hacen tus aliados.
Se habla del inexistente “cártel de los soles” para atacar a la izquierda, mientras se guarda silencio sobre realidades mucho más documentadas.
Ecuador apareció entonces con fuerza. No como un ataque gratuito, sino como una pregunta directa.
Si de verdad les preocupa el narcotráfico, ¿por qué no hablan de Ecuador, uno de los principales puntos de salida de cocaína hacia Europa? ¿Por qué no hablan de las empresas bananeras implicadas en incautaciones millonarias? ¿Por qué no se menciona al presidente Daniel Noboa, premiado y respaldado por dirigentes de la derecha española?
Rufián no necesitó inventar nada. Se limitó a recordar investigaciones periodísticas, incautaciones documentadas, procesos judiciales que avanzan lentamente.
Recordó que la policía española y la Guardia Civil llevan tiempo alertando de la llegada constante de droga camuflada en cargamentos legales.
Y señaló la contradicción: se criminaliza a unos sin pruebas mientras se protege a otros con evidencias incómodas.
El silencio en el hemiciclo fue casi tan elocuente como sus palabras. Miradas al móvil, al suelo, al vacío. Nadie respondió con datos.
Nadie negó los hechos. Porque el problema no era ideológico, era moral. Denunciar a unos y callar ante otros no es coherencia política, es hipocresía.
El discurso no defendió a Maduro ni idealizó ningún régimen. Eso también quedó claro. Criticar la intervención ilegal de Estados Unidos no equivale a apoyar una dictadura.
Defender el derecho internacional no significa justificar gobiernos autoritarios. Esa confusión interesada, dijo Rufián, es parte del problema.
La misma que permite indignarse por Ucrania y mirar hacia otro lado en Gaza, o hablar de derechos humanos mientras se celebra la Supercopa en Arabia Saudí.
En ese punto, la intervención alcanzó uno de sus momentos más duros. Más de 700 días de bombardeos, niños asesinados por bombas y por hambre, leyes internacionales violadas sin consecuencias reales.
Y, aun así, la misma advertencia: jamás pediría bombardear o secuestrar a un líder extranjero. Porque esa es la línea que separa a un demócrata de un salvaje.
El mensaje final no fue de resignación, sino de alerta. Trump intentó un golpe de Estado en su propio país.
Si fue capaz de hacerlo allí, ¿dónde no lo intentará? Pensar que apoyar ese modelo traerá poder o estabilidad es una ilusión peligrosa.
La historia demuestra que quienes aplauden al matón rara vez acaban protegidos por él.
Lo que explica el impacto de esta intervención no es solo su contenido, sino el momento.
En una política saturada de consignas, de frases prefabricadas y de debates vacíos, alguien se detuvo a unir hechos, a nombrar contradicciones y a incomodar a quienes prefieren el ruido al análisis.
Por eso se hizo viral. Por eso se compartió desde perfiles muy distintos. Y por eso, probablemente, se intentará minimizar o desviar el foco.
Pero hay algo que ya no se puede borrar. Durante unos minutos, en el Congreso se dijo en voz alta lo que muchas veces queda relegado a hilos de redes sociales o a medios alternativos.
Se habló de poder, de hipocresía, de intereses económicos disfrazados de discursos morales. Y se recordó que la política no va solo de banderas o de enemigos, sino de coherencia y de memoria.
Queda ahora la parte más incómoda, la que no se resuelve con un aplauso ni con un clip viral: decidir si como sociedad seguimos aceptando relatos simplificados o empezamos a exigir explicaciones completas.
Si seguimos mirando al suelo cuando alguien nombra lo evidente, o si levantamos la cabeza y preguntamos por qué.
Porque al final, como dejó claro Rufián, no se trata de Zapatero, ni de Venezuela, ni siquiera de Trump. Se trata de qué tipo de democracia estamos dispuestos a defender y a qué precio.