Rosa Villacastín alza la voz en RTVE y cuenta lo que le ha pasado a ella con Julio Iglesias tras las acusaciones.
Rosa Villacastín se pronuncia en La 1 de TVE sobre las acusaciones de agresión sexual hacia Julio Iglesias.

Hay noticias que no solo informan, sino que sacuden. Que no se leen, se sienten. Y que, durante unos segundos, obligan a parar todo lo demás porque algo profundo acaba de moverse.
Eso es exactamente lo que ocurrió cuando salieron a la luz las acusaciones de agresión sexual contra Julio Iglesias, y eso mismo fue lo que expresó con crudeza Rosa Villacastín en su intervención en directo en Mañaneros 360.
No hablaba solo una periodista veterana: hablaba alguien a quien se le acababa de caer un mito personal.
El impacto fue inmediato. Años de investigación conjunta de elDiario.es y Univisión, una de las principales cadenas de televisión de Estados Unidos, desembocaban en testimonios demoledores de dos extrabajadoras que sitúan presuntos abusos sexuales en 2021, en mansiones del cantante en Bahamas y Punta Cana.
No se trataba de rumores, ni de un titular inflado: era el resultado de un trabajo largo, contrastado, incómodo y profundamente perturbador.
Rosa Villacastín no escondió su conmoción. “Estoy muy tocada”, dijo nada más entrar en directo con Javier Ruiz.
Y esa frase, simple y desnuda, marcó el tono de todo lo que vino después. No hablaba desde la distancia profesional, sino desde una decepción íntima.
“Yo he admirado mucho a Julio Iglesias, he tenido y tengo muy buena relación con él y nunca en la vida pude pensar esto”.
Ese “nunca” resonó con fuerza. Porque representa a una generación entera que creció con la música de Julio Iglesias como banda sonora emocional, como símbolo de éxito internacional, de seducción, de glamour.
Villacastín lo verbalizó sin rodeos: sí, era un conquistador, eso era público, notorio, incluso celebrado.
Pero una cosa es el mito del seductor y otra muy distinta el relato de mujeres jóvenes sometidas, presuntamente, a abuso y explotación.
La periodista confesó que al escuchar la noticia por la radio no pudo seguir con su rutina. “He saltado al ordenador”, explicó.
Esa reacción refleja algo muy humano: la necesidad urgente de confirmar si lo que estás oyendo es real, si no hay un error, si no se trata de una exageración. Porque cuando el ídolo cae, el golpe no es solo informativo, es emocional.
La metáfora que utilizó Rosa Villacastín fue tan sencilla como demoledora. “Es como cuando se te cae un ídolo, que lo tienes puesto en el mejor de los sitios de tu casa y de repente se cae y se te rompe”.
No habló de decepción profesional, sino de una ruptura interna. Y eso conectó con miles de espectadores que sintieron algo parecido al leer las informaciones.
Pero el programa no se quedó en la reacción emocional. Mañaneros 360 dio paso a los testimonios de las denunciantes, relatos que describen una mansión convertida, según sus palabras, en “la casa de los horrores”.
Un lugar donde el lujo exterior ocultaba dinámicas de poder, miedo y abuso. Escuchar esos relatos cambia el foco inevitablemente.
Villacastín, visiblemente afectada, intentó entender. Recordó sus propias visitas a casa de Julio Iglesias.
“Las veces que he ido, el servicio era mayor, de unos setenta y tantos años. El ambiente era muy familiar”.
Esa disonancia entre la experiencia personal y lo que ahora se denuncia es una de las razones por las que estos casos generan tanta resistencia social.
Porque obligan a aceptar que una misma persona puede mostrar caras radicalmente distintas según el contexto y la relación de poder.
La periodista confesó en quién había pensado al conocer la noticia. No en el artista, no en la leyenda, sino en su entorno más íntimo.
“He pensado en sus hijos, en los tres de Isabel Preysler, en los hijos con Miranda, en sus nietos”.
Y añadió algo que atravesó la pantalla: “Es que a mí me pasa con mi padre y el mundo te cambia”.
Esa frase abrió otra capa del debate: el impacto colateral de estas acusaciones.
Hijos, nietos, familiares que no han hecho nada y que, sin embargo, se ven arrastrados a una tormenta pública devastadora.
¿Cómo se gestiona eso? ¿Cómo se explica? ¿Cómo se convive con la duda, con la vergüenza ajena, con el dolor?
Villacastín lo expresó con una pregunta que quedó flotando en el plató: “Quiero saber cómo están esos chicos hoy y qué es lo que están pensando de su padre y cómo les explica él todo eso”.
No había morbo en sus palabras, había angustia. La de quien imagina una conversación imposible, un silencio incómodo, una herida que no se cierra fácilmente.
Sin embargo, en ese punto Javier Ruiz intervino para recentrar el foco. Y lo hizo con una corrección necesaria.
“Rosa, yo más bien pienso en las chicas”, dijo con firmeza. No como reproche, sino como recordatorio.
“Son chicas de 22 años que están cobrando 350 euros sometidas a explotación laboral o sexual o las dos cosas”.
Ese momento fue clave. Porque expuso una tensión muy presente en el debate público: la tendencia a empatizar primero con el entorno del poderoso antes que con las presuntas víctimas.
Ruiz puso sobre la mesa un dato que cambia por completo la perspectiva: jóvenes, precarizadas, dependientes económicamente, en una relación de poder absolutamente desigual.
Ahí la conversación dejó de girar alrededor del mito caído para centrarse, por fin, en quienes rara vez ocupan el centro del relato.
Mujeres jóvenes, extranjeras, con sueldos irrisorios, trabajando en entornos cerrados donde decir “no” puede tener consecuencias inmediatas y devastadoras.
Rosa Villacastín, lejos de cerrarse, reconoció un patrón histórico. “En España hay muchos casos de señoritos que se acostaban con la criada”, dijo.
Una frase incómoda, pero necesaria. Porque conecta estas acusaciones con una tradición de abuso normalizado, de silencios impuestos, de desigualdades estructurales que atraviesan décadas.
Y ahí está una de las claves de esta historia. No se trata solo de Julio Iglesias como individuo, ni siquiera de su posible responsabilidad penal, que deberá dilucidarse con todas las garantías.
Se trata de un sistema que durante años ha protegido a los poderosos, ha cuestionado a las víctimas y ha confundido fama con impunidad.
La investigación de elDiario.es y Univisión no surge de la nada. Es el resultado de años de trabajo, de contrastar testimonios, de verificar datos, de asumir riesgos legales y mediáticos.
No es casualidad que haya sido necesaria la colaboración internacional para sacar a la luz estos relatos.
El poder económico, simbólico y jurídico de una figura como Julio Iglesias no es menor.
Este caso vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuántas historias similares nunca salen a la luz? ¿Cuántas mujeres callaron porque no tenían a quién acudir, porque no serían creídas, porque el precio de hablar era demasiado alto?
También interpela a los medios y a la sociedad. ¿Cómo contamos estas historias? ¿Desde dónde miramos? ¿A quién protegemos con nuestro silencio o con nuestra incredulidad automática? El intercambio entre Villacastín y Ruiz es un buen ejemplo de cómo incluso personas bienintencionadas pueden caer, sin darse cuenta, en un enfoque que desplaza a las víctimas.
El impacto de esta noticia no se mide solo en titulares o audiencias. Se mide en conversaciones incómodas en casas, en redacciones, en platós.
En ídolos que dejan de ser intocables. En la constatación de que el talento artístico no inmuniza frente a la responsabilidad moral ni legal.
También se mide en el efecto que puede tener sobre otras mujeres que han vivido situaciones similares.
Ver que un medio investiga, publica y sostiene una historia así puede ser el empujón que muchas necesitan para hablar.
O, al menos, para entender que lo que les ocurrió no fue culpa suya.
Rosa Villacastín puso voz a una decepción compartida. Javier Ruiz recordó dónde debe estar el centro.
Y entre ambos se dibujó un retrato complejo, incómodo y necesario de lo que significa enfrentarse a una verdad que rompe mitos.
Este no es un caso cerrado. Habrá desmentidos, defensas, matices, procesos judiciales si se producen.
Habrá quien intente desacreditar a las denunciantes y quien intente minimizar los hechos. Pero hay algo que ya no se puede deshacer: el silencio se ha roto.
Y cuando el silencio se rompe, nada vuelve a ser igual. Ni para quienes admiraron durante décadas a una figura pública, ni para quienes cargaron en soledad con un trauma.
La pregunta ya no es solo qué hizo Julio Iglesias, sino qué estamos dispuestos a escuchar, a creer y a cambiar como sociedad.
Porque al final, más allá del nombre propio, esta historia habla de poder, de desigualdad y de responsabilidad.
Y nos obliga a elegir de qué lado queremos mirar.