Makoke, exesposa de Julio Iglesias, tras los supuestos abusos sexuales del cantante: “En shock”.
La televisiva estuvo en ‘Vamos a ver’, programa de Telecinco.

Durante décadas, el nombre de Julio Iglesias ha sido sinónimo de éxito, glamour y una carrera musical irrepetible.
Un icono que trascendió fronteras, idiomas y generaciones, convertido en uno de los artistas españoles más universales de la historia.
Por eso, lo ocurrido este martes 13 de enero ha provocado un auténtico terremoto mediático, social y emocional.
A sus 82 años, el cantante vuelve a ser noticia, pero no por un nuevo reconocimiento ni por su legado artístico, sino por unas graves acusaciones que obligan a mirar su figura desde un ángulo incómodo y profundamente perturbador.
La investigación publicada por elDiario.es en colaboración con Univisión ha sacado a la luz el testimonio de dos antiguas trabajadoras de las mansiones del artista, quienes aseguran haber sufrido presuntos abusos sexuales en el año 2021.
A raíz de estas revelaciones, ambas han presentado una denuncia ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional, que ya ha confirmado la apertura de diligencias de investigación penal preprocesales.
Un paso clave que marca un antes y un después en un caso que, hasta ahora, solo existía en forma de rumores o silencios incómodos.
El impacto de la noticia ha sido inmediato. Desde primera hora de la mañana, los programas matinales de las principales cadenas de televisión han convertido el caso en tema central.
No solo por la gravedad de las acusaciones, sino por el perfil del acusado. Cuando una figura tan poderosa y mitificada se ve señalada, el debate trasciende lo judicial y se instala en el terreno social, cultural y moral.
En ese contexto, el programa “Vamos a ver”, dirigido y presentado por Patricia Pardo en Telecinco, logró un testimonio especialmente llamativo: el de Makoke, quien mantuvo una relación sentimental de aproximadamente medio año con Julio Iglesias hace más de tres décadas.
Su intervención no pasó desapercibida y se convirtió rápidamente en uno de los momentos más comentados de la mañana.
Makoke apareció visiblemente afectada, reconociendo desde el primer momento el impacto que le había causado la información.
“Me he quedado en shock”, confesó ante las cámaras. Una reacción que conecta con la de muchos espectadores: incredulidad, desconcierto y una sensación de ruptura con una imagen construida durante años.
La televisiva explicó que ella trabajó como azafata durante una gira del cantante por toda España y que, durante ese tiempo, nunca presenció ni vivió comportamientos similares a los que ahora relatan las presuntas víctimas.
“Conmigo siempre fue un señor y no puedo decir lo contrario”, afirmó con rotundidad. Sus palabras no pretendían desmentir los testimonios publicados, sino aportar su experiencia personal en un contexto muy distinto y en una época lejana.
Makoke insistió en que, en aquel momento, Julio Iglesias se comportó de manera impecable, tanto en el plano personal como profesional.
La colaboradora fue más allá al describir el ambiente laboral que ella conoció. “Éramos como diez chicas y siempre nos trató con mucho respeto y sin ninguna salida de tono”, relató. Subrayó que nunca percibió actitudes fuera de lugar y que el trato era correcto, educado y cercano.
Según su versión, incluso el personal de servicio de las casas del cantante mostraba un cariño especial hacia él. “Eran como familia y eso lo he vivido yo”, añadió.
Estas declaraciones, sin embargo, abren una reflexión inevitable: ¿cómo se conjugan testimonios tan opuestos sobre una misma persona? La respuesta no es sencilla, pero apunta a una realidad compleja: las conductas pueden cambiar con el tiempo, los contextos influyen y las dinámicas de poder no son las mismas en todos los escenarios.
Makoke hablaba de una experiencia ocurrida hace 35 años, mientras que las denuncias se sitúan en 2021, en un entorno privado y con una clara desigualdad entre empleador y trabajadoras jóvenes y vulnerables.
Consciente de esa diferencia temporal y contextual, Makoke quiso dejar clara una postura que matiza sus propias palabras.
“Hace 35 años y la gente puede cambiar”, dijo, marcando una distancia prudente. Lejos de desacreditar a las mujeres que han denunciado, reconoció la dureza de las acusaciones y evitó cuestionar su relato.
“Es muy duro de lo que le acusan”, concluyó, dejando entrever que una experiencia personal positiva no invalida otras vivencias muy distintas.
Este matiz resulta clave en un debate que, en demasiadas ocasiones, se polariza de forma simplista.
No se trata de elegir entre creer a unas u otras, sino de entender que la realidad no es monolítica.
Una persona puede haber mostrado comportamientos correctos en determinados momentos y, sin embargo, haber incurrido en conductas reprobables en otros.
Especialmente cuando confluyen factores como el aislamiento, el poder económico, la fama y la impunidad percibida.
Mientras tanto, la investigación periodística continúa marcando el ritmo del debate público.
El trabajo de elDiario.es y Univisión se apoya en testimonios directos, contrastes documentales y un seguimiento exhaustivo que se ha prolongado durante años.
No se trata de una filtración improvisada, sino de una investigación sólida que ha superado filtros legales antes de ver la luz.
La Fiscalía, por su parte, ha recalcado el carácter reservado de las diligencias para proteger a las presuntas víctimas, un gesto que contrasta con la exposición mediática del caso.
Las denunciantes describen un ambiente de control, humillaciones y presiones constantes durante su jornada laboral.
Una de ellas habla abiertamente de tocamientos no consentidos, insultos y vejaciones.
La otra va aún más lejos, relatando episodios de penetraciones, bofetadas y abusos físicos y verbales.
Según sus testimonios, los hechos ocurrieron cuando una de ellas tenía apenas 22 años, lo que añade una dimensión aún más inquietante al caso.
Este tipo de denuncias reabre un debate estructural sobre el trabajo doméstico y los espacios privados de las élites.
Durante años, las mansiones de grandes fortunas han funcionado como territorios opacos, donde el control externo es mínimo y las trabajadoras carecen de mecanismos reales de protección.
La dependencia económica, el miedo a perder el empleo y la falta de recursos legales han contribuido históricamente a silenciar situaciones de abuso.
La reacción social ante el caso Julio Iglesias también refleja un cambio de época. Hace no tanto, acusaciones similares habrían sido barridas bajo la alfombra con mayor facilidad.
Hoy, el contexto es distinto. El movimiento feminista, la visibilización de las violencias sexuales y una mayor sensibilidad social han creado un marco en el que las denuncias, al menos, son escuchadas y analizadas con mayor seriedad.

En ese marco, las declaraciones de personas del entorno del cantante, como Makoke, adquieren un papel delicado.
Pueden aportar contexto, pero también corren el riesgo de ser utilizadas para relativizar o desviar el foco.
Por eso resulta relevante que ella misma haya subrayado que no pone en duda el sufrimiento de las denunciantes.
Ese gesto, lejos de alimentar la confrontación, invita a una reflexión más madura y compleja.
El caso está ahora en manos de la justicia, y será el proceso judicial el que determine la veracidad de los hechos y las posibles responsabilidades.
Mientras tanto, la sociedad asiste a un ejercicio incómodo pero necesario: cuestionar a los ídolos, separar la obra del autor y entender que el talento o la fama no pueden funcionar como escudos frente a denuncias tan graves.
Más allá del desenlace legal, este episodio deja varias preguntas abiertas. ¿Cuántas historias similares no han salido nunca a la luz? ¿Cuántas trabajadoras han callado por miedo o por falta de alternativas? ¿Estamos preparados como sociedad para aceptar que figuras admiradas puedan haber cometido actos reprobables?
El testimonio de Makoke, con sus luces y sombras, contribuye a ese debate. No como una absolución ni como una condena, sino como una pieza más de un puzle complejo.
Su frase final —“la gente puede cambiar”— resuena con fuerza porque apunta a una verdad incómoda: el pasado no garantiza el presente, y la imagen pública no siempre refleja lo que ocurre en la intimidad.
En definitiva, el caso Julio Iglesias no es solo la historia de un artista cuestionado en el ocaso de su vida.
Es también un espejo en el que se reflejan nuestras contradicciones como sociedad: la dificultad para creer a las víctimas cuando el acusado es poderoso, la tendencia a aferrarnos a los recuerdos positivos y el reto de construir una justicia que no dependa del prestigio ni del silencio.
El proceso apenas comienza, pero ya ha dejado claro que nada volverá a ser exactamente igual.