Cristina Pardo solo necesita un minuto para desarmar la barbaridad de Ramón Arcusa sobre las víctimas de Julio Iglesias.
Cristina Pardo no ha podido reprimirse su sentencia a Ramón Arcusa, del Dúo Dinámico, por sus palabras al defender a Julio Iglesias.

En los últimos días, el nombre de Julio Iglesias no solo ha vuelto a ocupar titulares por su legado musical, sino por algo mucho más incómodo: las denuncias por presuntas agresiones sexuales presentadas por varias mujeres y la reacción pública de algunos de sus amigos más conocidos.
Lo que empezó como un caso judicial en fase de investigación se ha convertido en un espejo incómodo donde se reflejan viejas inercias, discursos peligrosos y una manera de entender el poder que choca frontalmente con la realidad social actual.
Mientras la Fiscalía estudia las denuncias y los testimonios de las afectadas siguen generando impacto, varias figuras públicas han salido a defender al cantante con argumentos que han encendido todas las alarmas.
Entre ellos, Ana Obregón y Ramón Arcusa, integrante del Dúo Dinámico, cuyas palabras han sido calificadas de “barbaridades” por una parte muy amplia de la opinión pública.
No solo por el fondo, sino por el mensaje que trasladan a millones de personas desde platós de máxima audiencia.
Este jueves, el programa Más vale tarde, de La Sexta, se hacía eco precisamente de las declaraciones de Ramón Arcusa, pronunciadas en espacios como Y ahora Sonsoles, El análisis del diario de la noche o El programa de AR.
En todos ellos, el músico defendió a Julio Iglesias cuestionando directamente a las mujeres que lo han denunciado.
Según Arcusa, lo que relatan “no fue una violación ni un abuso, sino una relación consentida”, apoyándose en dos ideas que se repitieron como un mantra: que siguieron trabajando para el cantante y que tardaron años en denunciar los hechos.
Un razonamiento que, para muchos expertos y periodistas, no solo es erróneo, sino profundamente dañino.
Porque reproduce estereotipos clásicos que durante décadas han servido para desacreditar a las víctimas de violencia sexual: si no huyeron, si no denunciaron inmediatamente, si continuaron en el mismo entorno, entonces no hubo agresión.
Una lógica simplista que ignora por completo las dinámicas reales de poder, miedo y dependencia que atraviesan este tipo de situaciones.
Al escuchar esas palabras, Cristina Pardo no pudo quedarse callada. La presentadora de Más vale tarde fue contundente, directa y pedagógica, consciente de que lo que se dice en televisión no se queda en un plató.
“Lo que dice Ramón Arcusa no tiene ningún sentido”, arrancó, visiblemente molesta.
Y a partir de ahí, desmontó punto por punto un discurso que, pese a estar desfasado, sigue apareciendo con demasiada frecuencia cuando el acusado es poderoso.
Cristina Pardo recordó algo esencial: las agresiones sexuales no responden a un único patrón.
“Las agresiones no se producen solamente cuando uno al día siguiente se va al hospital para que le hagan un parte médico, porque entonces serían muy sencillas de resolver”, explicó.
Una frase que apunta al corazón del problema: la idea de que solo existe violencia si hay una prueba física inmediata y evidente, cuando la realidad demuestra que la mayoría de las agresiones no dejan rastros visibles o no se denuncian en caliente por múltiples razones.
La periodista fue aún más clara al abordar uno de los argumentos más repetidos por los defensores del cantante.
“Tampoco significa que no haya una agresión por el hecho de que la presunta víctima se mantenga en el lugar de los hechos”, subrayó.
Y añadió una clave fundamental que rara vez se tiene en cuenta en estos debates televisivos: “En muchos casos hay una relación de superioridad y subordinación, y eso hace que no sea tan sencillo tomar decisiones”.
En esas pocas frases, Cristina Pardo puso palabras a lo que numerosos informes judiciales, estudios sociológicos y sentencias llevan años señalando.
Cuando existe una relación de poder —económico, laboral, simbólico— la libertad de la persona que está en una posición vulnerable se ve seriamente limitada.
No se trata de consentimiento libre, sino de supervivencia, de miedo a perder el trabajo, el techo o cualquier posibilidad de futuro.
Por eso, la presentadora fue tajante al cerrar su intervención. “Esto seguramente Ramón Arcusa lo sabe y, si no lo sabe, pues en fin, tiene un problema”.
Una sentencia dura, pero necesaria, que no apelaba al linchamiento, sino a la responsabilidad. Porque cuando alguien con una trayectoria pública como Arcusa lanza ese tipo de mensajes, el daño no es abstracto: llega a mujeres que han vivido situaciones similares y refuerza el silencio y la culpa.
Iñaki López, copresentador del programa, fue todavía más allá al contextualizar el perfil de las presuntas víctimas.
“Las víctimas de Julio Iglesias tienen un patrón muy concreto”, explicó. “Son mujeres jóvenes, solas, pobres, sin estudios, racializadas… Sabía muy bien qué tipo de perfil buscaba y era un perfil que no sabe, no puede defenderse”.
Sus palabras no apuntaban solo a un caso concreto, sino a un esquema que se repite una y otra vez en los grandes escándalos de abusos sexuales.
Ese patrón, documentado por organizaciones internacionales y por la propia experiencia judicial, muestra que los agresores con poder rara vez actúan al azar.
Eligen perfiles vulnerables, personas con menos recursos, menos red de apoyo y menos capacidad para denunciar sin consecuencias devastadoras.
Ignorar ese contexto es borrar de un plumazo la desigualdad estructural que atraviesa estas historias.
La reacción de Cristina Pardo y de Iñaki López ha sido ampliamente aplaudida en redes sociales.
Muchos usuarios destacaron la claridad y la valentía de poner límites en directo a discursos que, hasta hace no tanto, se pronunciaban sin apenas contestación.
Otros recordaron que no se trata de condenar a nadie sin sentencia, sino de no revictimizar a quienes denuncian y de no difundir ideas falsas sobre cómo “debe” comportarse una víctima real.
Porque ese es otro de los grandes problemas que ha vuelto a aflorar con este caso: la imagen estereotipada de la víctima perfecta.
Aquella que grita, huye, denuncia al instante y no vuelve jamás al lugar donde ocurrió la agresión.
Una imagen que no se corresponde con la realidad y que deja fuera a la inmensa mayoría de mujeres que sufren violencia sexual en contextos de dependencia laboral o emocional.
Las palabras de Arcusa, emitidas en varias cadenas y programas, han reabierto además el debate sobre la responsabilidad de los medios de comunicación.
Como señalaba la periodista Almudena Ariza, hay discursos que no deberían tener altavoz sin un contexto crítico inmediato.
No se trata de censura, sino de rigor y de ética informativa. De no presentar como opiniones respetables afirmaciones que contradicen el conocimiento básico sobre violencia sexual.
En este clima, cada intervención pública suma o resta. Y la de Cristina Pardo ha sumado, precisamente porque no se limitó a mostrar indignación, sino que explicó, argumentó y contextualizó.
Hizo lo que debería ser habitual en el periodismo: aportar luz cuando otros generan confusión.
El caso de Julio Iglesias sigue su curso judicial, y será la justicia la que determine responsabilidades.
Pero el debate social ya está aquí y no va a desaparecer. Lo que está en juego no es solo la reputación de un artista, sino la manera en que una sociedad escucha a las víctimas cuando señalan a alguien poderoso.
Y también la forma en que reaccionan sus amigos, sus defensores y los medios que les dan voz.
Cada vez que se cuestiona a una mujer por no haber denunciado antes, cada vez que se equipara silencio con consentimiento, se envía un mensaje claro: mejor callar.
Por eso las palabras de Cristina Pardo han resonado con tanta fuerza. Porque rompen con esa inercia y recuerdan algo esencial: que la violencia no siempre deja marcas visibles, pero sí consecuencias profundas.
En un momento en el que todavía cuesta tanto que las víctimas den el paso de hablar, la responsabilidad colectiva es enorme.
Y empieza, muchas veces, por lo que se dice en un plató a plena tarde.