SÁNCHEZ CRUZA LA LÍNEA😱 INSULTA a ABASCAL ante FEIJÓO, SE LEVANTA del ESCAÑO ¡EL CONGRESO EN SHOCK!.
El silencio en el hemiciclo duró apenas unos segundos, los justos para que se percibiera que algo distinto estaba a punto de ocurrir.
No era una sesión de control más. No era una pregunta rutinaria ni una respuesta preparada para salir del paso. Desde el primer cruce de miradas se notaba tensión, una de esas que no se disimulan ni con aplausos forzados ni con sonrisas de bancada. Cuando Alberto Núñez Feijóo tomó la palabra y se dirigió directamente al presidente del Gobierno, el ambiente cambió por completo.
La pregunta fue breve, casi quirúrgica, pero cargada de pólvora política: qué atributos había visto Pedro Sánchez en determinadas personas para convertirlas en hombres de su máxima confianza.
No citó escándalos en abstracto, ni habló de “casos” genéricos. Dio nombres y apellidos. Y con eso bastó para que el foco se colocara de golpe sobre una de las mayores debilidades del Ejecutivo: la gestión de las crisis internas, las sospechas de corrupción y el relato feminista que el Gobierno ha defendido durante años.
La respuesta del presidente no entró en el terreno que marcaba la pregunta. Sánchez optó por una vía conocida: reivindicar el feminismo como una lección permanente, admitir errores de forma genérica y trazar una línea clara entre su Gobierno y la oposición, a la que volvió a vincular con Vox.
Fue una contestación política en estado puro, diseñada para cerrar filas con los suyos más que para despejar dudas concretas.
Pero ese silencio previo, esa sensación de que la respuesta no había tocado el fondo del asunto, fue justo lo que aprovechó Feijóo en su réplica. Y ahí el tono cambió radicalmente.
El líder del Partido Popular dejó a un lado la cortesía parlamentaria habitual y se lanzó a un alegato duro, directo y sin apenas filtros.
Dibujó un retrato del presidente como alguien rodeado de personas “a su imagen y semejanza”, alguien que, según sus palabras, no solo conocía los escándalos, sino que los había permitido.
Habló de mordidas, de favores, de silencios comprados, de denuncias archivadas y de un entorno donde, siempre según su versión, el poder protegía al poderoso y dejaba sola a la víctima.
La intervención fue larga, incómoda y muy consciente de su impacto. Feijóo no solo cuestionó decisiones políticas, sino que atacó el corazón del discurso moral del sanchismo. El feminismo, dijo, no se predica: se practica.
Y acusó al presidente de haber pasado del “yo sí te creo” a mirar hacia otro lado cuando las denuncias afectaban a su propio entorno. No era una crítica técnica, era un golpe al relato.
Las palabras resonaron en el hemiciclo y también fuera de él. Porque no hablaban solo de nombres concretos, sino de una sensación que se ha ido extendiendo entre parte de la opinión pública: la de un Gobierno que exige ejemplaridad a los demás mientras gestiona sus propias crisis con una vara distinta.
La respuesta de Pedro Sánchez trató de recuperar el terreno perdido. Apeló a datos, a encuestas oficiales, a leyes aprobadas por su Ejecutivo.
Habló del acoso laboral como un problema estructural que afecta a millones de mujeres y defendió que su Gobierno ha sido el que más medidas ha impulsado para protegerlas.
Enumeró subidas del salario mínimo, revalorización de pensiones, leyes de igualdad, pactos contra la violencia de género. Un listado pensado para reforzar la idea de que, más allá de los casos concretos, hay una acción de gobierno que beneficia mayoritariamente a mujeres.
Pero el debate ya había trascendido la enumeración de medidas. Lo que se estaba discutiendo no era solo qué leyes se han aprobado, sino si el comportamiento interno del poder es coherente con los principios que se defienden en público. Y esa grieta no se cerró con cifras.
El choque no terminó ahí. Cuando Santiago Abascal tomó la palabra, la sesión entró en una nueva fase, todavía más áspera.
Su intervención fue un monólogo acusatorio, estructurado en varios bloques que repasaban corrupción, servicios públicos, inmigración y lo que llamó “traición”.
El líder de Vox no buscó matices ni medias tintas. Construyó un relato de colapso generalizado y responsabilizó directamente a Sánchez de cada uno de esos males.
Habló de tramas, de amnesias selectivas, de familiares del presidente, de ministros y exministros. Dibujó un país al borde de la ruina, con jóvenes sin acceso a la vivienda, hospitales saturados y un modelo económico que, según su discurso, castiga a las clases medias y al mundo rural.
Vinculó inmigración e inseguridad, y acusó al Gobierno de abandonar a las mujeres mientras presume de políticas feministas.
La respuesta del presidente a Abascal fue tan política como la anterior, pero con un tono más combativo.
Ridiculizó el formato de la pregunta, la calificó de monólogo y devolvió el golpe recordando las sanciones del Tribunal de Cuentas a Vox y las denuncias internas que ha sufrido ese partido.
Después pasó al contraataque con datos macroeconómicos: crecimiento del PIB, creación de empleo, reducción de la desigualdad, fortalecimiento del Estado del bienestar.
Sánchez defendió la transición ecológica como una oportunidad y no como una amenaza, subrayó el peso de las energías renovables y la bajada del precio de la electricidad, y desmontó el discurso de la inmigración irregular asegurando que la inmensa mayoría de los flujos son legales y que, lejos de destruir empleo, han coincidido con una fuerte reducción del paro.
El choque de relatos fue total. Dos visiones opuestas del país, lanzadas a pocos metros de distancia, pero separadas por un abismo político y emocional.
Para unos, España avanza gracias a un Gobierno que apuesta por derechos, igualdad y crecimiento económico. Para otros, se desliza hacia una decadencia marcada por la corrupción, el cinismo y la desconexión con la realidad de la calle.
Más allá de quién tenga razón en cada argumento, lo ocurrido en el Congreso dejó algo claro: la legislatura vive instalada en una tensión permanente.
No hay consensos básicos, no hay treguas discursivas, no hay espacios de encuentro. Cada sesión de control se convierte en un juicio político, en un escenario donde no solo se debaten leyes, sino legitimidades morales.
Y esa tensión no se queda dentro del hemiciclo. Se traslada a las redes sociales, a las tertulias, a las conversaciones cotidianas.
Cada frase se recorta, se viraliza, se convierte en munición para uno u otro bando. El Parlamento deja de ser solo un lugar de deliberación para convertirse en un teatro de confrontación permanente.
Lo que muchos ciudadanos perciben es cansancio. Cansancio ante los escándalos, ante las acusaciones cruzadas, ante la sensación de que los problemas reales —la vivienda, el coste de la vida, la precariedad— quedan sepultados bajo un ruido constante. Otros, sin embargo, ven en estos enfrentamientos una señal de que se está librando una batalla decisiva por el rumbo del país.
La sesión dejó una imagen potente: un presidente a la defensiva, un líder de la oposición atacando el núcleo moral del Gobierno y un tercer actor empujando el debate hacia los extremos. Tres estrategias distintas, un mismo escenario y una España partida en relatos irreconciliables.
Lo que venga después dependerá de algo más que discursos. Dependerá de investigaciones judiciales, de decisiones políticas concretas y, sobre todo, de la capacidad de los ciudadanos para distinguir entre ruido y hechos.
Porque en medio de tanta palabra gruesa, hay una pregunta que sigue flotando en el aire: ¿quién está realmente a la altura de la responsabilidad que implica gobernar un país en un momento tan delicado?
Esa pregunta no se respondió en el Congreso. Pero quedó sembrada. Y su eco, como el de aquella primera intervención que rompió el silencio, seguirá resonando mucho más allá de los muros del hemiciclo.
