Óscar Puente le pone este apodo a Feijóo tras rescatar lo que este dijo en 2023 de Julio Iglesias.
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Hay noticias que no solo informan: detonan. Caen como una piedra en el centro del estanque y obligan a todo el mundo a mirarse en el reflejo que dejan.
La publicada este martes por elDiario.es y Univisión sobre las denuncias de presuntas agresiones sexuales contra Julio Iglesias es una de ellas.
No por inesperada —porque el periodismo de investigación rara vez surge de la nada—, sino por lo que simboliza.
Porque cuando el nombre que aparece en los titulares es el de uno de los artistas españoles más universales de todos los tiempos, el impacto trasciende lo judicial y se convierte en un fenómeno social, político y cultural.
Los testimonios recogidos por ambos medios describen una realidad inquietante. Dos mujeres jóvenes que trabajaron en las mansiones del cantante en Punta Cana, en República Dominicana, y en Bahamas, relatan episodios de agresiones sexuales, vejaciones y un clima constante de control y miedo durante el año 2021.
Una de ellas lo resume con una frase que hiela la sangre: “A esa casa hay que llamarla la casita del terror porque es un drama, una cosa horrible”.
No es solo una acusación puntual, es la descripción de un entorno que, según sus palabras, estaba marcado por el acoso y el terror cotidiano.
Desde que el reportaje vio la luz, las reacciones no han cesado. Programas de televisión han modificado sus escaletas, las redes sociales arden y el debate se ha instalado en el centro de la conversación pública.
Pero lo más llamativo no es solo la gravedad de lo denunciado, sino la rapidez con la que el caso ha sido absorbido por la batalla política.
Como si, de pronto, hablar de presuntas agresiones sexuales fuera también una forma de posicionarse ideológicamente.
Uno de los primeros miembros del Gobierno en reaccionar fue el ministro de Transportes, Óscar Puente. Su respuesta no fue una declaración solemne ni un comunicado institucional, sino la recuperación de un momento televisivo que muchos ya han vuelto a ver con otros ojos.
Puente rescató un fragmento de la entrevista que Alberto Núñez Feijóo concedió a El Hormiguero en junio de 2023, pocas semanas antes de las elecciones generales, y lo acompañó de un mensaje irónico: “Es definitivo. A Alberto la historia le recordará como El informao en tiempo real”.
El vídeo no es anecdótico. En él, Feijóo reconoce ser seguidor de Julio Iglesias y afirma que mantiene contacto frecuente con él.
Cuenta que el cantante sigue con atención la actualidad española, que devora editoriales y artículos de opinión, y que está “obsesionado” con dos grandes problemas del país: la unidad territorial y el agua.
“Le quiero mucho”, decía entonces el líder del Partido Popular, añadiendo que había hablado con él apenas tres días antes de acudir al programa y que Iglesias le había aconsejado prepararse bien porque El Hormiguero era “un programa importantísimo”.
En aquel momento, la escena se percibió como una anécdota simpática, casi entrañable: un político que presume de amistad con un mito de la música. Hoy, a la luz de las informaciones publicadas, ese fragmento se ha convertido en munición política.
No porque implique responsabilidad alguna, sino porque muestra hasta qué punto ciertas figuras públicas han sido tratadas como referentes intocables durante décadas.
La reacción de Óscar Puente no fue la única. A lo largo del día, distintos dirigentes políticos fueron pronunciándose, dibujando un mapa de posiciones que refleja la polarización actual.
Yolanda Díaz habló de “testimonios escalofriantes”, de abusos sexuales y de una “estructura de poder basada en la agresión permanente”, y agradeció tanto a las mujeres que han denunciado como a las periodistas que han investigado el caso.
La ministra de Igualdad, Ana Redondo, recordó que ante el machismo no se puede mirar para otro lado y subrayó que, sin cuestionar la presunción de inocencia, la ley española protege a las víctimas cuando no hay consentimiento.
En el extremo opuesto, Isabel Díaz Ayuso optó por un mensaje que generó una enorme controversia.
“Las mujeres violadas y atacadas están en Irán, con el silencio cómplice de la ultraizquierda. La Comunidad de Madrid jamás contribuirá al desprestigio de los artistas y menos, al del cantante más universal de todos: Julio Iglesias”, escribió.
Para muchos, sus palabras supusieron una minimización del caso y una defensa explícita del artista. Para otros, una reivindicación de la presunción de inocencia frente a lo que consideran juicios mediáticos.
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, también entró en el debate, aunque desviando el foco hacia la coherencia política de quienes critican el caso desde la distancia.
Santiago Abascal, por su parte, afirmó no poder juzgar las denuncias, pero sí el “interés del Gobierno” en centrar la atención en este asunto, sugiriendo que se trata de una cortina de humo para tapar otros problemas como la corrupción.
Este cruce de declaraciones evidencia una realidad incómoda: cuando las acusaciones afectan a una figura tan poderosa, el debate se fragmenta y se contamina.
Las víctimas pasan a un segundo plano mientras el foco se desplaza hacia quién dice qué y desde dónde lo dice.
Y sin embargo, los testimonios siguen ahí, inmutables, describiendo una experiencia que, de ser confirmada judicialmente, hablaría de abusos de poder, de desigualdad extrema y de un silencio sostenido durante años.
La investigación de elDiario.es y Univisión no se limita a recoger relatos aislados. Habla de un contexto, de una forma de funcionamiento, de una estructura jerárquica en la que dos mujeres jóvenes, lejos de su país y dependiendo laboralmente de un entorno cerrado, se habrían encontrado en una situación de vulnerabilidad extrema.
Ese es uno de los elementos que más preocupa a expertos y juristas: no solo la agresión en sí, sino el marco de dependencia y miedo que, según las denunciantes, lo hacía todo posible.
El caso de Julio Iglesias vuelve a plantear una pregunta incómoda que ya ha aparecido en otros escándalos recientes: ¿qué ocurre cuando el presunto agresor es alguien intocable durante décadas? ¿Cómo se gestiona socialmente la caída del mito? Porque aquí no solo se juzgan hechos concretos, sino una imagen construida durante medio siglo.
El seductor elegante, el ícono romántico, el hombre de éxito que parecía vivir en una realidad paralela. De pronto, esa narrativa se resquebraja y deja paso a otra mucho más oscura.
Las redes sociales han amplificado esa ruptura. Mientras algunos usuarios defienden al cantante con fervor, otros recuerdan que la presunción de inocencia no está reñida con escuchar a las víctimas.
El debate se ha llenado de mensajes viscerales, de sarcasmo, de indignación y también de miedo.
Miedo a que la justicia no actúe, miedo a que todo quede en ruido, miedo a que el peso de un apellido vuelva a imponerse sobre la verdad.
En este clima, el papel del periodismo se vuelve crucial. La investigación ha sido calificada de rigurosa y extensa, fruto de meses de trabajo y contrastes.
No se trata de una filtración improvisada ni de un titular fácil. Es un recordatorio de que el periodismo, cuando cumple su función, incomoda al poder y rompe silencios que parecían eternos.
También obliga a la sociedad a mirarse al espejo. A preguntarse por qué durante tanto tiempo se normalizaron ciertos comportamientos, por qué el carisma y el talento artístico funcionaron como escudos, por qué tantas mujeres callaron.
Y, sobre todo, qué hacemos ahora. Porque el verdadero impacto de este caso no se medirá solo en los tribunales, sino en la forma en que reaccionemos colectivamente.
La historia aún no ha terminado. Las denuncias seguirán su curso, la justicia tendrá que investigar y determinar responsabilidades.
Pero el debate ya está servido y no se apagará fácilmente. Cada declaración política, cada tertulia televisiva, cada mensaje en redes contribuye a construir el relato de una época que empieza a cuestionar seriamente a sus ídolos.
Quizá lo más importante sea no perder de vista el centro de todo esto. No los nombres ilustres, no los memes, no las batallas partidistas.
El centro son dos mujeres que decidieron hablar. Que pusieron palabras a lo que describen como una experiencia traumática. Que rompieron un silencio que, durante años, parecía inquebrantable.
Escucharlas no implica condenar sin pruebas. Implica, simplemente, asumir que el poder también debe rendir cuentas.
Y que, por muy universal que sea un artista, por muy grande que haya sido su legado, ninguna biografía está por encima de la dignidad humana.
Ese es el verdadero debate que este caso ha puesto sobre la mesa. Y es uno que, nos guste o no, ya no tiene marcha atrás.