NIEVES CONCOSTRINA ARRASA A ANA ROSA QUINTANA Y PEGA LECCIÓN DE PERIODISMO A FERRERAS Y ANA PASTOR.
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La crisis de confianza en el periodismo español ha alcanzado un nivel pocas veces visto. En un momento donde la política española vive atrapada entre escándalos, filtraciones, investigaciones judiciales y una polarización extrema, cada vez más voces denuncian que parte de los grandes medios han dejado de ejercer como vigilantes del poder para convertirse, directamente, en actores políticos. Y pocas críticas han sido tan duras, tan emocionales y tan devastadoras como las pronunciadas recientemente por una veterana periodista durante una extensa entrevista que ha provocado un terremoto en redes sociales y medios digitales. Base utilizada:
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Sus palabras fueron un ajuste de cuentas en toda regla contra parte del periodismo español contemporáneo. Pero también algo más profundo: una confesión amarga de alguien que asegura sentirse avergonzada por la degradación de una profesión que durante décadas consideró esencial para la democracia.
El principal objetivo de sus críticas fue Antonio García Ferreras y el ecosistema mediático construido alrededor de determinados programas políticos televisivos.
“Ferreras ha hecho mucho daño a la confianza de la población en el periodismo”, afirmaba sin rodeos. Y la razón que daba era especialmente dura: según su análisis, muchos ciudadanos ya no perciben a ciertos periodistas como vigilantes independientes del poder, sino como figuras integradas dentro de los mismos mecanismos de influencia, manipulación y lucha política que deberían fiscalizar.
La referencia más explosiva llegó al recordar los famosos audios relacionados con el caso Villarejo y la frase que se convirtió en símbolo de aquella polémica: “Es burdo, pero vamos con ello”.
Para la periodista, aquel episodio representó una fractura moral gigantesca dentro del periodismo español. Porque, según sostiene, dejó la sensación pública de que determinados profesionales estaban dispuestos a difundir informaciones dudosas o poco verificadas si servían a determinados intereses políticos o mediáticos.
Y ahí aparece el núcleo central de toda su reflexión: la destrucción de la confianza.
“La gente piensa que son corruptos igual que los políticos, igual que los jueces”, lamentaba. Según explicaba, cuando periodistas aparentemente independientes terminan actuando como actores políticos o propagandísticos, la ciudadanía deja de creer en las instituciones informativas.
Sus palabras fueron todavía más lejos.
Acusó directamente a Ferreras y a “sus acólitos” de haber arrastrado la profesión “por el fango”. Y confesó algo especialmente significativo: que no consigue perdonarles el daño que, en su opinión, hicieron al periodismo español.
La entrevista fue derivando entonces hacia una crítica mucho más amplia del sistema mediático.
La periodista aseguraba que buena parte de las grandes cadenas, radios y periódicos funcionan hoy condicionados por el dinero, el poder político y las relaciones empresariales. Según su visión, muchos profesionales ya no trabajan pensando en la opinión pública, sino en proteger intereses concretos.
“El periodismo está repleto de corruptos”, llegó a afirmar.
La frase impactó especialmente porque no venía de una figura ajena al sistema mediático, sino de alguien con décadas de experiencia dentro de redacciones, radios y periódicos importantes. Precisamente por eso, sus palabras adquirieron una dimensión todavía más incómoda.
Uno de los momentos más duros llegó cuando recordó cómo durante años numerosos medios y periodistas conocían las relaciones extramatrimoniales y los escándalos del rey Juan Carlos I, pero decidieron callar.
Según relató, en las redacciones se hablaba abiertamente de las amantes del monarca emérito mientras públicamente esos temas permanecían completamente blindados.
“Todos lo tapaban”, aseguró.
La crítica iba dirigida no solo a televisiones concretas, sino a nombres históricos del periodismo español y a grandes grupos de comunicación que, según ella, habrían preferido proteger la estabilidad institucional y sus propios intereses antes que informar plenamente a la ciudadanía.
Ese punto conecta con una idea que atravesó toda la entrevista: la acusación de que gran parte del periodismo español ha renunciado a incomodar realmente al poder.
Para la periodista, la función esencial del oficio siempre fue clara: vigilar a quienes gobiernan, denunciar abusos y proteger el derecho de la opinión pública a conocer la verdad. Sin embargo, considera que muchos medios han invertido completamente esa lógica y hoy parecen más preocupados por proteger a determinados personajes públicos que por defender a los ciudadanos.
Su análisis alcanzó también a figuras televisivas muy conocidas como Ana Rosa Quintana.
La definió directamente como “una plagiadora” y cuestionó abiertamente que programas de entretenimiento político puedan seguir considerándose periodismo en sentido estricto. Según su visión, muchos formatos televisivos actuales funcionan más como espectáculos emocionales o propagandísticos que como verdaderos espacios informativos.
“Son shows”, repetía constantemente.
Esa idea resulta especialmente importante porque refleja un fenómeno cada vez más visible en España: la transformación de buena parte de la información política en contenido emocional, polarizado y diseñado principalmente para generar audiencia.
La periodista confesó incluso que ha dejado de consumir muchas televisiones y radios porque siente que determinadas narrativas mediáticas terminan generándole indignación constante. Según explicaba, tiene la sensación de que muchos informativos ya no priorizan lo realmente importante, sino aquello que mejor funciona dentro de la batalla política diaria.
Pero quizá uno de los momentos más delicados de toda la conversación fue cuando habló abiertamente de censura.
Contó que colaboró durante meses con El País escribiendo columnas de opinión hasta que una de ellas fue retirada por resultar “demasiado dura”. El artículo criticaba la gestión inicial de Isabel Díaz Ayuso durante la pandemia.
La periodista explicó que aquello le resultó inaceptable porque se trataba precisamente de una columna de opinión. Es decir, un espacio construido alrededor de una mirada subjetiva y crítica.
“¿Cómo me pueden levantar una columna de opinión?”, se preguntaba aún sorprendida años después.
La experiencia la llevó a abandonar inmediatamente su colaboración con el periódico.
Sin embargo, también quiso diferenciar esa situación de su experiencia en la Cadena SER junto a Carles Francino, a quien elogió precisamente por respetar su libertad expresiva aunque no compartiera necesariamente todas sus opiniones.
Ese contraste le permitió introducir otra reflexión importante: para ella, el problema no es únicamente ideológico. El verdadero problema aparece cuando los medios condicionan qué puede decirse y qué no dependiendo de intereses políticos, económicos o empresariales.
La conversación terminó ampliándose todavía más hacia una crítica histórica de la monarquía española y de la relación entre medios y poder.
La periodista habló abiertamente de Juan Carlos I como “delincuente”, argumentando que existen suficientes hechos acreditados relacionados con comisiones, evasión fiscal y otras irregularidades. También criticó duramente la construcción mediática de la figura de la reina Letizia y denunció lo que considera décadas de manipulación informativa alrededor de la Casa Real.
Pero más allá de la monarquía, el mensaje final era mucho más amplio y pesimista.
Según su análisis, España vive una degradación institucional generalizada donde periodismo, justicia, política, fuerzas de seguridad y grandes estructuras de poder aparecen atravesadas por dinámicas de corrupción, manipulación y pérdida de principios.
La consecuencia es devastadora: una ciudadanía cada vez más desconfiada de absolutamente todo.
Ese es probablemente el elemento más inquietante de toda la entrevista.
No solo las acusaciones concretas. No solo los nombres mencionados. Sino la sensación de fondo de que una parte del propio periodismo ha dejado de creer en sí mismo.
Cuando periodistas veteranos hablan públicamente de vergüenza, corrupción y manipulación dentro de su propio oficio, el problema deja de ser simplemente mediático.
Se convierte en una crisis democrática profunda.
Porque sin confianza en la información, la sociedad empieza lentamente a perder también la capacidad de distinguir entre verdad, propaganda y espectáculo.
Y quizá ese sea el verdadero gran miedo que recorre hoy España.
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