Sin andarse con rodeos ni suavizar sus palabras, Carmen Lomana abordó directamente un punto que muchos evitaban deliberadamente tras la polémica declaración de Julio Iglesias. Un comentario aparentemente simple, pero que expuso una contradicción más profunda tras la imagen glamurosa. ¿Por qué esta reacción provocó un momento de silencio en el estudio? ¿Y qué aspecto del pasado de Julio Iglesias se está sacando a la luz en este momento tan delicado?

Carmen Lomana firma una de las reacciones más rotundas a lo de Julio Iglesias.

 

 

“Si esto fuese cierto, no se puede ser…”.

 

 

 

 

Días después de que estallara una de las polémicas más incómodas que ha sacudido al mundo del espectáculo y a la opinión pública en España, una voz inesperada ha terminado de avivar el fuego.

 

 

Carmen Lomana, empresaria y personaje habitual del debate mediático, ha firmado una de las reacciones más duras, explícitas y comentadas tras las acusaciones contra Julio Iglesias por parte de dos extrabajadoras.

 

No lo ha hecho en un plató ni en una red social, sino en una columna de opinión publicada en La Razón, con un texto que ha dividido a lectores, tertulianos y seguidores del cantante.

 

 

La noticia original ya era de por sí explosiva. El pasado martes, elDiario.es y Univisión publicaron una investigación conjunta fruto de tres años de trabajo periodístico.

 

En ella, dos mujeres que trabajaron como empleadas domésticas en mansiones del artista en Punta Cana y Bahamas relataron haber sufrido agresiones sexuales, vejaciones, control extremo y un trato que describen como humillante.

 

Los testimonios, acompañados de documentación y verificados por ambos medios, provocaron la apertura de diligencias preliminares por parte de la Fiscalía española.

 

Desde ese momento, el caso dejó de ser una información más para convertirse en un debate social de gran calado.

 

No solo por la figura del denunciado —uno de los artistas españoles más conocidos a nivel mundial—, sino por lo que los relatos plantean: desigualdad de poder, vulnerabilidad económica, miedo a perder el trabajo y silencio forzado durante años.

 

 

En ese contexto irrumpe Carmen Lomana. Y lo hace sin medias tintas.

 

 

En su artículo, titulado “Julio Iglesias y la leyenda que alimentó de ‘macho man’”, Lomana reconoce desde el inicio que el tema la tiene “hasta la coronilla” por la cantidad de opiniones superficiales que se vierten en tertulias y redes.

 

Sin embargo, lejos de restar importancia al asunto, entra de lleno en él y deja clara su posición desde una premisa que repite a lo largo del texto: el respeto a la presunción de inocencia no está reñido con escuchar y analizar con seriedad el testimonio de las denunciantes.

 

 

La empresaria subraya que los relatos de las dos mujeres son “detallados, coherentes y concisos”, hasta el punto de que le resulta difícil creer que se trate de una invención.

 

No habla desde el impulso, insiste, sino desde la lógica y el conocimiento de la realidad social de países como República Dominicana, donde —según expone— gran parte de la población vive sometida a la pobreza y a relaciones de poder profundamente desiguales.

 

 

Para Lomana, este punto es clave. Las denunciantes no eran mujeres con recursos, influencia o protección.

 

Eran trabajadoras en una situación de clara inferioridad frente a un hombre multimillonario, famoso y con un entorno blindado.

 

Por eso recuerda que la denuncia no llega de forma aislada, sino con el apoyo de una ONG y de un medio internacional como Univisión, algo que, en su opinión, refuerza la credibilidad del caso.

 

Uno de los pasajes más impactantes de su columna es cuando reproduce parte de lo relatado por una de las extrabajadoras: jornadas de hasta 16 horas diarias, llamadas nocturnas a la habitación del cantante porque “no podía dormir” y necesitaba compañía emocional, y un clima constante de presión y miedo.

 

Lomana no se limita a narrarlo; juzga con dureza. Si estos hechos son ciertos, afirma, “no se puede ser más depravado ni peor persona”.

 

 

Especialmente polémica ha resultado su referencia a las supuestas revisiones ginecológicas a las que, según las denunciantes, eran sometidas para asegurarse de que no tuvieran infecciones o enfermedades de transmisión sexual.

 

Para Lomana, esta práctica evoca directamente el “derecho de pernada” del Medievo, una comparación que ha generado un aluvión de reacciones tanto de apoyo como de indignación.

 

La empresaria da un paso más y se posiciona sin rodeos: ella cree a las dos mujeres. Añade incluso una frase que no ha pasado desapercibida: “Ojalá me equivoque”.

 

Con estas palabras, Lomana reconoce la gravedad de lo que está diciendo, pero asume el coste de expresar una convicción personal basada en lo que ha leído y analizado.

 

 

Al final de su artículo, introduce un elemento que también ha generado debate. Sugiere que el conflicto podría resolverse mediante una compensación económica para las trabajadoras, y desliza la posibilidad de que Julio Iglesias sufra demencia senil, recordando que vive solo y alejado del foco mediático desde hace tiempo.

 

Este último apunte ha sido interpretado por algunos como una explicación, por otros como una justificación inaceptable.

 

 

Mientras tanto, el propio Julio Iglesias ha reaccionado públicamente. A través de un comunicado, ha negado de forma rotunda las acusaciones, calificándolas de falsas y asegurando que nunca ha abusado ni maltratado a ninguna mujer.

 

Ha manifestado su tristeza ante lo ocurrido y su intención de defender su honor y su trayectoria.

 

 

La intervención de Carmen Lomana ha añadido una capa más de complejidad a un caso ya de por sí delicado.

 

No se trata solo de si las acusaciones prosperarán judicialmente, sino de cómo la sociedad afronta relatos incómodos cuando afectan a figuras intocables durante décadas.

 

Su columna ha sido compartida miles de veces, comentada en programas de televisión y debatida en redes, convirtiéndose en una de las opiniones más virales de la semana.

 

Más allá de filias y fobias, lo que queda claro es que el caso ha abierto una conversación que va mucho más allá de Julio Iglesias.

 

Habla de poder, de silencio, de miedo, de desigualdad y de la dificultad de denunciar cuando todo juega en tu contra.

 

Y también de la responsabilidad que asumen quienes, como Carmen Lomana, deciden posicionarse públicamente en medio de la tormenta.

 

 

El desenlace judicial todavía está por escribirse. Pero en el terreno mediático y social, el impacto ya es irreversible.

 

Y las palabras de Lomana, gusten o no, han contribuido a que nadie pueda mirar hacia otro lado.

 

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