No fue una opinión, fue una alerta. Rosa Villacastín detuvo el debate en RTVE para señalar a Javier Ruiz lo que podría venir para Feijóo tras rechazar la subida de las pensiones. Habló de consecuencias, de errores ya cometidos en el pasado y de un electorado que no olvida. El silencio posterior en plató lo dijo todo. ¿Está el PP repitiendo una jugada que ya le pasó factura… y que esta vez podría salir aún peor?

Rosa Villacastín alerta a Javier Ruiz en RTVE de lo que puede pasar con Feijóo tras tumbar la subida de las pensiones.

 

 

Rosa Villacastín conectaba con Javier Ruiz en ‘Mañaneros 360’ y dejaba bien claro lo que piensa de Feijóo tras votar no a la subida de las pensiones.

 

 

 

 

 

El silencio previo a una votación clave suele ser engañoso. En los pasillos del Congreso se habla en voz baja, los teléfonos no paran de vibrar y, sin embargo, todo parece ya decidido.

Así ocurrió este martes, cuando el decreto Ómnibus que incluía la subida de las pensiones para 2026 y la prórroga de las medidas del llamado escudo social se encaminaba hacia el hemiciclo.

Muchos ciudadanos seguían la sesión con la sensación de que no se trataba solo de una votación técnica, sino de algo mucho más profundo: una prueba de fuego sobre qué modelo de país defiende cada partido cuando se habla de quienes ya han trabajado toda una vida.

 

 

El resultado fue contundente. PP, Junts y Vox tumbaron el decreto. Y, con él, dejaron en el aire la revalorización de las pensiones y una serie de ayudas sociales que afectan directamente a millones de personas.

 

No hubo margen para interpretaciones suaves ni lecturas optimistas. El golpe fue directo, y la reacción no tardó en llegar, especialmente en los platós de televisión, donde la política se traduce en palabras que conectan, o no, con la calle.

 

Antes incluso de que se confirmara el sentido del voto, el programa Mañaneros 360 ya adelantaba que el Partido Popular votaría en contra.

La conexión con Rosa Villacastín fue inmediata. No hablaba solo como periodista veterana, sino como jubilada.

Y esa condición, lejos de restarle objetividad, añadió una carga emocional que convirtió su intervención en uno de los momentos más comentados del día.

 

Nada más saludar a Javier Ruiz, Villacastín fue directa, sin rodeos ni frases medidas. Dijo lo que muchos pensionistas comentan en bares, en centros de mayores o en conversaciones familiares, pero que pocas veces se verbaliza con tanta claridad en prime time.

Aseguró que, si Alberto Núñez Feijóo se atrevía a ir contra esta ley y contra los pensionistas, no gobernaría “en su vida”. No fue una frase lanzada al aire. Fue una advertencia política con destinatario claro.

 

La periodista fue más allá y cuestionó abiertamente la estrategia del líder del PP desde que llegó a Madrid.

A su juicio, no ha propuesto nada relevante y se limita a moverse al ritmo que marca Vox.

En ese contexto, votar en contra de una medida que afecta directamente a los jubilados no sería solo un error táctico, sino un suicidio político a medio plazo.

 

Sus palabras resonaron especialmente cuando puso el foco en lo que, según ella, Feijóo nunca critica.

Recordó cómo en la Comunidad de Madrid se bajan impuestos a los más ricos mientras la universidad pública se queda sin recursos y la sanidad atraviesa una situación límite.

“De eso no dice nada”, insistió, subrayando una supuesta doble vara de medir que, en su opinión, desconecta al PP de la realidad de la mayoría social.

 

La sentencia fue demoledora. Villacastín llegó a dar por amortizado políticamente a Feijóo, sugiriendo incluso que tendría que “coger carretera y manta” y volver a Galicia.

No era solo una provocación. Era la conclusión de alguien que lleva décadas observando cómo se construyen y se destruyen liderazgos en la política española.

 

En el plató, no todos compartían su visión. Javier Gállego salió en defensa del PP argumentando que su partido no se opone a la revalorización de las pensiones en sí, sino al hecho de que esa subida vaya incluida en un decreto Ómnibus con otras medidas que no comparten. El clásico argumento del “trágala”, repetido una y otra vez en el debate parlamentario.

 

Pero esa explicación no convenció a Villacastín. Para ella, el problema no está en la forma, sino en el fondo.

Aseguró que, de todo lo que incluye ese decreto, resulta difícil encontrar algo a lo que alguien con sensibilidad social pueda oponerse.

Y lanzó una pregunta que quedó flotando en el aire: ¿cómo se puede votar en contra de ayudar a la gente que más lo necesita?

 

La periodista aportó entonces una anécdota personal que dio aún más fuerza a su discurso. Contó que había desayunado recientemente con un empresario importante de Marbella que le confesó algo revelador: deseaba que se regularizara la situación de muchos inmigrantes porque no encontraba mano de obra.

 

No hablaba de ideología, sino de realidad económica. De empresas que necesitan trabajadores y de personas que quieren trabajar, pero viven en un limbo legal.

 

Ese ejemplo sirvió para enlazar con otra reflexión más profunda. Villacastín recordó las palabras del director de cine gallego Oliver Laxe, quien relató cómo sus padres, porteros, emigraron a París y cómo él se formó en la escuela pública. Al recordarlo, confesó que se le caían las lágrimas. No era nostalgia. Era memoria histórica aplicada al presente.

 

 

 

 

Ella misma compartió su experiencia personal cuidando de sus padres. Dijo que nunca encontró a un español para hacerlo, que fueron mujeres dominicanas quienes les atendieron con profesionalidad y cariño, y que todavía hoy mantiene relación con ellas.

“Les necesitamos”, afirmó con rotundidad, dejando claro que el debate migratorio no puede reducirse a consignas ni a miedos interesados.

 

Eso sí, matizó que otra cosa distinta son los casos con problemas judiciales graves. En ese punto, estableció un límite claro.

Pero insistió en que no se puede criminalizar en bloque a quienes sostienen sectores enteros de la economía y de los cuidados.

 

Javier Ruiz quiso ir al fondo del asunto y lanzó una pregunta directa: si el PP no vota a favor, ¿significa eso que Feijóo no gobernará? La respuesta de Villacastín fue tan clara como incómoda.

 

Aseguró que a Feijóo “le importa tres narices” lo que salga adelante o no. Según su análisis, el único objetivo es desgastar al Gobierno, poner palos en las ruedas y forzar una situación que le permita llegar algún día a La Moncloa, aunque sea “a los jardines”.

 

Esa frase, pronunciada casi con ironía, resume una percepción cada vez más extendida entre una parte del electorado: la idea de que la estrategia de la oposición pasa por bloquear, no por construir.

Por impedir, no por proponer. Y cuando en ese bloqueo quedan atrapadas las pensiones, las ayudas sociales y las políticas que afectan a los más vulnerables, el coste político puede ser enorme.

 

La votación del decreto Ómnibus no es un episodio aislado. Se inscribe en una dinámica más amplia de polarización, de desgaste institucional y de mensajes pensados más para el titular que para la vida real de la gente.

Pero también actúa como un espejo. Obliga a cada partido a mirarse y a explicar, sin eufemismos, por qué vota lo que vota.

 

Para millones de pensionistas, lo ocurrido este martes no es un juego parlamentario. Es una preocupación concreta sobre su poder adquisitivo, sobre si podrán seguir pagando la luz, el alquiler o los medicamentos.

Y cuando una periodista jubilada lo expresa en voz alta, con nombres y apellidos, conecta directamente con esa inquietud silenciosa que no siempre se ve reflejada en los discursos oficiales.

 

El debate está lejos de cerrarse. El Gobierno buscará fórmulas para sacar adelante las medidas, la oposición seguirá defendiendo su posición y los platós continuarán siendo escenarios de confrontación.

Pero algo ha quedado claro tras esta votación: las pensiones ya no son solo una partida presupuestaria. Son un campo de batalla política y moral.

 

Y en ese terreno, cada gesto cuenta. Cada voto se recuerda. Y cada frase, como las de Rosa Villacastín, puede convertirse en un aviso para navegantes.

 

Porque, al final, la pregunta no es solo quién gana o pierde en el Congreso, sino quién paga el precio en la calle.

 

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